Cristo La Iglesia
Plan Encuentro 2 Día 59
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Lectura bíblica
Hechos 16:7-40
Hechos 16:7-40
7 Cuando llegaron a la frontera de Misia, procuraban entrar en Bitinia, pero el Espíritu de Jesús no se lo permitió. 8 Entonces, después de pasar junto a Misia, descendieron a Troas. 9 Y por la noche se le mostró a Pablo una visión en la que un hombre de Macedonia estaba de pie rogándole y diciendo: "¡Pasa a Macedonia y ayúdanos!" 10 En cuanto vio la visión, de inmediato procuramos salir para Macedonia, teniendo por seguro que Dios nos había llamado para anunciarles el evangelio. 11 Zarpamos, pues, de Troas y fuimos con rumbo directo a Samotracia, y al día siguiente a Neápolis; 12 y de allí a Filipos, que es una ciudad principal de la provincia de Macedonia, y una colonia. Pasamos algunos días en aquella ciudad. 13 Y el día sábado salimos fuera de la puerta de la ciudad, junto al río, donde pensábamos que habría un lugar de oración. Nos sentamos allí y hablábamos a las mujeres que se habían reunido. 14 Entonces escuchaba cierta mujer llamada Lidia, cuyo corazón abrió el Señor para que estuviese atenta a lo que Pablo decía. Era vendedora de púrpura de la ciudad de Tiatira, y temerosa de Dios. 15 Como ella y su familia fueron bautizadas, nos rogó diciendo: "Ya que habéis juzgado que soy fiel al Señor, entrad en mi casa y quedaos." Y nos obligó a hacerlo. 16 Aconteció que, mientras íbamos al lugar de oración, nos salió al encuentro una joven esclava que tenía espíritu de adivinación, la cual producía gran ganancia a sus amos, adivinando. 17 Ésta, siguiendo a Pablo y a nosotros, gritaba diciendo: --¡Estos hombres son siervos del Dios Altísimo, quienes os anuncian el camino de salvación! 18 Hacía esto por muchos días. Y Pablo, ya fastidiado, se dio vuelta y dijo al espíritu: --¡Te mando en el nombre de Jesucristo que salgas de ella! Y salió en el mismo momento. 19 Pero cuando sus amos vieron que se les había esfumado su esperanza de ganancia, prendieron a Pablo y a Silas y los arrastraron a la plaza, ante las autoridades. 20 Al presentarlos ante los magistrados, dijeron: --¡Estos hombres, siendo judíos, alborotan nuestra ciudad! 21 ¡Predican costumbres que no nos es lícito recibir ni practicar, pues somos romanos! 22 Entonces el pueblo se levantó a una contra ellos. Y los magistrados les despojaron de sus ropas con violencia y mandaron azotarles con varas. 23 Después de golpearles con muchos azotes, los echaron en la cárcel y ordenaron al carcelero que los guardara con mucha seguridad. 24 Cuando éste recibió semejante orden, los metió en el calabozo de más adentro y sujetó sus pies en el cepo. 25 Como a la medianoche, Pablo y Silas estaban orando y cantando himnos a Dios, y los presos les escuchaban. 26 Entonces, de repente sobrevino un fuerte terremoto, de manera que los cimientos de la cárcel fueron sacudidos. Al instante, todas las puertas se abrieron, y las cadenas de todos se soltaron. 27 Cuando el carcelero despertó y vio abiertas las puertas de la cárcel, sacó su espada y estaba a punto de matarse, porque pensaba que los presos se habían escapado. 28 Pero Pablo gritó a gran voz, diciendo: --¡No te hagas ningún mal, pues todos estamos aquí! 29 Entonces él pidió luz y se lanzó adentro, y se postró temblando ante Pablo y Silas. 30 Sacándolos afuera, les dijo: --Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo? 31 Ellos dijeron: --Cree en el Señor Jesús y serás salvo, tú y tu casa. 32 Y le hablaron la palabra del Señor a él, y a todos los que estaban en su casa. 33 En aquella hora de la noche, los tomó consigo y les lavó las heridas de los azotes. Y él fue bautizado en seguida, con todos los suyos. 34 Les hizo entrar en su casa, les puso la mesa y se regocijó de que con toda su casa había creído en Dios. 35 Cuando se hizo de día, los magistrados enviaron a los oficiales a decirle: --Suelta a esos hombres. 36 El carcelero comunicó a Pablo estas palabras: --Los magistrados han enviado orden de que seáis puestos en libertad; ahora, pues, salid e id en paz. 37 Pero Pablo les dijo: --Después de azotarnos públicamente sin ser condenados, siendo nosotros ciudadanos romanos, nos echaron en la cárcel; y ahora, ¿nos echan fuera a escondidas? ¡Pues no! ¡Que vengan ellos mismos a sacarnos! 38 Los oficiales informaron de estas palabras a los magistrados, quienes tuvieron miedo al oír que eran romanos. 39 Y fueron a ellos y les pidieron disculpas. Después de sacarlos, les rogaron que se fueran de la ciudad. 40 Entonces, después de salir de la cárcel, entraron en casa de Lidia; y habiendo visto a los hermanos, les exhortaron y luego partieron.
Versión Reina Valera Actualizada
Lectura del libro
Los Hechos de los Apóstoles, páginas 172-173
Capítulo 21—En las regiones lejanas
Este capítulo está basado en Hechos 16:7-40.
Había llegado el tiempo para que el Evangelio se predicase más allá de los confines del Asia Menor. Se estaba preparando el camino para que Pablo y sus colaboradores penetrasen en Europa. En Troas, en las márgenes del mar Mediterráneo, “fué mostrada a Pablo de noche una visión: Un varón Macedonio se puso delante, rogándole, y diciendo: Pasa a Macedonia, y ayúdanos.”
El llamamiento era imperativo y no admitía dilación. “Y como vió la visión—declara Lucas, que acompañó a Pablo y Silas y Timoteo en el viaje a Europa,—luego procuramos partir a Macedonia, dando por cierto que Dios nos llamaba para que les anunciásemos el evangelio. Partidos pues de Troas, vinimos camino derecho a Samotracia, y el día siguiente a Neápolis; y de allí a Filipos, que es la primera ciudad de la parte de Macedonia, y una colonia.”
“Y un día de sábado—continúa Lucas—salimos de la puerta junto al río, donde solía ser la oración; y sentándonos, hablamos a las mujeres que se habían juntado. Entonces una mujer llamada Lidia, que vendía púrpura en la ciudad de Tiatira, temerosa de Dios, estaba oyendo; el corazón de la cual abrió el Señor.” Lidia recibió alegremente la verdad. Ella y su familia se convirtieron y bautizaron, y rogó a los apóstoles que se hospedaran en su casa.
Cuando los mensajeros de la cruz salieron a enseñar, una mujer poseída de un espíritu pitónico los siguió gritando: “Estos hombres son siervos del Dios Alto, los cuales os anuncian el camino de salud. Y esto hacía por muchos días.”
Esta mujer era un agente especial de Satanás, y había dado mucha ganancia a sus amos adivinando. Su influencia había ayudado a fortalecer la idolatría. Satanás sabía que se estaba invadiendo su reino, y recurrió a este medio de oponerse a la obra de Dios, esperando mezclar su sofistería con las verdades enseñadas por aquellos que proclamaban el mensaje evangélico. Las palabras de recomendación pronunciadas por esta mujer eran un perjuicio para la causa de la verdad, pues distraían la mente de la gente de las enseñanzas de los apóstoles. Deshonraban el Evangelio; y por ellas muchos eran inducidos a creer que los hombres que hablaban con el Espíritu y poder de Dios estaban movidos por el mismo espíritu que esa emisaria de Satanás.
Durante algún tiempo, los apóstoles soportaron esta oposición; luego, bajo la inspiración del Espíritu Santo, Pablo ordenó al mal espíritu que abandonase a la mujer. Su silencio inmediato testificó de que los apóstoles eran siervos de Dios, y que el demonio los había reconocido como tales y había obedecido su orden.
Librada del mal espíritu y restaurada a su sano juicio, la mujer escogió seguir a Cristo. Entonces sus amos se alarmaron por su negocio. Vieron que toda la esperanza de recibir dinero mediante sus adivinaciones había terminado, y que su fuente de ingreso pronto desaparecería completamente si se permitía a los apóstoles continuar la obra del Evangelio.
Muchos otros de la ciudad tenían interés en ganar dinero mediante engaños satánicos; y éstos, temiendo la influencia de un poder capaz de poner fin tan eficazmente a su trabajo, levantaron un poderoso clamor contra los siervos de Dios. Llevaron a los apóstoles ante los magistrados con la acusación: “Estos hombres, siendo Judíos, alborotan nuestra ciudad, y predican ritos, los cuales no nos es lícito recibir ni hacer, pues somos Romanos.”
Movida por un frenesí de excitación, la multitud se levantó contra los discípulos. El espíritu del populacho prevaleció, y
Los Hechos de los Apóstoles · Ellen G. White