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Lectura del libro

Los Hechos de los Apóstoles, páginas 395-396

aquéllas. Tocaron una cuerda que hizo vibrar aun el corazón más endurecido. La verdad clara y convincente desbarataba el error. La luz iluminó el entendimiento de muchos que después siguieron alegremente sus rayos. Las verdades declaradas aquel día iban a conmover las naciones y perdurar a través de todos los tiempos, para influir en el corazón de los hombres, aun cuando los labios que las pronunciaban iban a quedar silenciosos en una tumba de mártir.

Nunca hasta entonces había oído Nerón la verdad como en aquella ocasión. Nunca se le había revelado de tal manera la enorme culpabilidad de su conducta. La luz del cielo penetró en los recovecos de su alma manchada por la culpa y, aterrorizado, tembló al pensar en un tribunal ante el cual él, gobernante del mundo, habría finalmente de comparecer para recibir el justo castigo de sus obras. Temió Nerón al Dios del apóstol, y no se atrevió a dictar sentencia contra Pablo, pues nadie había mantenido sus acusaciones. Un sentimiento de pavor reprimió por algún tiempo su sanguinario espíritu.

Por un momento se le abrió el cielo al culpable y empedernido Nerón, y su paz y pureza le parecieron apetecibles. En aquel momento se le extendió aun a él la invitación de misericordia. Pero sólo por un momento acogió la idea del perdón. Después mandó que volviesen a llevar a Pablo a la mazmorra; y al cerrarse la puerta tras el mensajero de Dios, se cerró para siempre al emperador de Roma la puerta del arrepentimiento. Ya ningún rayo de luz del cielo había de penetrar las tinieblas que le rodeaban. Pronto iba a sufrir los juicios retributivos de Dios.

No mucho después de esto, Nerón zarpó hacia su vergonzosa expedición a Grecia, donde se deshonró a sí mismo y a su reino por medio de su despreciable y degradante frivolidad. Al regresar a Roma con gran pompa, se rodeó de sus cortesanos y se entregó a actos de repugnante corrupción. En medio de esa orgía se oyó una voz de tumulto en las calles. Se envió un mensajero para averiguar la causa, el cual regresó con las noticias

aterradoras de que Galba, al frente de un ejército, marchaba rápidamente sobre Roma, que ya había estallado la insurrección en la ciudad y que las calles estaban llenas de un populacho enardecido, que amenazando con la muerte al emperador y a todos sus colaboradores, se acercaba rápidamente al palacio.

En ese tiempo de peligro, Nerón no tenía, como había tenido el fiel Pablo, un Dios poderoso y compasivo en quien confiar. Temeroso de los sufrimientos y posible tortura que podría verse obligado a soportar a manos de la turba, el infeliz tirano pensó en suicidarse, pero en el momento crítico le faltó el valor. Presa del terror, huyó vergonzosamente de la ciudad y buscó refugio en una casa de campo a pocos kilómetros de distancia; pero sin resultado. Pronto se descubrió su escondite y como los soldados de caballería que lo perseguían se acercaban, llamó a un esclavo en su auxilio, y se infligió una herida mortal. Así pereció el tirano Nerón a la temprana edad de treinta y dos años.

Los Hechos de los Apóstoles · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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