Cristo La Iglesia
Plan Encuentro 2 Día 163
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Lectura del libro
Los Hechos de los Apóstoles, páginas 398-400
responsabilidad; y mientras le instaba a que viniese sin demora, dictó su postrer testimonio, ya que posiblemente no se le permitiera vivir para pronunciarlo. Con el alma henchida de amante solicitud por su hijo en el Evangelio y por la iglesia que estaba bajo su cuidado, Pablo procuró impresionar a Timoteo con la importancia de la fidelidad a su sagrado cometido.
Comenzó su carta con la salutación: “A Timoteo, amado hijo: Gracia, misericordia, y paz de Dios el Padre y de Jesucristo nuestro Señor. Doy gracias a Dios, al cual sirvo desde mis mayores con limpia conciencia, de que sin cesar tengo memoria de ti en mis oraciones noche y día.”
Luego le instó sobre la necesidad de la constancia en la fe. “Por lo cual te aconsejo que despiertes el don de Dios, que está en ti por la imposición de mis manos. Porque no nos ha dado Dios el espíritu de temor, sino el de fortaleza, y de amor, y de templanza. Por tanto no te avergüences del testimonio de nuestro Señor, ni de mí, preso suyo; antes sé participante de los trabajos del evangelio según la virtud de Dios.” Le suplicó que recordara que había sido llamado “con vocación santa” a proclamar el poder de Aquel que “sacó a la luz la vida y la inmortalidad por el evangelio; del cual—declaró—yo soy puesto predicador, y apóstol, y maestro de los Gentiles. Por lo cual asimismo padezco esto; mas no me avergüenzo, porque yo sé a quién he creído y estoy cierto que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día.”
A través de su largo período de servicio, la fidelidad de Pablo hacia su Salvador nunca vaciló. Dondequiera que estaba, fuera frente a enfurruñados fariseos o a las autoridades romanas; fuera frente a la furiosa turba de Listra, o los convictos pecadores de la cárcel macedónica; fuera razonando con los marineros llenos de pánico sobre el buque náufrago, o estando solo ante Nerón para defender su vida, nunca se avergonzó de la causa en la cual militaba. El gran propósito de su vida cristiana había sido servir a Aquel cuyo nombre una vez lo había llenado de desprecio; y de este propósito no había sido
capaz de apartarlo ni la oposición ni la persecución. Su fe, robustecida en el esfuerzo y purificada por el sacrificio, lo sostuvo y lo fortaleció.
“Pues tú, hijo mío—continuó Pablo,—esfuérzate en la gracia que es en Cristo Jesús. Y lo que has oído de mí entre muchos testigos, esto encarga a los hombres fieles que serán idóneos también para enseñar a otros. Tú, pues, sufre trabajos como fiel soldado de Jesucristo.”
El verdadero ministro de Dios no rehuye los trabajos pesados ni las responsabilidades. De la fuente que nunca falla para los que sinceramente buscan el poder divino, saca fuerza que le capacita para afrontar las tentaciones, sobreponerse a ellas y cumplir los deberes que Dios le impone. La naturaleza de la gracia que recibe aumenta su capacidad para conocer a Dios y a su Hijo. Su alma se desvive para realizar un servicio aceptable para su Maestro. A medida que avanza en el camino cristiano, se esfuerza “en la gracia que es en Cristo Jesús.” Esta gracia le habilita para ser un testigo fiel de las cosas que ha oído. No desprecia ni descuida el conocimiento que ha recibido de Dios, sino que lo entrega a hombres fieles, quienes a su vez lo enseñarán a otros.
En ésta su última carta a Timoteo, Pablo levanta ante el joven obrero un elevado ideal, puntualizando los deberes que le corresponden como ministro de Cristo. “Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado—escribió el apóstol,—como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que traza bien la palabra de verdad.” “Huye también los deseos juveniles; y sigue la justicia, la fe, la caridad, la paz, con los que invocan al Señor de puro corazón. Empero las cuestiones necias y sin sabiduría desecha, sabiendo que engendran contiendas. Que el siervo del Señor no debe ser litigioso, sino manso para con todos, apto para enseñar, sufrido; que con mansedumbre corrija a los que se oponen: si quizá Dios les dé que se arrepientan para conocer la verdad.”
Le amonesta contra los falsos maestros que intentarían
levantarse en la iglesia. “Esto también sepas—declaró,—que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos: que habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, detractores, desobedientes a los padres, ingratos, sin santidad ... teniendo apariencia de piedad, mas habiendo negado la eficacia de ella: y a éstos evita.”
“Mas los malos hombres y los engañadores, irán de mal en peor—continuó,—engañando y siendo engañados. Empero persiste tú en lo que has aprendido y te persuadiste, sabiendo de quién has aprendido; y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salud.... Toda Escritura es inspirada divinamente y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instituir en justicia, para que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente instruido para toda buena obra.” Dios ha provisto abundantes medios para tener éxito en la guerra contra la maldad que hay en el mundo. La Biblia es el arsenal donde podemos equiparnos para la lucha. Nuestros lomos deben estar ceñidos con la verdad. Nuestra cota debe ser la justicia. El escudo de la fe debe estar en nuestra mano, el yelmo de la salvación sobre nuestra frente; y con la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios, hemos de abrirnos camino a través de las obstrucciones y enredos del pecado.
Pablo sabía que a la iglesia le esperaba un tiempo de grande peligro. Sabía que debía hacerse un fiel y fervoroso trabajo por aquellos a quienes se les había encargado el cuidado de las iglesias; y por eso le escribió a Timoteo: “Requiero yo pues delante de Dios, y del Señor Jesucristo, que ha de juzgar a los vivos y los muertos en su manifestación y en su reino, que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina.”
Esta amonestación solemne a uno que era tan celoso y fiel como Timoteo, constituye un poderoso testimonio de la importancia y responsabilidad de la obra del ministerio evangélico. Llamándolo ante el tribunal de Dios, Pablo le ordena predicar
Los Hechos de los Apóstoles · Ellen G. White