Cristo La Iglesia
Plan Encuentro 2 Día 272
Este plan no está iniciado. Marca la lectura como leída para iniciarlo desde hoy.
Lectura del libro
El Conflicto de los Siglos, páginas 362-364
anunciar la venida del Señor. Muchos se unieron a él en la obra, y el mensaje del juicio fue proclamado en varias partes de Inglaterra.
En la América del Sur, en medio de la barbarie y de las supercherías de los ministros de la religión, el jesuita chileno Lacunza se abrió camino hasta las Sagradas Escrituras y allí encontró la verdad de la próxima vuelta de Cristo. Impelido a dar el aviso, pero deseando no obstante librarse de la censura de Roma, publicó sus opiniones bajo el seudónimo de “Rabbi Ben-Ezra”, dándose por judío convertido. Lacunza vivió en el siglo XVIII, pero fue tan solo hacia 1825 cuando su libro fue traducido al inglés en Londres. Su publicación contribuyó a aumentar el interés que se estaba despertando ya en Inglaterra por la cuestión del segundo advenimiento (véase el Apéndice).
En Alemania, esta doctrina había sido enseñada en el siglo XVIII por Bengel, ministro de la iglesia luterana y célebre teólogo y crítico. Al terminar su educación, Bengel se había “dedicado al estudio de la teología, hacia la cual se sentía naturalmente inclinado por el carácter grave y religioso de su espíritu, que ganó en profundidad y robustez merced a su temprana educación y a la disciplina. Como otros jóvenes de carácter reflexivo antes y después de él, tuvo que luchar con dudas y dificultades de índole religiosa, y él mismo alude, con mucho sentimiento, a los ‘muchos dardos que atravesaron su pobre corazón, y que amargaron su juventud’”. “Llegado a ser miembro del consistorio de Wurtemberg, abogó por la causa de la libertad religiosa. “Si bien defendía los derechos y privilegios de la iglesia, abogaba por que se concediera toda libertad razonable a los que se sentían constreñidos por motivos de conciencia a abandonar la iglesia oficial” (Encyclopaedia Britannica, 9a) edición, art. “Bengel”. Aún se dejan sentir hoy día en su país natal los buenos efectos de su política.
Mientras estaba preparando un sermón sobre (Apocalipsis 21) para un “domingo de adviento” la luz de la segunda venida de Cristo se hizo en la mente de Bengel. Las profecías del Apocalipsis se desplegaron ante su inteligencia como nunca antes. Como anonadado por el sentimiento de la importancia maravillosa y de la gloria incomparable de las escenas descritas por el profeta, se vio obligado a retraerse por algún tiempo de la contemplación del asunto. Pero en el púlpito se le volvió a presentar este en toda su claridad y su poder. Desde entonces se dedicó al estudio de las profecías, especialmente las del Apocalipsis, y pronto llegó a creer que
ellas señalan la proximidad de la venida de Cristo. La fecha que él fijó para el segundo advenimiento no difería más que en muy pocos años de la que fue determinada después por Miller.
Los escritos de Bengel se propagaron por toda la cristiandad. Sus opiniones acerca de la profecía fueron adoptadas en forma bastante general en su propio estado de Wurtemberg, y hasta cierto punto en otras partes de Alemania. El movimiento continuó después de su muerte, y el mensaje del advenimiento se dejó oír en Alemania al mismo tiempo que estaba llamando la atención en otros países. Desde fecha temprana algunos de los creyentes fueron a Rusia, y formaron allí colonias, y la fe de la próxima venida de Cristo está aún viva entre las iglesias alemanas de aquel país.
La luz brilló también en Francia y en Suiza. En Ginebra, donde Farel y Calvino propagaran las verdades de la Reforma, Gaussen predicó el mensaje del segundo advenimiento. Cuando era aún estudiante, Gaussen había conocido el espíritu racionalista que dominaba en toda Europa hacia fines del siglo XVIII y principios del XIX, y cuando entró en el ministerio no solo ignoraba lo que era la fe verdadera, sino que se sentía inclinado al escepticismo. En su juventud se había interesado en el estudio de la profecía. Después de haber leído la Historia Antigua de Rollin, su atención fue atraída al segundo capítulo de Daniel, y le sorprendió la maravillosa exactitud con que se había cumplido la profecía, según resalta de la relación del historiador. Había en esta un testimonio en favor de la inspiración de las Escrituras, que fue para él como un ancla en medio de los peligros de los años posteriores. No podía conformarse con las enseñanzas del racionalismo, y al estudiar la Biblia en busca de luz más clara, fue conducido, después de algún tiempo, a una fe positiva.
Al continuar sus investigaciones sobre las profecías, llegó a creer que la venida del Señor era inminente. Impresionado por la solemnidad e importancia de esta gran verdad, deseó presentarla al pueblo, pero la creencia popular de que las profecías de Daniel son misterios y no pueden ser entendidas, le resultó obstáculo serio. Al fin resolvió—como Farel lo había hecho antes que él en la evangelización de Ginebra—empezar con los niños, esperando por medio de ellos alcanzar a los padres.
Al hablar de su propósito en esta tarea, decía él, tiempo después: “Deseo que se comprenda que no es a causa de su escasa importancia, sino a causa de su gran valor, por lo que yo deseaba
presentar esas enseñanzas en esta forma familiar y por qué las dirigía a los niños. Deseaba que se me oyese, y temía que no se me escuchara si me dirigía primero a los adultos”. “Resolví por consiguiente dirigirme a los más jóvenes. Reúno pues una asistencia de niños; si esta aumenta, si se ve que los niños escuchan, que están contentos e interesados, que comprenden el tema y saben exponerlo, estoy seguro de tener pronto otro círculo de oyentes, y a su vez los adultos verán que vale la pena sentarse y estudiar. Y así se gana la causa” (Gaussen, Daniel le prophete, tomo 2, prefacio).
El esfuerzo fue recompensado. Al dirigirse a los niños, tuvo el gusto de ver acudir a la reunión a personas mayores. Las galerías de su iglesia se llenaban de oyentes atentos. Entre ellos había hombres de posición y saber, así como extranjeros y otras personas que estaban de paso en Ginebra; y así el mensaje era llevado a otras partes.
Animado por el éxito, Gaussen publicó sus lecciones, con la esperanza de promover el estudio de los libros proféticos en las iglesias de los pueblos que hablan francés. “Publicar las lecciones dadas a los niños—dice Gaussen—, equivale a decir a los adultos, que hartas veces descuidan la lectura de dichos libros son pretexto de que son oscuros: ‘¿Cómo pueden serlo, cuando vuestros niños los entienden?’ “Tenía un gran deseo—agrega—, de popularizar el conocimiento de las profecías entre nuestros rebaños, en cuanto fuera posible”. “En realidad no hay estudio que parezca responder mejor a las necesidades de la época”. “Por medio de él debemos prepararnos para la tribulación cercana y velar, y esperar a Jesucristo”.
Aunque Gaussen era uno de los predicadores más distinguidos y de mayor aceptación entre el público de idioma francés, fue suspendido del ministerio por el delito de haber hecho uso de la Biblia al instruir a la juventud, en lugar del catecismo de la iglesia, manual insípido y racionalista, casi desprovisto de fe positiva. Posteriormente fue profesor en una escuela de teología, sin dejar de proseguir su obra de catequista todos los domingos, dirigiéndose a los niños e instruyéndolos en las Sagradas Escrituras. Sus obras sobre las profecías despertaron también mucho interés. Desde la cátedra, desde las columnas de la prensa y por medio de su ocupación favorita como maestro de los niños, siguió aún muchos años ejerciendo extensa influencia y llamando la atención de muchos hacia el estudio de las profecías que enseñaban que la venida del Señor se acercaba.
El Conflicto de los Siglos · Ellen G. White