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Lectura del libro

El Conflicto de los Siglos, páginas 164-166

para pecar, haciendo de esto un recurso para acrecentar sus rentas, y los reformadores que condenaban el pecado y señalaban a Cristo como propiciación y Redentor.

En Alemania la venta de indulgencias había sido encomendada a los dominicos y era dirigida por el infame Tetzel. En Suiza el tráfico fue puesto en manos de los franciscanos, bajo la dirección de un fraile italiano llamado Samsón. Había prestado este ya buenos servicios a la iglesia y reunido en Suiza y Alemania grandes cantidades para el tesoro del papa. Cruzaba entonces a Suiza, atrayendo a grandes multitudes, despojando a los pobres campesinos de sus escasas ganancias y obteniendo ricas ofrendas entre los ricos. Pero la influencia de la Reforma hacía disminuir el tráfico de las indulgencias aunque sin detenerlo del todo. Todavía estaba Zuinglio en Einsiedeln cuando Samsón se presentó con su mercadería en una población vecina. Enterándose de su misión, el reformador trató inmediatamente de oponérsele. No se encontraron frente a frente, pero fue tan completo el éxito de Zuinglio al exponer las pretensiones del fraile, que este se vio obligado a dejar aquel lugar y tomar otro rumbo.

En Zúrich predicó Zuinglio con ardor contra estos monjes traficantes en perdón, y cuando Samsón se acercó a dicha ciudad le salió al encuentro un mensajero enviado por el concejo para ordenarle que no entrara. No obstante, logró al fin introducirse por estratagema, pero a poco le despidieron sin que hubiese vendido ni un solo perdón y no tardó en abandonar a Suiza.

Un fuerte impulso recibió la Reforma con la aparición de la peste o “gran mortandad”, que azotó a Suiza en el año 1519. Al verse los hombres cara a cara con la muerte, se convencían de cuán vanos e inútiles eran los perdones que habían comprado poco antes, y ansiaban tener un fundamento más seguro sobre el cual basar su fe. Zuinglio se contagió en Zúrich y se agravó de tal modo que se perdió toda esperanza de salvarle y circuló por muchos lugares el rumor de que había muerto. En aquella hora de prueba su valor y su esperanza no vacilaron. Miraba con los ojos de la fe hacia la cruz del Calvario y confió en la propiciación absoluta allí alcanzada para perdón de los pecados. Cuando volvió a la vida después de haberse visto a las puertas del sepulcro, se dispuso a predicar el evangelio con más fervor que nunca antes, y sus palabras iban revestidas de nuevo poder. El pueblo dio la bienvenida con regocijo a su amado pastor que volvía de los umbrales de la muerte. Ellos mismos habían tenido que atender

a enfermos y moribundos, y reconocían mejor que antes el valor del evangelio.

Zuinglio había alcanzado ya un conocimiento más claro de las verdades de este y experimentaba mejor en sí mismo su poder regenerador. La caída del hombre y el plan de redención eran los temas en los cuales se espaciaba. “En Adán—decía él—todos somos muertos, hundidos en corrupción y en condenación” (Wylie, lib. 8, cap. 9). Pero “Jesucristo [...] nos ha dado una redención que no tiene fin [...]. Su muerte aplaca continuamente la justicia divina en favor de todos aquellos que se acogen a aquel sacrificio con fe firme e inconmovible”. Y explicaba que el hombre no podía disfrutar de la gracia de Cristo, si seguía en el pecado. “Donde se cree en Dios, allí está Dios; y donde está Dios, existe un celo que induce a obrar bien” (D’Aubigné, lib. 8, cap. 9).

Creció tanto el interés en las predicaciones de Zuinglio, que la catedral se llenaba materialmente con las multitudes de oyentes que acudían para oírle. Poco a poco, a medida que podían soportarla, el predicador les exponía la verdad. Cuidaba de no introducir, desde el principio, puntos que los alarmasen y creasen en ellos prejuicios. Su obra era ganar sus corazones a las enseñanzas de Cristo, enternecerlos con su amor y hacerles tener siempre presente su ejemplo; y a medida que recibieran los principios del evangelio, abandonarían inevitablemente sus creencias y prácticas supersticiosas.

Paso a paso avanzaba la Reforma en Zúrich. Alarmados, los enemigos se levantaron en activa oposición. Un año antes, el fraile de Wittenberg había lanzado su “No” al papa y al emperador en Worms, y ahora todo parecía indicar que también en Zúrich habría oposición a las exigencias del papa. Fueron dirigidos repetidos ataques contra Zuinglio. En los cantones que reconocían al papa, de vez en cuando algunos discípulos del evangelio eran entregados a la hoguera, pero esto no bastaba; el que enseñaba la herejía debía ser amordazado. Por lo tanto, el obispo de Constanza envió tres diputados al concejo de Zúrich, para acusar a Zuinglio de enseñar al pueblo a violar las leyes de la iglesia, con lo que trastornaba la paz y el buen orden de la sociedad. Insistía él en que si se menospreciaba la suprema autoridad de la iglesia, vendría como consecuencia una anarquía general. Zuinglio replicó que por cuatro años había estado predicando el evangelio en Zúrich, “y que la ciudad estaba más tranquila que cualquiera otra ciudad de la

confederación”. Preguntó: “¿No es, por tanto, el cristianismo la mejor salvaguardia para la seguridad general?”—Wylie, lib. 8, cap. II.

Los diputados habían exhortado a los concejales a que no abandonarán la iglesia, porque, fuera de ella, decían, no hay salvación. Zuinglio replicó: “¡Que esta acusación no os conmueva! El fundamento de la iglesia es aquella piedra de Jesucristo, cuyo nombre dio a Pedro por haberle confesado fielmente. En toda nación el que cree de corazón en el Señor Jesús se salva. Fuera de esta iglesia, y no de la de Roma, es donde nadie puede salvarse” (D’Aubigné, lib. 8, cap. II). Como resultado de la conferencia, uno de los diputados del obispo se convirtió a la fe reformada.

El concejo se abstuvo de proceder contra Zuinglio, y Roma se preparó para un nuevo ataque. Cuando el reformador se vio amenazado por los planes de sus enemigos, exclamó: “¡Que vengan contra mí! Yo los temo lo mismo que un peñasco escarpado teme las olas que se estrellan a sus pies” (Wylie, lib. 8, cap. II). Los esfuerzos de los eclesiásticos solo sirvieron para adelantar la causa que querían aniquilar. La verdad seguía cundiendo. En Alemania, los adherentes abatidos por la desaparición inexplicable de Lutero, cobraron nuevo aliento al notar los progresos del evangelio en Suiza.

A medida que la Reforma se fue afianzando en Zúrich, se vieron más claramente sus frutos en la supresión del vicio y en el dominio del orden y de la armonía. “La paz tiene su habitación en nuestro pueblo—escribía Zuinglio—; no hay disputas, ni hipocresías, ni envidias, ni escándalos. ¿De dónde puede venir tal unión sino del Señor y de la doctrina que enseñamos, la cual nos colma de los frutos de la piedad y de la paz?” (ibíd., cap. 15).

Las victorias obtenidas por la Reforma indujeron a los romanistas a hacer esfuerzos más resueltos para dominarla. Viendo cuán poco habían logrado con la persecución para suprimir la obra de Lutero en Alemania, decidieron atacar a la Reforma con sus mismas armas. Sostendrían una discusión con Zuinglio y encargándose de los asuntos se asegurarían el triunfo al elegir no solo el lugar en que se llevaría a efecto el acto, sino también los jueces que decidirían de parte de quién estaba la verdad. Si lograban por una vez tener a Zuinglio en su poder, tendrían mucho cuidado de que no se les escapase. Una vez acallado el jefe, todo el movimiento sería pronto aplastado. Este plan, por supuesto, se mantuvo en la mayor reserva.

El Conflicto de los Siglos · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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