Cristo Nuestra Redención

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Lectura del libro

Patriarcas y Profetas, páginas 54-55

individuos que pretendían el favor de Dios, aun cuando menospreciaban algunos de sus mandamientos. Pero las Escrituras declaran “que la fe se perfeccionó por las obras” y que la fe, sin las obras de obediencia, “es muerta”. “El que dice: “Yo lo conozco”, pero no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso y la verdad no está en él”. Santiago 2:22, 17; 1 Juan 2:4.

Cuando Caín vio que su ofrenda había sido desechada, se enfureció contra el Señor y contra Abel; se disgustó porque Dios no aceptaba el sacrificio con que el hombre sustituía al que había sido ordenado por el Creador, y se disgustó con su hermano porque este había decidido obedecer a Dios en vez de unírsele en la rebelión contra él. A pesar de que Caín despreció el mandamiento divino, Dios no lo abandonó a sus propias fuerzas; sino que condescendió en razonar con el hombre que se había mostrado tan obstinado. Y el Señor dijo a Caín: “¿Por qué te has enojado y por qué ha decaído tu semblante?” Génesis 4:6. Por medio de un ángel se le hizo llegar la divina amonestación: “Si hicieras lo bueno, ¿no serías enaltecido?; pero si no lo haces, el pecado está a la puerta, acechando”. Génesis 4:7. Tocaba a Caín escoger. Si confiaba en los méritos del Salvador prometido, y obedecía los requerimientos de Dios, gozaría su favor. Pero si persistía en su incredulidad y transgresión, no tendría fundamento para quejarse al ser rechazado por el Señor.

Pero en lugar de reconocer su pecado, Caín siguió quejándose de la injusticia de Dios, y abrigando envidia y odio contra Abel. Censuró violentamente a su hermano y trató de arrastrarlo a una disputa acerca del trato de Dios con ellos. Con mansedumbre, pero valiente y firmemente, Abel defendió la justicia y la bondad de Dios. Indicó a Caín su error, y trató de convencerle de que el mal estaba en él. Le recordó la infinita misericordia de Dios al perdonar la vida a sus padres cuando pudo haberlos castigado con la muerte instantánea, e insistió en que Dios realmente los amaba, pues de otra manera no entregaría a su Hijo, santo e inocente, para que sufriera el castigo que ellos merecían. Todo esto aumentó la ira de Caín. La razón y la conciencia le decían que Abel estaba en lo cierto; pero se enfurecía al ver que quien solía aceptar su consejo osaba ahora disentir con él, y al ver que no lograba despertar simpatía hacia su rebelión. En la furia de su pasión, dio muerte a su hermano.

Caín odió y mató a su hermano, no porque Abel le hubiera causado algún mal, sino “porque sus obras eran malas, y las de su hermano justas”. 1 Juan 3:12. Asimismo odiaron los impíos en todo

tiempo a aquellos que eran mejores que ellos. La vida de obediencia de Abel y su fe pronta para responder eran un perpetuo reproche para Caín. “Todo aquel que hace lo malo detesta la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean puestas al descubierto”. Juan 3:20. Cuanto más clara sea la luz celestial reflejada por el carácter de los fieles siervos de Dios, tanto más quedan revelados los pecados de los impíos, y tanto más firmes serán los esfuerzos que harán por destruir a los que turban su paz.

La muerte de Abel fue el primer ejemplo de la enemistad que Dios predijo que existiría entre la serpiente y la simiente de la mujer; entre Satanás y sus súbditos, y Cristo y sus seguidores. Mediante el pecado del hombre, Satanás había obtenido el dominio de la raza humana, pero Cristo capacitaría al hombre para librarse de su yugo. Siempre que por la fe en el Cordero de Dios, un alma renuncie a servir al pecado, se enciende la ira de Satanás. La vida santa de Abel desmentía el aserto de Satanás de que es imposible para el hombre guardar la ley de Dios.

Cuando Caín, movido por el espíritu malo, vio que no podía dominar a Abel, se enfureció tanto que le quitó la vida. Y dondequiera haya quienes se levanten para vindicar la justicia de la ley de Dios, el mismo espíritu se manifestará contra ellos. Es el espíritu que a través de las edades ha levantado la estaca y encendido la hoguera para los discípulos de Cristo. Pero las crueldades perpetradas contra ellos son instigadas por Satanás y su hueste porque no pueden obligarlos a que se sometan a su dominio. Es la ira de un enemigo vencido. Todo mártir de Jesús murió vencedor. El profeta dice: “Ellos lo han vencido por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos, que menospreciaron sus vidas hasta la muerte”. Apocalipsis 12:11, 9.

El fratricida Caín tuvo pronto que rendir cuenta por su delito. “Y Jehová dijo a Caín: “¿Dónde está Abel tu hermano?” Y él respondió: “No sé; ¿soy yo guarda de mi hermano?”” Caín se había envilecido tanto en el pecado que había perdido la noción de la continua presencia de Dios y de su grandeza y omnisciencia. Así, recurrió a la mentira para ocultar su culpa.

Nuevamente el Señor dijo a Caín: “¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra”. Dios había dado a Caín una oportunidad para que confesara su pecado. Había tenido tiempo para reflexionar. Conocía la enormidad de la acción que había cometido y de la mentira de que se había valido para esconder su

Patriarcas y Profetas · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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