Cristo La Iglesia
Plan Encuentro 2 Día 212
Este plan no está iniciado. Marca la lectura como leída para iniciarlo desde hoy.
Lectura del libro
El Conflicto de los Siglos, páginas 124-126
tierra? [...] Nadie puede saber lo que sufrió mi corazón en los dos primeros años, y en qué abatimiento, en qué desesperación caí muchas veces” (ibíd.). Pero no fue dejado solo en brazos del desaliento. Cuando le faltaba la ayuda de los hombres, la esperaba de Dios solo y aprendió así a confiar sin reserva en su brazo todopoderoso.
A un amigo de la Reforma escribió Lutero: “No se puede llegar a comprender las Escrituras, ni con el estudio, ni con la inteligencia; vuestro primer deber es pues empezar por la oración. Pedid al Señor que se digne, por su gran misericordia, concederos el verdadero conocimiento de su Palabra. No hay otro intérprete de la Palabra de Dios, que el mismo Autor de esta Palabra, según lo que ha dicho: ‘Todos serán enseñados de Dios’. Nada esperéis de vuestros estudios ni de vuestra inteligencia; confiad únicamente en Dios y en la influencia de su Espíritu. Creed a un hombre que lo ha experimentado” (ibíd., cap. 7). Aqui tienen una lección de vital importancia los que sienten que Dios les ha llamado para presentar a otros en estos tiempos las verdades grandiosas de su Palabra. Estas verdades despertarán la enemistad del diablo y de los hombres que tienen en mucha estimación las fábulas inventadas por él. En la lucha contra las potencias del mal necesitamos algo más que nuestro propio intelecto y la sabiduría de los hombres.
Mientras que los enemigos apelaban a las costumbres y a la tradición, o a los testimonios y a la autoridad del papa, Lutero los atacaba con la Biblia y solo con la Biblia. En ella había argumentos que ellos no podían rebatir; en consecuencia, los esclavos del formalismo y de la superstición pedían a gritos la sangre de Lutero, como los judíos habían pedido la sangre de Cristo. “Es un hereje—decían los fanáticos romanistas—. ¡Es un crimen de alta traición contra la iglesia dejar vivir una hora más tan horrible hereje: que preparen al punto un cadalso para él!” (ibíd., cap. 9). Pero Lutero no fue víctima del furor de ellos. Dios le tenía reservada una tarea; y mandó a los ángeles del cielo para que le protegiesen. Pero muchos de los que recibieron de él la preciosa luz resultaron blanco de la ira del demonio, y por causa de la verdad sufrieron valientemente el tormento y la muerte.
Las enseñanzas de Lutero despertaron por toda Alemania la atención de los hombres reflexivos. Sus sermones y demás escritos arrojaban rayos de luz que alumbraban y despertaban a miles y miles de personas. Una fe viva fue reemplazando el formalismo
muerto en que había estado viviendo la iglesia por tanto tiempo. El pueblo iba perdiendo cada día la confianza que había depositado en las supersticiones de Roma. Poco a poco iban desapareciendo las vallas de los prejuicios. La Palabra de Dios, por medio de la cual probaba Lutero cada doctrina y cada aserto, era como una espada de dos filos que penetraba en los corazones del pueblo. Por doquiera se notaba un gran deseo de adelanto espiritual. En todas partes había hambre y sed de justicia como no se habían conocido por siglos. Los ojos del pueblo, acostumbrados por tanto tiempo a mirar los ritos humanos y a los mediadores terrenales, se apartaban de estos y se fijaban, con arrepentimiento y fe, en Cristo y Cristo crucificado.
Este interés general contribuyó a despertar más los recelos de las autoridades papales. Lutero fue citado a Roma para que contestara el cargo de herejía que pesaba sobre él. Este mandato llenó de espanto a sus amigos. Comprendían muy bien el riesgo que correría en aquella ciudad corrompida y embriagada con la sangre de los mártires de Jesús. De modo que protestaron contra su viaje a Roma y pidieron que fuese examinado en Alemania.
Así se convino al fin y se eligió al delegado papal que debería entender en el asunto. En las instrucciones que a este dio el pontífice, se hacía constar que Lutero había sido declarado ya hereje. Se encargaba, pues, al legado que le procesara y constriñera “sin tardanza”. En caso de que persistiera firme, y el legado no lograra apoderarse de su persona, tenía poder para “proscribirle de todos los puntos de Alemania, así como para desterrar, maldecir y excomulgar a todos sus adherentes” (ibíd., lib. 4, cap. 2). Además, para arrancar de raíz la pestilente herejía, el papa dio órdenes a su legado de que excomulgara a todos los que fueran negligentes en cuanto a prender a Lutero y a sus correligionarios para entregarlos a la venganza de Roma, cualquiera que fuera su categoría en la iglesia o en el estado, con excepción del emperador.
Esto revela el verdadero espíritu del papado. No hay en todo el documento un vestigio de principio cristiano ni de la justicia más elemental. Lutero se hallaba a gran distancia de Roma; no había tenido oportunidad para explicar o defender sus opiniones; y sin embargo, antes que su caso fuese investigado, se le declaró sumariamente hereje, y en el mismo día fue exhortado, acusado, juzgado y sentenciado; ¡y todo esto por el que se llamaba padre santo, única autoridad suprema e infalible de la iglesia y del estado!
En aquel momento, cuando Lutero necesitaba tanto la simpatía y el consejo de un amigo verdadero, Dios en su providencia mandó a Melanchton a Wittenberg. Joven aún, modesto y reservado, tenía Melanchton un criterio sano, extensos conocimientos y elocuencia persuasiva, rasgos todos que combinados con la pureza y rectitud de su carácter le granjeaban el afecto y la admiración de todos. Su brillante talento no era más notable que su mansedumbre. Muy pronto fue discípulo sincero del evangelio a la vez que el amigo de más confianza de Lutero y su más valioso cooperador; su dulzura, su discreción y su formalidad servían de contrapeso al valor y a la energía de Lutero. La unión de estos dos hombres en la obra vigorizó la Reforma y estimuló mucho a Lutero.
Augsburgo era el punto señalado para la verificación del juicio, y allá se dirigió a pie el reformador. Sus amigos sintieron despertarse en sus ánimos serios temores por él. Se habían proferido amenazas sin embozo de que le secuestrarían y le matarían en el camino, y sus amigos le rogaban que no se arriesgara. Hasta llegaron a aconsejarle que saliera de Wittenberg por una temporada y que se refugiara entre los muchos que gustosamente le protegerían. Pero él no quería dejar por nada el lugar donde Dios le había puesto. Debía seguir sosteniendo fielmente la verdad a pesar de las tempestades que se cernían sobre él. Sus palabras eran estas: “Soy como Jeremías, el hombre de las disputas y de las discordias; pero cuanto más aumentan sus amenazas, más acrecientan mi alegría [...]. Han destrozado ya mi honor y mi reputación. Una sola cosa me queda, y es mi miserable cuerpo; que lo tomen; abreviarán así mi vida de algunas horas. En cuanto a mi alma, no pueden quitármela. El que quiere propagar la Palabra de Cristo en el mundo, debe esperar la muerte a cada instante” (ibíd., lib. 4, cap. 4).
Las noticias de la llegada de Lutero a Augsburgo dieron gran satisfacción al legado del papa. El molesto hereje que había despertado la atención del mundo entero parecía hallarse ya en poder de Roma, y el legado estaba resuelto a no dejarle escapar. El reformador no se había cuidado de obtener un salvoconducto. Sus amigos le instaron a que no se presentase sin él y ellos mismos se prestaron a recabarlo del emperador. El legado quería obligar a Lutero a retractarse, o si no lo lograba, a hacer que lo llevaran a Roma para someterle a la suerte que habían corrido Hus y Jerónimo. Así que, por medio de sus agentes se esforzó en inducir a Lutero a que compareciese sin salvoconducto, confiando solo en el arbitrio del
El Conflicto de los Siglos · Ellen G. White