Cristo La Iglesia
Plan Encuentro 2 Día 134
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Lectura bíblica
Hechos 24
Hechos 24
1 Cinco días después, descendió el sumo sacerdote Ananías con algunos de los ancianos y un orador, un cierto Tértulo. Ellos comparecieron delante del procurador contra Pablo. 2 Y al ser llamado éste, Tértulo comenzó a acusarle diciendo: --Puesto que gozamos de mucha paz, gracias a ti, y se están realizando reformas en beneficio de esta nación debido a tu prudencia, 3 oh excelentísimo Félix, siempre y en todo lugar lo aceptamos con toda gratitud. 4 Pero para no molestarte más largamente, te ruego que nos escuches brevemente, conforme a tu equidad. 5 Porque hemos hallado que este hombre es una plaga, y es promotor de sediciones entre los judíos de todo el mundo y cabecilla de la secta de los nazarenos. 6 Intentó también profanar el templo, pero le prendimos. Nosotros quisimos juzgarle conforme a nuestra ley. 7 Pero intervino el tribuno Lisias y con gran violencia le quitó de nuestras manos, 8 mandando a sus acusadores que se presenten delante de ti. Al examinarle, tú mismo podrás saber todas estas cosas de las que le acusamos. 9 También los judíos lo confirmaban, alegando que estas cosas eran así. 10 Entonces, cuando el procurador le dio señal para hablar, Pablo contestó: --Sabiendo que por muchos años has sido juez de esta nación, con confianza expondré mi defensa. 11 Tú puedes cerciorarte de que no hace más de doce días que subí a Jerusalén para adorar. 12 No me hallaron disputando con nadie en el templo, ni provocando tumultos del pueblo, ni en las sinagogas ni en la ciudad. 13 Tampoco pueden ellos comprobarte las cosas de las que ahora me acusan. 14 Sin embargo, te confieso esto: que sirvo al Dios de mis padres conforme al Camino que ellos llaman secta, creyendo todo lo que está escrito en la Ley y en los Profetas. 15 Tengo esperanza en Dios, la cual ellos mismos también abrigan, de que ha de haber resurrección de los justos y de los injustos. 16 Y por esto yo me esfuerzo siempre por tener una conciencia sin remordimiento delante de Dios y los hombres. 17 Pasados muchos años, vine para presentar donativos y ofrendas a mi nación. 18 Mientras hacía esto, unos judíos de Asia me hallaron purificado en el templo (no en tumulto ni con alboroto). 19 Ellos deberían comparecer delante de ti y traer acusaciones, si es que tienen algo contra mí. 20 O que digan éstos mismos qué delito hallaron cuando comparecí ante el Sanedrín, 21 salvo que cuando estuve entre ellos lancé este grito: "¡Con respecto a la resurrección de los muertos yo soy juzgado hoy por vosotros!" 22 Entonces Félix, estando bien informado acerca de este Camino, les aplazó diciendo: --Cuando venga el tribuno Lisias, examinaré vuestro caso. 23 Dio órdenes al centurión de que Pablo fuese custodiado, pero que tuviera algunos privilegios y que no se impidiese a ninguno de los suyos atenderle. 24 Algunos días después, vino Félix con Drusila su esposa, que era judía. Mandó traer a Pablo, y le oyó acerca de la fe en Cristo Jesús. 25 Cuando Pablo disertaba de la justicia, del dominio propio y del juicio venidero, Félix se llenó de miedo y respondió: --Por ahora, vete; pero cuando tenga oportunidad, te llamaré. 26 A la vez, Félix esperaba también que se le diera algún dinero de parte de Pablo. Por eso le hacía venir con frecuencia y hablaba con él. 27 Pero al cabo de dos años, Félix recibió como sucesor a Porcio Festo, y queriéndose congraciar con los judíos, Félix dejó preso a Pablo.
Versión Reina Valera Actualizada
Lectura del libro
Los Hechos de los Apóstoles, páginas 335-337
Capítulo 39—El juicio en Cesarea
Este Capítulo está basado en Hechos 24.
Cinco días después de la llegada de Pablo a Cesarea, llegaron sus acusadores de Jerusalén, acompañados por Tértulo, orador que habían contratado como abogado. Se dió pronto audiencia al caso. Pablo fué traído delante de la asamblea, y Tértulo comenzó a acusarlo. Considerando que la adulación tendría más influencia en el gobernador romano que la simple declaración de la verdad y la justicia, el astuto orador comenzó su discurso alabando a Félix: “Como por causa tuya vivamos en grande paz, y muchas cosas sean bien gobernadas en el pueblo por tu prudencia, siempre y en todo lugar lo recibimos con todo hacimiento de gracias, oh excelentísimo Félix.”
Tértulo descendió aquí a la mentira descarada, porque el carácter de Félix era vil y despreciable. Se dice de él, que “en la práctica de toda clase de concupiscencia y maldad, ejerció el poder de un rey con el temperamento de un esclavo.”—Tácito, History, cap. 5, párr. 9.
Los que escuchaban a Tértulo sabían que sus palabras de adulación no eran ciertas; pero su deseo de asegurar la condenación de Pablo era más fuerte que su amor por la verdad.
En su discurso, Tértulo acusó a Pablo de crímenes que, si hubiesen sido probados, habrían dado como resultado su condenación por alta traición al gobierno. “Porque hemos hallado que este hombre es pestilencial—declaró el orador,—y levantador de sediciones entre todos los Judíos por todo el mundo, y príncipe de la secta de los Nazarenos: el cual también tentó a violar el templo.” Tértulo declaró entonces que Lisias, el comandante de la guarnición de Jerusalén, había arrebatado
violentamente a Pablo de manos de los judíos cuando estaban por juzgarlo por su ley eclesiástica, y los había forzado así a traer el asunto delante de él. Estas declaraciones fueron hechas con el propósito de inducir al procurador a entregar a Pablo al tribunal judío. Todas las acusaciones fueron vehementemente sostenidas por los judíos presentes, los cuales no hicieron ningún esfuerzo por ocultar su odio al preso.
Félix era bastante perspicaz para discernir la disposición y el carácter de los acusadores de Pablo. Sabía con qué motivo le habían adulado, y notó también que no habían probado sus cargos contra Pablo. Así que volviéndose hacia el acusado le hizo señas de que se defendiese. Pablo no desperdició palabras en adulaciones, pero declaró sencillamente que podía defenderse gustosamente ante Félix, puesto que éste había sido durante tanto tiempo procurador que comprendía las leyes y costumbres de los judíos. Refiriéndose a las acusaciones que le hacían, mostró claramente que ninguna era verdadera. Declaró que no había provocado disturbio en parte alguna de Jerusalén, ni había profanado el templo. “Ni me hallaron en el templo disputando con ninguno, ni haciendo concurso de multitud, ni en sinagogas, ni en la ciudad; ni te pueden probar las cosas de que ahora me acusan.”
Si bien confesó que “conforme a aquel Camino que llaman herejía,” había adorado al Dios de sus padres, aseveró que había creído siempre en “todas las cosas que en la ley y en los profetas están escritas,” y que de acuerdo con las enseñanzas claras de las Escrituras, tenía fe en la resurrección de los muertos. Y declaró además que el propósito dominante de su vida era tener “siempre conciencia sin remordimiento acerca de Dios y acerca de los hombres.”
Con candidez y sinceridad declaró el objeto de su visita a Jerusalén, y las circunstancias de su arresto y juicio: “Mas pasados muchos años, vine a hacer limosnas a mi nación, y ofrendas, cuando me hallaron purificado en el templo (no con multitud ni con alboroto) unos Judíos de Asia; los cuales
debieron comparecer delante de ti, y acusarme, si contra mí tenían algo. O digan estos mismos si hallaron en mí alguna cosa mal hecha, cuando yo estuve en el concilio, si no sea que, estando entre ellos prorrumpí en alta voz: Acerca de la resurrección de los muertos soy hoy juzgado de vosotros.”
El apóstol habló con fervor y evidente sinceridad, y sus palabras eran convincentes. Claudio Lisias, en su carta a Félix, había dado testimonio similar en cuanto a la conducta de Pablo. Además, Félix conocía mejor la religión judía de lo que muchos suponían. La sencilla declaración de Pablo sobre los hechos del caso, capacitó a Félix para entender aun más claramente los móviles que regían a los judíos al acusar al apóstol de sedición y conducta traidora. El gobernador no iba a complacerlos condenando injustamente a un ciudadano romano, ni entregándolo para que lo mataran sin un juicio imparcial. Sin embargo, Félix no conocía ningún móvil más elevado que el interés propio, y estaba dominado por el amor a la alabanza y el deseo de ascender. El temor de ofender a los judíos le impidió hacer plena justicia al hombre que reconocía inocente. Y decidió, por lo tanto, suspender el juicio hasta que Lisias estuviera presente, diciendo: “Cuando descendiere el tribuno Lisias acabaré de conocer de vuestro negocio.”
El apóstol permaneció preso, pero Félix mandó al centurión que aliviara a Pablo de las prisiones, “y que no vedase a ninguno de sus familiares servirle, o venir a él.”
No mucho tiempo después, Félix y su esposa Drusila hicieron traer a Pablo, a fin de que en una entrevista privada pudiesen oír de él “la fe que es en Jesucristo.” Estaban deseosos y hasta ansiosos de oír esas nuevas verdades, verdades que posiblemente nunca volverían a oír, y que, si las rechazaban, darían sumario testimonio contra ellos en el día de Dios.
Pablo consideró que ésta era una oportunidad dada por Dios, y la aprovechó fielmente. Sabía que estaba en presencia de alguien que tenía facultad de quitarle la vida o de libertarlo; sin embargo, no se dirigió a Félix y Drusila con alabanza o
Los Hechos de los Apóstoles · Ellen G. White