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Lectura del libro

El Conflicto de los Siglos, páginas 138-141

de gramáticos insolentes, de sacerdotes enviciados, de frailes disolutos, abogados ignorantes, nobles degradados y populacho pervertido y seducido. ¡Cuánto más numeroso, más hábil, más poderoso es el partido católico! Un decreto unánime de esta ilustre asamblea iluminará a los sencillos, advertirá a los incautos, decidirá a los que dudan, fortalecerá a los débiles” (D’Aubigné, lib. 7, cap. 3).

Estas son las armas que en todo tiempo han esgrimido los enemigos de la verdad. Estos son los mismos argumentos que presentan hoy los que sostienen el error, para combatir a los que propagan las enseñanzas de la Palabra de Dios. “¿Quiénes son estos predicadores de nuevas doctrinas?, exclaman los que abogan por la religión popular. Son indoctos, escasos en número, y los más pobres de la sociedad. Y, con todo, pretenden tener la verdad y ser el pueblo escogido de Dios. Son ignorantes que se han dejado engañar. ¡Cuán superior es en número y en influencia nuestra iglesia! ¡Cuántos hombres grandes e ilustrados hay entre nosotros! ¡Cuánto más grande es el poder que está de nuestra parte!” Estos son los argumentos que más sacan a relucir y que parecen tener influencia en el mundo, pero que no son ahora de más peso que en los días del gran reformador.

La Reforma no terminó, como muchos lo creen, al concluir la vida de Lutero. Tiene aún que seguir hasta el fin del mundo. Lutero tuvo una gran obra que hacer: la de dar a conocer a otros la luz que Dios hiciera brillar en su corazón; pero él no recibió toda la luz que iba a ser dada al mundo. Desde aquel tiempo hasta hoy y sin interrupción, nuevas luces han brillado sobre las Escrituras y nuevas verdades han sido dadas a conocer.

Honda fue la impresión que produjo en la asamblea el discurso del legado. No hubo ningún Lutero para refutar los cargos del campeón papal con las verdades convincentes y sencillas de la Palabra de Dios. Ningún esfuerzo se hizo para defender al reformador. Se manifestaba una disposición general no solo para condenarlo junto con las doctrinas que enseñaba, sino para arrancar de raíz la herejía. Roma había disfrutado de la oportunidad más favorable para defender su causa. Se había dicho todo cuanto pudiera decirse para justificarla. Pero aquella victoria aparente no fue sino la señal de la derrota. Desde aquel día el contraste entre la verdad y el error iba a resaltar más y más, porque la lucha entre ambos quedaba resueltamente empeñada. Nunca desde aquel momento iba a quedar Roma tan segura como antes lo estuviera.

En tanto que la mayoría de los miembros de la dieta no hubieran vacilado en entregar a Lutero a la venganza de Roma, no eran pocos los que echaban de ver con dolor la corrupción que prevalecía en la iglesia, y deseaban que se concluyera con los abusos que sufría el pueblo alemán como consecuencia de la degradación e inmoralidad del clero. El legado había presentado al gobierno del papa del modo más favorable. Pero entonces el Señor movió a uno de los miembros de la dieta a que hiciese una verdadera exposición de los efectos de la tiranía papal. Con noble firmeza el duque Jorge de Sajonia se levantó ante aquella asamblea de príncipes y expuso con aterradora exactitud los engaños y las abominaciones del papado y sus fatales consecuencias. En conclusión añadió:

“He aquí indicados algunos de los abusos de que acusan a Roma. Han echado a un lado la vergüenza, y no se aplican más que a una cosa: ¡al dinero! ¡siempre más dinero! [...] de modo que los predicadores que debieran enseñar la verdad, no predican sino la mentira; y no solamente son tolerados, sino también recompensados, porque cuanto más mientan, tanto más ganan. De esta fuente cenagosa es de donde dimanan todas esas aguas corrompidas. El desarreglo conduce a la avaricia [...]. ¡Ah! es un escándalo que da el clero, precipitando así tantas almas a una condenación eterna. Se debe efectuar una reforma universal” (ibíd., cap. 4).

Lutero mismo no hubiera podido hablar con tanta maestría y con tanta fuerza contra los abusos de Roma; y la circunstancia de ser el orador un declarado enemigo del reformador daba más valor a sus palabras.

De haber estado abiertos los ojos de los circunstantes, habrían visto allí a los ángeles de Dios arrojando rayos de luz para disipar las tinieblas del error y abriendo las mentes y los corazones de todos, para que recibiesen la verdad. Era el poder del Dios de verdad y de sabiduría el que dominaba a los mismos adversarios de la Reforma y preparaba así el camino para la gran obra que iba a realizarse. Martín Lutero no estaba presente, pero la voz de Uno más grande que Lutero se había dejado oír en la asamblea.

La dieta nombró una comisión encargada de sacar una lista de todas las opresiones papales que agobiaban al pueblo alemán. Esta lista, que contenía ciento una especificaciones, fue presentada al emperador, acompañada de una solicitud en que se le pedía que tomase medidas encaminadas a reprimir estos abusos. “¡Cuántas almas cristianas se pierden!—decían los

solicitantes—¡cuántas rapiñas! ¡cuántas exacciones exorbitantes! ¡y de cuántos escándalos está rodeado el jefe de la cristiandad! Es menester precaver la ruina y el vilipendio de nuestro pueblo. Por esto unánimemente os suplicamos sumisos, pero con las más vivas instancias, que ordenéis una reforma general, que la emprendáis, y la acabéis” (ibíd.).

El concilio pidió entonces que compareciese ante él el reformador. A pesar de las intrigas, protestas y amenazas de Aleandro, el emperador consintió al fin, y Lutero fue citado a comparecer ante la dieta. Con la notificación se expidió también un salvoconducto que garantizaba al reformador su regreso a un lugar seguro. Ambos documentos le fueron llevados por un heraldo encargado de conducir a Lutero de Wittenberg a Worms.

Los amigos de Lutero estaban espantados y desesperados. Sabedores del prejuicio y de la enemistad que contra él reinaban, pensaban que ni aun el salvoconducto sería respetado, y le aconsejaban que no expusiese su vida al peligro. Pero él replicó: “Los papistas [...] no deseaban que yo fuese a Worms, pero sí, mi condenación y mi muerte. ¡No importa! rogad, no por mí, sino por la Palabra de Dios [...]. Cristo me dará su Espíritu para vencer a estos ministros del error. Yo los desprecio durante mi vida, y triunfaré de ellos con mi muerte. En Worms se agitan para hacer que me retracte. He aquí cuál será mi retractación: Antes decía que el papa era el vicario de Cristo; ahora digo que es el adversario del Señor, y el apóstol del diablo” (ibíd., cap. 6).

Lutero no iba a emprender solo su peligroso viaje. Además del mensajero imperial, se decidieron a acompañarle tres de sus más fieles amigos. Melanchton deseaba ardientemente unirse con ellos. Su corazón estaba unido con el de Lutero y se desvivía por seguirle, aun hasta la prisión o la muerte. Pero sus ruegos fueron inútiles. Si sucumbía Lutero, las esperanzas de la Reforma quedarían cifradas en los esfuerzos de su joven colaborador. Al despedirse de él, díjole el reformador: “Si yo no vuelvo, caro hermano, y mis enemigos me matan, no ceses de enseñar la verdad y permanecer firme en ella [...]. Trabaja en mi lugar. Si tú vives, poco importa que yo perezca” (ibíd., cap. 7). Los estudiantes y los vecinos que se habían reunido para ver partir a Lutero estaban hondamente conmovidos. Una multitud de personas cuyos corazones habían sido tocados por el evangelio le despidieron con llantos. Así salieron de Wittenberg el reformador y sus acompañantes.

En el camino notaron que siniestros presentimientos embargaban los corazones de cuantos hallaban al paso. En algunos puntos no les mostraron atención alguna. En uno de ellos donde pernoctaron, un sacerdote amigo manifestó sus temores al reformador, enseñándole el retrato de un reformador italiano que había padecido el martirio. A la mañana siguiente se supo que los escritos de Lutero habían sido condenados en Worms. Los pregoneros del emperador publicaban su decreto y obligaban al pueblo a que entregase a los magistrados las obras del reformador. El heraldo, temiendo por la seguridad de Lutero en la dieta y creyendo que ya empezaba a cejar en su propósito de acudir a la dieta, le preguntó si estaba aún resuelto a seguir adelante. Lutero contestó: “¡Aunque se me ha puesto entredicho en todas las ciudades, continuaré!” (ibíd).

En Erfurt, Lutero fue recibido con honra. Rodeado por multitudes que le admiraban, cruzó aquellas mismas calles que antes recorriera tan a menudo con su bolsa de limosnero. Visitó la celda de su convento y meditó en las luchas mediante las cuales la luz que ahora inundaba Alemania había penetrado en su alma. Deseaban oírle predicar. Esto le era prohibido, pero el heraldo dio su consentimiento y el mismo que había sido fraile sirviente del convento ocupó ahora el púlpito.

Habló a la vasta concurrencia de las palabras de Cristo: “La paz sea con vosotros”. “Los filósofos—dijo—doctores y escritores han intentado demostrar cómo puede el hombre alcanzar la vida eterna, y no lo han conseguido. Yo os lo explicaré ahora [...]. Dios resucitó a un Hombre, a Jesucristo nuestro Señor, por quien anonada la muerte, destruye el pecado y cierra las puertas del infierno. He aquí la obra de salvación [...]. ¡Jesucristo venció! ¡he aquí la grata nueva! y somos salvos por su obra, y no por las nuestras [...]. Nuestro Señor Jesucristo dice: ‘¡La paz sea con vosotros! mirad mis manos’; es decir: Mira, ¡oh hombre! yo soy, yo solo soy quien he borrado tus pecados y te he rescatado. ¡Por esto tienes ahora la paz! dice el Señor”.

Y siguió explicando cómo la verdadera fe se manifiesta en una vida santa: “Puesto que Dios nos ha salvado, obremos de un modo digno de su aprobación. ¿Eres rico? Sirvan tus bienes a los pobres. ¿Eres pobre? Tu labor sirva a los ricos. Si tu trabajo no es útil más que para ti mismo, el servicio que pretendes hacer a Dios no es más que mentira” (ibíd.).

El pueblo escuchaba embelesado. El pan de vida fue repartido a aquellas almas hambrientas. Cristo fue ensalzado ante ellas por

El Conflicto de los Siglos · Ellen G. White

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