Cristo Nuestra Redención

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Lectura del libro

Patriarcas y Profetas, páginas 292-294

evidentemente se hallaba en un estado de alocada conmoción. Josué, como soldado, pensó primero que se trataba de un ataque de sus enemigos. “Hay gritos de pelea en el campamento”, dijo. Pero Moisés juzgó más acertadamente la naturaleza de la conmoción. No era ruido de combate, sino de festín. “No son voces de vencedores, ni alaridos de vencidos; oigo cánticos de coros”.

Al acercarse más al campamento, vieron al pueblo que gritaba y bailaba alrededor de su ídolo. Era una escena de libertinaje pagano, una imitación de las fiestas idólatras de Egipto; pero ¡cuán distinta era del solemne y reverente culto de Dios! Moisés quedó anonadado. Venía de la presencia de la gloria de Dios, y aunque se le había advertido lo que pasaba, no estaba preparado para aquella terrible muestra de la degradación de Israel. Su ira se encendió. Para demostrar cuánto aborrecía ese crimen, arrojó al suelo las tablas de piedra, que se quebraron a la vista del pueblo, dando a entender en esta forma que así como ellos habían roto su pacto con Dios, así también Dios rompía su pacto con ellos.

Moisés entró en el campamento, atravesó la multitud enardecida, tomó el ídolo y lo arrojó al fuego. Después lo hizo polvo, lo esparció en el arroyo que descendía del monte y ordenó al pueblo beber de él. Así les demostró la completa inutilidad del dios que habían estado adorando.

El gran jefe hizo comparecer ante él a su hermano culpable, y le preguntó severamente: “¿Qué te ha hecho este pueblo, para que hayas traído sobre él tan gran pecado?” Aarón trató de defenderse explicando los clamores del pueblo; dijo que si no hubiera accedido a sus deseos, lo habrían matado. “No se enoje mi señor. Tú conoces al pueblo, que es inclinado al mal. Ellos me dijeron: “Haznos dioses que vayan delante de nosotros, porque a Moisés, ese hombre que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos qué le haya acontecido”. Y yo les respondí: “El que tenga oro, que lo aparte”. Me lo dieron, lo eché en el fuego y salió este becerro”. Trató de hacerle creer a Moisés que se había obrado un milagro, que el oro había sido arrojado al fuego, y que mediante una fuerza sobrenatural se convirtió en un becerro. Pero de nada le valieron sus excusas y subterfugios. Fue tratado como el principal ofensor.

El hecho de que Aarón había sido bendecido y honrado más que el pueblo, hacía tanto más odioso su pecado. Aarón fue “el santo de Jehová” (Salmos 106:16), el que había hecho el ídolo y anunciado la fiesta. Fue él, que había sido nombrado portavoz de Moisés y acerca

de quien Dios mismo había manifestado: “Yo sé que él puede hablar bien” (Éxodo 4:14), el que no impidió a los idólatras que cumplieran su osado propósito contra el cielo. Fue Aarón, por medio de quien Dios había obrado y enviado juicios sobre los egipcios y sus dioses, el que sin inmutarse oyó proclamar ante la imagen fundida: “Estos son tus dioses, que te sacaron de la tierra de Egipto”. Fue él, quien presenció la gloria del Señor cuando estuvo con Moisés en el monte y que no había visto nada en ella de lo cual pudiese hacerse una imagen, el que trocó aquella gloria en la semejanza de un becerro. Fue él, a quien Dios había confiado el gobierno del pueblo en ausencia de Moisés, el que sancionó la rebelión del pueblo, por lo cual “contra Aarón también se enojó Jehová hasta querer destruirlo”. Deuteronomio 9:20. Pero en respuesta a la vehemente intercesión de Moisés, se le perdonó la vida; y porque se humilló y se arrepintió de su gran pecado le fue restablecido el favor de Dios.

Si Aarón hubiera tenido valor para sostener lo recto, sin importarle las consecuencias, habría podido evitar aquella apostasía. Si hubiera mantenido inalterable su fidelidad a Dios, si hubiera recordado al pueblo los peligros del Sinaí y su pacto solemne con Dios, por el cual se habían comprometido a obedecer su ley, se habría impedido el mal. Pero su sumisión a los deseos del pueblo y la tranquila seguridad con la cual procedió a llevar a cabo los planes de ellos, los llevó a hundirse en el pecado más de lo que habían pensado.

Cuando, al regresar al campamento, Moisés enfrentó a los rebeldes, sus severas reprensiones y la indignación que manifestó al quebrar las sagradas tablas de la ley contrastaron con el discurso agradable y el semblante digno de su hermano, y el apoyo de todos estuvo con Aarón. Para justificarse, Aarón trató de culpar al pueblo por la debilidad que él mismo había manifestado al acceder a sus exigencias; pero a pesar de esto el pueblo seguía admirando su bondad y paciencia. Pero Dios no ve como ven los hombres. El espíritu indulgente de Aarón y su deseo de agradar lo habían cegado de modo que no pudo ver la enormidad del crimen que estaba sancionando. Su proceder, al apoyar el pecado de Israel, costó la vida de miles de personas. ¡Cómo contrasta esto con la forma de actuar de Moisés, quien, mientras ejecutaba fielmente los juicios de Dios, demostró que el bienestar de Israel era de más valor que su propia prosperidad, su honor, o su vida!

De todos los pecados que Dios castigará, ninguno es más grave ante sus ojos que el de aquellos que animan a otros a cometer el

mal. Dios quiere que sus siervos demuestren su lealtad reprendiendo fielmente la transgresión, por penoso que sea hacerlo. Aquellos que han recibido el honor de un mandato divino, no han de ser débiles y dóciles contemporizadores. No han de perseguir la exaltación propia ni evitar los deberes desagradables, sino que deben realizar la obra de Dios con una fidelidad inflexible.

Aunque al perdonar la vida a Israel, Dios había concedido lo pedido por Moisés, su apostasía debía de castigarse señaladamente. Si la licencia e insubordinación en que Aarón les había permitido caer no se reprimían rápidamente, concluirían en una abierta impiedad y arrastrarían a la nación a una perdición irreparable. El mal debe eliminarse con inflexible severidad.

Poniéndose a la entrada del campamento, Moisés clamó ante el pueblo: “¿Quien esté de parte e Jehová, únase a mí”. Los que no habían participado en la apostasía debían colocarse a la derecha de Moisés; los que eran culpables, pero se habían arrepentido, a la izquierda. La orden fue obedecida. Se encontró que la tribu de Leví no había participado del culto idólatra. Entre las otras tribus había muchos que, aunque habían pecado, manifestaron arrepentimiento. Pero un gran grupo formado en su mayoría por la “multitud mixta”, que instigara la fundición del becerro, persistió tercamente en su rebelión.

En el nombre del Señor Dios de Israel, Moisés ordenó a los que estaban a su derecha y que se habían mantenido limpios de la idolatría, que empuñaran sus espadas y dieran muerte a todos los que persistían en la rebelión. “Y cayeron del pueblo en aquel día como tres mil hombres”. Sin tomar en cuenta la posición, la parentela ni la amistad, los cabecillas de la rebelión fueron exterminados; pero todos los que se arrepintieron y humillaron, alcanzaron perdón.

Los que llevaron a cabo este terrible castigo, al ejecutar la sentencia del Rey del cielo, procedieron en nombre de la autoridad divina. Los hombres deben precaverse de cómo en su ceguedad humana juzgan y condenan a sus semejantes; pero cuando Dios les ordena ejecutar su sentencia sobre la iniquidad, deben obedecer. Los que cumplieron ese penoso acto, manifestaron con ello que aborrecían la rebelión y la idolatría, y se consagraron más plenamente al servicio del verdadero Dios. El Señor honró su fidelidad, otorgando una distinción especial a la tribu de Levi.

Los israelitas eran culpables de haber traicionado a un Rey que los había colmado de beneficios, y cuya autoridad se habían

Patriarcas y Profetas · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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