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Lectura del libro

Patriarcas y Profetas, páginas 40-41

demasiado severo para un pecado tan insignificante; y ponen en tela de juicio la sabiduría y la justicia de Dios en su trato con el hombre. Pero si estudiaran más profundamente el asunto, podrían discernir su error. Dios creó al hombre a su semejanza, libre de pecado. La tierra había de ser poblada con individuos un poco menor a los ángeles; pero debía probarse su obediencia; pues Dios no había de permitir que el mundo se llenara de personas que menospreciaran su ley. No obstante, en su gran misericordia, no señaló a Adán una prueba severa. La misma levedad de la prohibición hizo al pecado sumamente grave. Si Adán no pudo resistir la prueba más ínfima, tampoco habría podido resistir una mayor, si se le hubiesen confiado responsabilidades más importantes.

Si Adán hubiera sido sometido a una prueba mayor, entonces aquellos cuyos corazones se inclinan hacia lo malo se habrían disculpado diciendo: “Esto es algo insignificante, y Dios no es exigente en las cosas pequeñas”. Y así hubiera habido continuas transgresiones en las cosas aparentemente pequeñas, que pasan sin censura entre los hombres. Pero Dios indicó claramente que el pecado en cualquier grado lo ofende.

A Eva le pareció de poca importancia desobedecer a Dios al comer del fruto del árbol prohibido y al tentar a su esposo a que pecara también; pero su pecado inició la inundación del dolor sobre el mundo. ¿Quién puede saber, en el momento de la tentación, las terribles consecuencias de un solo paso errado?

Muchos que enseñan que la ley de Dios no es obligatoria para el hombre, alegan que es imposible obedecer sus preceptos. Pero si eso fuera cierto, ¿por qué sufrió Adán el castigo por su pecado? El pecado de nuestros primeros padres trajo sobre el mundo la culpa y la angustia, y si no se hubieran manifestado la misericordia y la bondad de Dios, la raza humana se habría sumido en irremediable desesperación. Nadie se engañe. “La paga del pecado es muerte”. Romanos 6:23. La ley de Dios no puede violarse ahora más impunemente que cuando se pronunció la sentencia contra el padre de la humanidad.

Después de su pecado, Adán y Eva no pudieron seguir morando en el Edén. Suplicaron fervientemente a Dios que les permitiera permanecer en el hogar de su inocencia y regocijo. Confesaron que habían perdido todo derecho a aquella feliz morada, y prometieron prestar estricta obediencia a Dios en el futuro. Pero se les dijo que su naturaleza se había depravado por el pecado, que había disminuido su poder para resistir al mal, y que habían abierto la puerta para que

Satanás tuviera más fácil acceso a ellos. Si siendo inocentes habían cedido a la tentación; ahora, en su estado de consciente culpabilidad, tendrían menos fuerza para mantener su integridad.

Con humildad e inenarrable tristeza se despidieron de su bello hogar, y fueron a morar en la tierra, sobre la cual descansaba la maldición del pecado. La atmósfera, de temperatura antes tan suave y uniforme, estaba ahora sujeta a grandes cambios, y misericordiosamente, el Señor les proveyó de vestidos de pieles para protegerlos de los extremos del calor y del frío.

Cuando vieron en la caída de las flores y las hojas los primeros signos de la decadencia, Adán y su compañera se apenaron más profundamente de lo que hoy se apenan los hombres que lloran a sus muertos. La muerte de las delicadas y frágiles flores fue en realidad un motivo de tristeza; pero cuando los bellos árboles dejaron caer sus hojas, la escena les recordó vivamente la fría realidad de que la muerte es el destino de todo lo que tiene vida.

El huerto del Edén permaneció en la tierra mucho tiempo después que el hombre fuera expulsado de sus agradables senderos. Véase Génesis 4:16. Durante mucho tiempo después, se le permitió a la raza caída contemplar de lejos el hogar de la inocencia, cuya entrada estaba vedada por los vigilantes ángeles. En la puerta del paraíso, custodiada por querubines, se revelaba la gloria divina.*La gloria de Dios se revelaba “entre los querubines”. Más tarde, fue la shekinah, que se manifestaba en el lugar santísimo, centro del culto en Israel. Véase Éxodo 25:22; Salmos 80:1; Isaías 37:16. Allí iban Adán y sus hijos a adorar a Dios. Allí renovaban sus votos de obediencia a aquella ley cuya transgresión los había arrojado del Edén. Cuando la ola de iniquidad cubrió al mundo, y la maldad de los hombres trajo su destrucción por medio del diluvio, la mano que había plantado el Edén lo quitó de la tierra. Pero en la restitución final, cuando haya “un cielo nuevo, y una tierra nueva” (Apocalipsis 21:1), será restaurado y más gloriosamente embellecido que al principio.

Entonces los que hayan guardado los mandamientos de Dios respirarán llenos de inmortal vigor bajo el árbol de la vida; y al través de las edades sin fin los habitantes de los mundos sin pecado contemplarán en aquel huerto de delicias un modelo de la perfecta obra de la creación de Dios, incólume de la maldición del pecado, una muestra de lo que toda la tierra habría llegado a ser si el hombre hubiera cumplido el glorioso plan de Dios.

Patriarcas y Profetas · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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