Cristo La Iglesia
Plan Encuentro 2 Día 218
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Lectura del libro
El Conflicto de los Siglos, páginas 146-148
crítico y no se sentía capaz de hacerle frente. Temía que por su debilidad la causa de la verdad se malograra. No suplicaba a Dios por su propia seguridad, sino por el triunfo del evangelio. La angustia que sintiera Israel en aquella lucha nocturna que sostuviera a orillas del arroyo solitario, era la que él sentía en su alma. Y lo mismo que Israel, Lutero prevaleció con Dios. En su desamparo su fe se cifró en Cristo el poderoso libertador. Sintióse fortalecido con la plena seguridad de que no comparecería solo ante el concilio. La paz volvió a su alma e inundóse de gozo su corazón al pensar que iba a ensalzar a Cristo ante los gobernantes de la nación.
Con el ánimo puesto en Dios se preparó Lutero para la lucha que le aguardaba. Meditó un plan de defensa, examinó pasajes de sus propios escritos y sacó pruebas de las Santas Escrituras para sustentar sus proposiciones. Luego, colocando la mano izquierda sobre la Biblia que estaba abierta delante de él, alzó la diestra hacia el cielo y juró “permanecer fiel al evangelio, y confesar libremente su fe, aunque tuviese que sellar su confesión con su sangre” (ibíd.).
Cuando fue llevado nuevamente ante la dieta, no revelaba su semblante sombra alguna de temor ni de cortedad. Sereno y manso, a la vez que valiente y digno, presentóse como testigo de Dios entre los poderosos de la tierra. El canciller le exigió que dijese si se retractaba de sus doctrinas. Lutero respondió del modo más sumiso y humilde, sin violencia ni apasionamiento. Su porte era correcto y respetuoso si bien revelaba en sus modales una confianza y un gozo que llenaban de sorpresa a la asamblea.
“¡Serenísimo emperador! ¡Ilustres príncipes, benignísimos señores!—dijo Lutero—. Comparezco humildemente hoy ante vosotros, según la orden que se me comunicó ayer, suplicando por la misericordia de Dios, a vuestra majestad y a vuestras augustas altezas, se dignen escuchar bondadosamente la defensa de una causa acerca de la cual tengo la convicción que es justa y verdadera. Si falto por ignorancia a los usos y conveniencias de las cortes, perdonádmelo; pues no he sido educado en los palacios de los reyes, sino en la oscuridad del claustro” (ibíd.).
Entrando luego en el asunto pendiente, hizo constar que sus escritos no eran todos del mismo carácter. En algunos había tratado de la fe y de las buenas obras y aun sus enemigos los declaraban no solo inofensivos, sino hasta provechosos. Retractarse de ellos, dijo, sería condenar verdades que todo el mundo se gozaba en confesar. En otros escritos exponía los abusos y la corrupción del
papado. Revocar lo que había dicho sobre el particular equivaldría a infundir nuevas fuerzas a la tiranía de Roma y a abrir a tan grandes impiedades una puerta aun más ancha. Finalmente había una tercera categoría de escritos en que atacaba a simples particulares que querían defender los males reinantes. En cuanto a esto confesó francamente que los había atacado con más acritud de lo debido. No se declaró inocente, pero tampoco podía retractar dichos libros, sin envalentonar a los enemigos de la verdad, dándoles ocasión para despedazar con mayor crueldad al pueblo de Dios.
“Sin embargo—añadió—, soy un simple hombre, y no Dios; por consiguiente me defenderé como lo hizo Jesucristo al decir: ‘Si he hablado mal, dadme testimonio del mal’. [...] Os conjuro por el Dios de las misericordias, a vos, serenísimo emperador y a vosotros, ilustres príncipes, y a todos los demás, de alta o baja alcurnia, a que me probéis, por los escritos de los profetas y de los apóstoles, que he errado. Así que me hayáis convencido, retractaré todos mis errores y seré el primero en echar mano de mis escritos para arrojarlos a las llamas.
“Lo que acabo de decir muestra claramente que he considerado y pesado bien los peligros a que me expongo; pero lejos de acobardarme, es para mí motivo de gozo ver que el evangelio es hoy día lo que antes, una causa de disturbio y de discordia. Este es el carácter y el destino de la Palabra de Dios. ‘No vine a traeros paz, sino guerra,’ dijo Jesucristo. Dios es admirable y terrible en sus juicios; temamos que al pretender reprimir las discordias, persigamos la Palabra de Dios, y hagamos caer sobre nosotros un diluvio de irresistibles peligros, desastres presentes y desolaciones eternas [...]. Yo pudiera citar ejemplos sacados de la Sagrada Escritura, y hablaros de Faraón, de los reyes de Babilonia y de los de Israel, quienes jamás obraron con más eficacia para su ruina, que cuando por consejos en apariencia muy sabios, pensaban consolidar su imperio. Dios ‘remueve las montañas y las derriba antes que lo perciban’” (ibíd.).
Lutero había hablado en alemán; se le pidió que repitiera su discurso en latín. Y aunque rendido por el primer esfuerzo, hizo lo que se le pedía y repitió su discurso en latín, con la misma energía y claridad que la primera vez. La providencia de Dios dirigió este asunto. La mente de muchos de los príncipes estaba tan cegada por el error y la superstición que la primera vez no apreciaron la fuerza de los argumentos de Lutero; pero al repetirlos el orador pudieron darse mejor cuenta de los puntos desarrollados por él.
Aquellos que cerraban obstinadamente los ojos para no ver la luz, resueltos ya a no aceptar la verdad, se llenaron de ira al oír las poderosas palabras de Lutero. Tan luego como hubo dejado de hablar, el que tenía que contestar en nombre de la dieta le dijo con indignación: “No habéis respondido a la pregunta que se os ha hecho [...]. Se exige de vos una respuesta clara y precisa. ¿Queréis retractaros, sí o no?”
El reformador contestó: “Ya que su serenísima majestad y sus altezas exigen de mí una respuesta sencilla, clara y precisa, voy a darla, y es esta: Yo no puedo someter mi fe ni al papa ni a los concilios, porque es tan claro como la luz del día que ellos han caído muchas veces en el error así como en muchas contradicciones consigo mismos. Por lo cual, si no se me convence con testimonios bíblicos, o con razones evidentes, y si no se me persuade con los mismos textos que yo he citado, y si no sujetan mi conciencia a la Palabra de Dios, yo no puedo ni quiero retractar nada, por no ser digno de un cristiano hablar contra su conciencia. Heme aquí; no me es dable hacerlo de otro modo. ¡Que Dios me ayude! ¡Amén!” (ibíd.).
Así se mantuvo este hombre recto en el firme fundamento de la Palabra de Dios. La luz del cielo iluminaba su rostro. La grandeza y pureza de su carácter, el gozo y la paz de su corazón eran manifiestos a todos los que le oían dar su testimonio contra el error, y veían en él esa fe que vence al mundo.
La asamblea entera quedó un rato muda de asombro. La primera vez había hablado Lutero en tono respetuoso y bajo, en actitud casi sumisa. Los romanistas habían interpretado todo esto como prueba evidente de que el valor empezaba a faltarle. Se habían figurado que la solicitud de un plazo para dar su contestación equivalía al preludio de su retractación. Carlos mismo, al notar no sin desprecio el hábito raído del fraile, su actitud tan llana, la sencillez de su oración, había exclamado: “Por cierto no será este monje el que me convierta en hereje”. Empero el valor y la energía que esta vez desplegara, así como la fuerza y la claridad de sus argumentaciones, los dejaron a todos sorprendidos. El emperador, lleno de admiración, exclamó entonces: “El fraile habla con un corazón intrépido y con inmutable valor”. Muchos de los príncipes alemanes veían con orgullo y satisfacción a este representante de su raza.
Los partidarios de Roma estaban derrotados; su causa ofrecía un aspecto muy desfavorable. Procuraron conservar su poderío, no por medio de las Escrituras, sino apelando a las amenazas, como lo hace
El Conflicto de los Siglos · Ellen G. White