Cristo La Iglesia

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Lectura del libro

Los Hechos de los Apóstoles, páginas 468-473

Se habla de Cristo como caminando en medio de los candeleros de oro. Así se simboliza su relación con las iglesias. Está en constante comunicación con su pueblo. Conoce su real condición. Observa su orden, su piedad, su devoción. Aunque es el sumo sacerdote y mediador en el santuario celestial, se le representa como caminando de aquí para allá en medio de sus iglesias en la tierra. Con incansable desvelo y constante vigilancia, observa para ver si la luz de alguno de sus centinelas arde débilmente o si se apaga. Si el candelero fuera dejado al mero cuidado humano, la vacilante llama languidecería y moriría; pero él es el verdadero centinela en la casa del Señor, el fiel guardián de los atrios del templo. Su cuidado constante y su gracia sostenedora son la fuente de la vida y la luz.

Cristo fué presentado como sosteniendo las siete estrellas en su mano derecha. Esto nos asegura que ninguna iglesia que sea fiel a su cometido necesita temer la destrucción; porque ninguna estrella que tiene la protección del Omnipotente puede ser arrancada de la mano de Cristo.

“El que tiene las siete estrellas en su diestra ... dice estas cosas.” Apocalipsis 2:1. Estas palabras son dirigidas a los maestros de la iglesia, a aquellos a quienes Dios confió pesadas responsabilidades. Las dulces influencias que han de abundar en la iglesia están vinculadas estrechamente con los ministros de Dios, quienes deben revelar el amor de Cristo. Las estrellas del cielo están bajo su dirección. Las llena de luz; guía y dirige sus movimientos. Si no lo hiciera, llegarían a ser estrellas caídas. Así es con sus ministros. Son instrumentos en sus manos, y todo lo bueno que pueden hacer es realizado por medio del poder divino. Por medio de ellos se difunde la luz del Salvador, quien ha de ser su eficiencia. Si tan sólo miraran a él como él miraba al Padre, serían capacitados para hacer su obra. Cuando dependan de Dios, él les dará su esplendor para reflejarlo al mundo.

En el comienzo de la historia de la iglesia, el misterio de iniquidad, predicho por el apóstol Pablo, comenzó a hacer su

obra impía; y al insistir en sus herejías los falsos maestros, acerca de los cuales Pablo amonestó a los creyentes, muchos fueron engañados por falsas doctrinas. Algunos vacilaron bajo las pruebas, y fueron tentados a abandonar la fe. En el tiempo cuando Juan recibía esta revelación, muchos habían perdido su primer amor a la verdad del Evangelio. Pero en su misericordia Dios no dejó que su iglesia permaneciese en la apostasía. En un mensaje de infinita ternura reveló su amor hacia ella, y su deseo de que hiciera una obra segura para la eternidad. “Recuerda—rogó—de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras.” Apocalipsis 2:5.

La iglesia tenía defectos, y necesitaba severa reprensión y corrección; y Juan fué inspirado a escribir mensajes de amonestación, reprensión y ruego a los que, habiendo perdido de vista los principios fundamentales del Evangelio, ponían en peligro la esperanza de su salvación. Pero las palabras de reproche que Dios halla necesario enviar se pronuncian siempre con tierno amor, y con la promesa de paz a cada creyente arrepentido. “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo—dice el Señor;—si alguno oyere mi voz y abriere la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.” Apocalipsis 3:20.

Y para los que en medio del conflicto mantuviesen su fe en Dios, le fueron confiadas al profeta estas palabras de encomio y promesa: “Yo conozco tus obras: he aquí, he dado una puerta abierta delante de ti, la cual ninguno puede cerrar; porque tienes un poco de potencia, y has guardado mi palabra, y no has negado mi nombre.... Porque has guardado la palabra de mi paciencia, yo también te guardaré de la hora de la tentación que ha de venir en todo el mundo, para probar a los que moran en la tierra.” Se amonestó al creyente: “Sé vigilante y confirma las otras cosas que están para morir.” “He aquí, yo vengo presto; retén lo que tienes, para que ninguno tome tu corona.” Apocalipsis 3:8, 10, 2, 11.

Por medio de uno que declaró ser “hermano, y participante en la tribulación” (Apocalipsis 1:9), Cristo reveló a su iglesia las

cosas que ella debía sufrir por su causa. Al penetrar con su vista a través de largos siglos de tinieblas y superstición, el anciano desterrado vió a multitudes sufrir el martirio por causa de su amor hacia la verdad. Pero también vió que Aquel que sostuvo a sus primeros testigos, no olvidaría a sus fieles seguidores durante los siglos de persecución que debían venir antes del fin del tiempo. “No tengas ningún temor de las cosas que has de padecer—declara el Señor.—He aquí, el diablo ha de enviar algunos de vosotros a la cárcel, para que seáis probados, y tendréis tribulación.... Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida.” Apocalipsis 2:10.

Y para todos los fieles que están luchando contra el mal, Juan oyó hacer las promesas: “Al que venciere, daré a comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios.” “El que venciere, será vestido de vestiduras blancas; y no borraré su nombre del libro de la vida, y confesaré su nombre delante de mi Padre y delante de sus ángeles.” “Al que venciere, yo le daré que se siente conmigo en mi trono; así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono.” Apocalipsis 2:7; 3:5, 21.

Juan vió la misericordia, la ternura y el amor de Dios mezclados con su santidad, justicia y poder. Vió a los pecadores hallar un Padre en Aquel a quien sus pecados les habían hecho temer. Y mirando más allá de la culminación del gran conflicto, contempló en Sión a “los que habían alcanzado la victoria ... estar sobre el mar de vidrio, teniendo las arpas de Dios,” y cantando el cántico de Moisés y del Cordero. Apocalipsis 15:2, 3.

El Salvador se presenta ante Juan bajo los símbolos del “león de la tribu de Judá” y de “un Cordero como inmolado.” Apocalipsis 5:5, 6. Dichos símbolos representan la unión del poder omnipotente con el abnegado sacrificio de amor. El león de Judá, tan terrible para los que rechazan su gracia, es el Cordero de Dios para el obediente y fiel. La columna de fuego que anuncia terror e ira al transgresor de la ley de Dios, es una

señal de luz, misericordia y liberación para los que guardan sus mandamientos. El brazo que es fuerte para herir a los rebeldes, será fuerte para librar a los leales. Todo el que sea fiel será salvo. “Enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán sus escogidos de los cuatro vientos, de un cabo del cielo hasta el otro.” Mateo 24:31.

En comparación con los millones del mundo, los hijos de Dios serán, como siempre lo fueron, un rebaño pequeño; pero si permanecen de parte de la verdad como está revelada en su Palabra, Dios será su refugio. Están bajo el amplio escudo de la Omnipotencia. Dios constituye siempre una mayoría. Cuando el sonido de la final trompeta penetre en la prisión de la muerte, y los justos se levanten con triunfo, exclamando: “¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿dónde, oh sepulcro, tu victoria?” (1 Corintios 15:55) para unirse con Dios, con Cristo, con los ángeles y con los fieles de todas las edades, los hijos de Dios serán una gran mayoría.

Los verdaderos discípulos de Cristo le siguen a través de duros conflictos, siendo abnegados y experimentando amargos desengaños; pero eso les muestra la culpabilidad y la miseria del pecado y son inducidos a mirarlo con aborrecimiento. Participantes en los sufrimientos de Cristo, son destinados a ser participantes de su gloria. En santa visión el profeta vió el postrer triunfo de la iglesia remanente de Dios. Esto fué lo que escribió:

“Y vi así como un mar de vidrio mezclado con fuego; y los que habían alcanzado la victoria ... estar sobre el mar de vidrio, teniendo las arpas de Dios. Y cantan el cántico de Moisés siervo de Dios, y el cántico del Cordero, diciendo: Grandes y maravillosas son tus obras, Señor Dios Todopoderoso; justos y verdaderos son tus caminos, Rey de los santos.” Apocalipsis 15:2, 3.

“Y miré, y he aquí, el Cordero estaba sobre el monte de Sión, y con él ciento cuarenta y cuatro mil, que tenían el nombre de su Padre escrito en sus frentes.” Apocalipsis 14:1. En este

mundo habían consagrado sus mentes a Dios; le habían servido con la inteligencia y el corazón; y ahora él puede poner su nombre “en sus frentes.” “Y reinarán para siempre jamás.” Apocalipsis 22:5. No entrarán y saldrán como quienes mendigan un lugar. Pertenecerán a aquellos de los cuales Cristo dijo: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo.” Les dará la bienvenida como a hijos, diciéndoles: “Entra en el gozo de tu Señor.” Mateo 25:34, 21.

“Estos, los que siguen al Cordero por dondequiera que fuere. Estos fueron comprados de entre los hombres por primicias para Dios y para el Cordero.” Apocalipsis 14:4, 5. La visión del profeta los coloca frente al Monte de Sión, ceñidos para un servicio santo, vestidos de lino blanco, que es la justificación de los santos. Pero todo el que siga al Cordero en el cielo, primeramente tiene que seguirle en la tierra, no con inquietud o caprichosamente, sino con confianza, amor y obediencia voluntaria; como la oveja sigue al pastor.

“Y oí una voz de tañedores de arpas que tañían con sus arpas: y cantaban como un cántico nuevo delante del trono, ... y ninguno podía aprender el cántico sino aquellos ciento cuarenta y cuatro mil, los cuales fueron comprados de entre los de la tierra.... En sus bocas no ha sido hallado engaño; porque ellos son sin mácula delante del trono de Dios.” Apocalipsis 14:2-5.

“Y yo Juan vi la santa ciudad, Jerusalem nueva, que descendía del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido.” “Teniendo la claridad de Dios; y su luz era semejante a una piedra preciosísima, como piedra de jaspe, resplandeciente como cristal. Y tenía un muro grande y alto con doce puertas; y en las puertas, doce ángeles, y nombres escritos, que son los de las doce tribus de los hijos de Israel.” “Las doce puertas eran doce perlas, en cada una, una; cada puerta era de una perla. Y la plaza de la ciudad era de oro puro como vidrio transparente. Y no vi en ella templo; porque

el Señor Dios Todopoderoso es el templo de ella, y el Cordero.” Apocalipsis 21:2, 11, 12, 21, 22.

“Y no habrá más maldición; sino que el trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos le servirán. Y verán su cara; y su nombre estará en sus frentes. Y allí no habrá más noche; y no tienen necesidad de lumbre de antorcha, ni de lumbre de sol: porque el Señor Dios los alumbrará.” Apocalipsis 22:3-5.

“Me mostró un río limpio de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero. En el medio de la plaza de ella, y de la una y de la otra parte del río, estaba el árbol de vida, que lleva doce frutos, dando cada mes su fruto: y las hojas del árbol eran para la sanidad de las naciones.” “Bienaventurados los que guardan sus mandamientos, para que su potencia sea en el árbol de la vida, y que entren por las puertas en la ciudad.” Apocalipsis 22:1, 2, 14.

“Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y el mismo Dios será su Dios con ellos.” Apocalipsis 21:3.

Los Hechos de los Apóstoles · Ellen G. White

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