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Lectura del libro

El Conflicto de los Siglos, páginas 102-104

por mí una de espinas”. Acto continuo, “los prelados dijeron: ‘Ahora dedicamos tu alma al diablo’. ‘Y yo—dijo Hus, levantando sus ojos al cielo—en tus manos encomiendo mi espíritu, oh Señor Jesús, porque tú me redimiste’” (Wylie, lib. 3, cap. 7).

Fue luego entregado a las autoridades seculares y conducido al lugar de la ejecución. Iba seguido por inmensa procesión formada por centenares de hombres armados, sacerdotes y obispos que lucían sus ricas vestiduras, y por el pueblo de Constanza. Cuando lo sujetaron a la estaca y todo estuvo dispuesto para encender la hoguera, se instó una vez más al mártir a que se salvara retractándose de sus errores. “¿A cuáles errores—dijo Hus—debo renunciar? De ninguno me encuentro culpable. Tomo a Dios por testigo de que todo lo que he escrito y predicado ha sido con el fin de rescatar a las almas del pecado y de la perdición; y, por consiguiente, con el mayor gozo confirmaré con mi sangre aquella verdad que he anunciado por escrito y de viva voz” (ibíd.). Cuando las llamas comenzaron a arder en torno suyo, principió a cantar: “Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí”, y continuó hasta que su voz enmudeció para siempre.

Sus mismos enemigos se conmovieron frente a tan heroica conducta. Un celoso partidario del papa, al referir el martirio de Hus y de Jerónimo que murió poco después, dijo: “Ambos se portaron como valientes al aproximarse su última hora. Se prepararon para ir a la hoguera como se hubieran preparado para ir a una boda; no dejaron oír un grito de dolor. Cuando subieron las llamas, entonaron himnos y apenas podía la vehemencia del fuego acallar sus cantos” (ibíd.).

Cuando el cuerpo de Hus fue consumido por completo, recogieron sus cenizas, las mezclaron con la tierra donde yacían y las arrojaron al Rin, que las llevó hasta el océano. Sus perseguidores se figuraban en vano que habían arrancado de raíz las verdades que predicara. No soñaron que las cenizas que echaban al mar eran como semilla esparcida en todos los países del mundo, y que en tierras aún desconocidas darían mucho fruto en testimonio por la verdad. La voz que había hablado en la sala del concilio de Constanza había despertado ecos que resonarían al través de las edades futuras. Hus ya no existía, pero las verdades por las cuales había muerto no podían perecer. Su ejemplo de fe y perseverancia iba a animar a las muchedumbres a mantenerse firmes por la verdad frente al tormento y a la muerte. Su ejecución puso de manifiesto ante el

mundo entero la pérfida crueldad de Roma. Los enemigos de la verdad, aunque sin saberlo, no hacían más que fomentar la causa que en vano procuraban aniquilar.

Una estaca más iba a levantarse en Constanza. La sangre de otro mártir iba a testificar por la misma verdad. Jerónimo al decir adiós a Hus, cuando este partiera para el concilio, le exhortó a ser valiente y firme, declarándole que si caía en algún peligro él mismo volaría en su auxilio. Al saber que el reformador se hallaba encarcelado, el fiel discípulo se dispuso inmediatamente a cumplir su promesa. Salió para Constanza con un solo compañero y sin proveerse de salvoconducto. Al llegar a la ciudad, se convenció de que solo se había expuesto al peligro, sin que le fuera posible hacer nada para libertar a Hus. Huyó entonces pero fue arrestado en el camino y devuelto a la ciudad cargado de cadenas, bajo la custodia de una compañía de soldados. En su primera comparecencia ante el concilio, sus esfuerzos para contestar los cargos que le arrojaban se malograban entre los gritos: “¡A la hoguera con él! ¡A las llamas!” Bonnechose 2:256. Fue arrojado en un calabozo, lo encadenaron en una postura muy penosa y lo tuvieron a pan y agua. Después de algunos meses, las crueldades de su prisión causaron a Jerónimo una enfermedad que puso en peligro su vida, y sus enemigos, temiendo que se les escapase, le trataron con menos severidad aunque dejándole en la cárcel por un año.

La muerte de Hus no tuvo el resultado que esperaban los papistas. La violación del salvoconducto que le había sido dado al reformador, levantó una tempestad de indignación, y como medio más seguro, el concilio resolvió que en vez de quemar a Jerónimo se le obligaría, si posible fuese, a retractarse. Fue llevado ante el concilio y se le instó para que escogiera entre la retractación o la muerte en la hoguera. Haberle dado muerte al principio de su encarcelamiento hubiera sido un acto de misericordia en comparación con los terribles sufrimientos a que le sometieron; pero después de esto, debilitado por su enfermedad y por los rigores de su prisión, detenido en aquellas mazmorras y sufriendo torturas y angustias, separado de sus amigos y herido en el alma por la muerte de Hus, el ánimo de Jerónimo decayó y consintió en someterse al concilio. Se comprometió a adherirse a la fe católica y aceptó el auto de la asamblea que condenaba las doctrinas de Wiclef y de Hus, exceptuando, sin embargo, las “santas verdades” que ellos enseñaron. Ibíd., 3:156.

Por medio de semejante expediente Jerónimo trató de acallar la voz de su conciencia y librarse de la condena; pero, vuelto al calabozo, a solas consigo mismo percibió la magnitud de su acto. Comparó el valor y la fidelidad de Hus con su propia retractación. Pensó en el divino Maestro a quien él se había propuesto servir y que por causa suya sufrió la muerte en la cruz. Antes de su retractación había hallado consuelo en medio de sus sufrimientos, seguro del favor de Dios; pero ahora, el remordimiento y la duda torturaban su alma. Harto sabía que tendría que hacer otras retractaciones para vivir en paz con Roma. El sendero que empezaba a recorrer le llevaría infaliblemente a una completa apostasía. Resolvió no volver a negar al Señor para librarse de un breve plazo de padecimientos.

Pronto fue llevado otra vez ante el concilio, pues sus declaraciones no habían dejado satisfechos a los jueces. La sed de sangre despertada por la muerte de Hus, reclamaba nuevas víctimas. Solo la completa abjuración podía salvar de la muerte al reformador. Pero este había resuelto confesar su fe y seguir hasta la hoguera a su hermano mártir.

Desvirtuó su anterior retractación, y a punto de morir, exigió que se le diera oportunidad para defenderse. Temiendo los prelados el efecto de sus palabras, insistieron en que él se limitara a afirmar o negar lo bien fundado de los cargos que se le hacían. Jerónimo protestó contra tamaña crueldad e injusticia. “Me habéis tenido encerrado—dijo—, durante trescientos cuarenta días, en una prisión horrible, en medio de inmundicias, en un sitio malsano y pestilente, y falto de todo en absoluto. Me traéis hoy ante vuestra presencia y tras de haber prestado oídos a mis acérrimos enemigos, os negáis a oírme [...]. Si en verdad sois sabios, y si sois la luz del mundo, cuidaos de pecar contra la justicia. En cuanto a mí, no soy más que un débil mortal; mi vida es de poca importancia, y cuando os exhorto a no dar una sentencia injusta, hablo más por vosotros que por mí”. Ibíd., 162, 163.

Al fin le concedieron a Jerónimo lo que pedía. Se arrodilló en presencia de sus jueces y pidió que el Espíritu divino guíara sus pensamientos y le diese palabras para que nada de lo que iba a decir fuese contrario a la verdad e indigno de su Maestro. En aquel día se cumplió en su favor la promesa del Señor a los primeros discípulos: “Seréis llevados ante gobernadores y reyes por mi causa [...]. Cuando os entregaren, no os afanéis sobre cómo o qué habéis de decir; porque en aquella misma hora os será dado lo que habéis de decir; porque no sois

El Conflicto de los Siglos · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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