Cristo Nuestra Redención
Plan Encuentro 3 Día 116
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Lectura del libro
Patriarcas y Profetas, páginas 273-274
que está contigo, porque el trabajo es demasiado pesado para ti y no podrás hacerlo tú solo”. Y aconsejó a Moisés que nombrara a personas capacitadas como “jefes de mil, de cien, de cincuenta y de diez”. Debían ser ““hombres virtuosos, temerosos de Dios, hombres veraces, que aborrezcan la avaricia”. Habrían de juzgar los asuntos de menor importancia, mientras que los casos más difíciles e importantes continuarían trayéndose a Moisés, quien iba a estar por el pueblo, “delante de Dios, y -dijo Jetro- somete tú los asuntos a Dios. Enséñales los preceptos y las leyes, muéstrales el camino por donde deben andar y lo que han de hacer”. Este consejo fue aceptado, y no solo alivió a Moisés, sino que también estableció mejor orden entre el pueblo. Véase Éxodo 18.
El Señor había honrado grandemente a Moisés, y había realizado maravillas por su mano; pero el hecho de que ser escogido para instruir a otros, no lo indujo a creer que él mismo no necesitaba instrucción. El escogido caudillo de Israel escuchó de buena gana las amonestaciones del piadoso sacerdote de Madián, y adoptó su plan como una sabia disposición.
De Refidín, el pueblo continuó su viaje, siguiendo el movimiento de la columna de nube. Su itinerario los había conducido a través de estériles llanuras, escarpadas pendientes y desfiladeros rocosos. A menudo mientras atravesaban los arenosos desiertos, habían divisado ante ellos, como enormes baluartes, montes escabrosos que, levantándose directamente frente a su camino, parecían impedirles el paso. Pero cuando se acercaban, aparecían salidas aquí y allá en la muralla de la montaña, y otra llanura se presentaba ante su vista. Por uno de estos profundos y arenosos pasos iban ahora. Era una escena grandiosa e imponente. Entre los peñascos que se elevaban a centenares de pies a cada lado, fluía la corriente de las huestes de Israel con sus ganados y ovejas, como un torrente vivo que se extendía hasta donde alcanzaba la vista.
Y entonces con solemne majestad, el monte Sinaí levantó ante ellos su maciza frente. La columna de nube se estableció sobre su cumbre, y el pueblo levantó sus tiendas en la llanura. Allí habían de morar durante casi un año. De noche la columna de fuego les aseguraba la protección divina, y al amanecer mientras dormitaban todavía, el pan del cielo caía suavemente sobre el campamento.
El alba doraba las oscuras cumbres de las montañas y los áureos rayos solares que herían los profundos desfiladeros parecieron a aquellos cansados viajeros como rayos de gracia enviados desde el
trono de Dios. Por todas partes, inmensas y escabrosas alturas, en su solitaria grandeza parecían hablarles de la perpetuidad y la majestad eternas. Todos quedaron embargados por un sentimiento de solemnidad y santo respeto. Fueron constreñidos a reconocer su propia ignorancia y debilidad en presencia de Aquel que “pesó los montes con balanza, y con pesas los collados”. Isaías 40:12.
Allí Israel había de recibir la revelación más maravillosa que Dios haya dado jamás a los hombres. Allí el Señor reunió a su pueblo para entregarles sus sagradas exigencias, para anunciar con su propia voz su santa ley. Cambios grandes y radicales se habían de efectuar en ellos; pues las influencias envilecedoras de la servidumbre y del largo contacto con la idolatría habían dejado su huella en sus costumbres y en su carácter. Dios estaba obrando para elevarlos a un nivel moral más alto, dándoles mayor conocimiento de sí mismo.
Patriarcas y Profetas · Ellen G. White