Cristo La Iglesia
Plan Encuentro 2 Día 10
Este plan no está iniciado. Marca la lectura como leída para iniciarlo desde hoy.
Lectura del libro
Los Hechos de los Apóstoles, páginas 34-36
Con claridad y poder Pedro dió testimonio de la muerte y resurrección de Cristo: “Varones Israelitas, oíd estas palabras: Jesús Nazareno, varón aprobado de Dios entre vosotros en maravillas y prodigios y señales, que Dios hizo por él en medio de vosotros, como también vosotros sabéis; a éste ... prendisteis y matasteis por manos de los inicuos, crucificándole; al cual Dios levantó, sueltos los dolores de la muerte, por cuanto era imposible ser detenido por ella.”
Pedro no se refirió a las enseñanzas de Cristo para probar su aserto, porque sabía que el prejuicio de sus oyentes era tan grande que sus palabras a ese respecto no surtirían efecto. En lugar de ello, les habló de David, a quien consideraban los judíos como uno de los patriarcas de su nación. “David dice de él—declaró:—Veía al Señor siempre delante de mí: porque está a mi diestra, no seré conmovido. Por lo cual mi corazón se alegró, y gozóse mi lengua; y aun mi carne descansará en esperanza; que no dejarás mi alma en el infierno, ni darás a tu Santo que vea corrupción....
“Varones hermanos, se os puede libremente decir del patriarca David, que murió, y fué sepultado, y su sepulcro está con nosotros hasta el día de hoy.” “Habló de la resurrección de Cristo, que su alma no fué dejada en el infierno, ni su carne vió corrupción. A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos.”
La escena está llena de interés. El pueblo acude de todas direcciones para oír a los discípulos testificar de la verdad como es en Jesús. Se agolpa, llena el templo. Los sacerdotes y gobernantes están allí, con el obscuro ceño de la malignidad todavía en el rostro, con el corazón aún lleno de odio contra Cristo, con las manos manchadas por la sangre derramada cuando crucificaron al Redentor del mundo. Ellos habían pensado encontrar a los apóstoles acobardados de temor bajo la fuerte mano de la opresión y el asesinato, pero los hallaron por encima de todo temor, llenos del Espíritu, proclamando con poder la divinidad de Jesús de Nazaret. Los
oyeron declarar con intrepidez que Aquel que había sido recientemente humillado, escarnecido, herido por manos crueles, y crucificado, era el Príncipe de la vida, exaltado ahora a la diestra de Dios.
Algunos de los que escuchaban a los apóstoles habían tomado parte activa en la condenación y muerte de Cristo. Sus voces se habían mezclado con las del populacho en demanda de su crucifixión. Cuando Jesús y Barrabás fueron colocados delante de ellos en la sala del juicio, y Pilato preguntó: “¿Cuál queréis que os suelte?” ellos habían gritado: “No a éste, sino a Barrabás.” Mateo 27:17; Juan 18:40. Cuando Pilato les entregó a Cristo, diciendo: “Tomadle vosotros, y crucificadle; porque yo no hallo en él crimen;” “inocente soy de la sangre de este justo,” ellos habían gritado: “Su sangre sea sobre nosotros y sobre nuestros hijos.” Juan 19:6; Mateo 27:24, 25.
Ahora oían a los discípulos declarar que era el Hijo de Dios el que había sido crucificado. Los sacerdotes y gobernantes temblaban. La convicción y la angustia se apoderaron del pueblo. “Entonces oído esto, fueron compungidos de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos?” Entre los que escucharon a los discípulos, había judíos devotos, que eran sinceros en su creencia. El poder que acompañaba a las palabras del orador los convenció de que Jesús era en verdad el Mesías.
“Y Pedro les dice: Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare.”
Pedro insistió ante el convicto pueblo en el hecho de que habían rechazado a Cristo porque habían sido engañados por los sacerdotes y gobernantes; y en que si continuaban dependiendo del consejo de esos hombres y esperando que reconocieran a Cristo antes de reconocerlo ellos mismos, jamás le aceptarían. Esos hombres poderosos, aunque hacían profesión
de piedad, ambicionaban las glorias y riquezas terrenales. No estaban dispuestos a acudir a Cristo para recibir luz.
Bajo la influencia de esta iluminación celestial, las escrituras que Cristo había explicado a los discípulos resaltaron delante de ellos con el brillo de la verdad perfecta. El velo que les había impedido ver hasta el extremo de lo que había sido abolido, fué quitado ahora, y comprendieron con perfecta claridad el objeto de la misión de Cristo y la naturaleza de su reino. Podían hablar con poder del Salvador; y mientras exponían a sus oyentes el plan de la salvación, muchos quedaron convictos y convencidos. Las tradiciones y supersticiones inculcadas por los sacerdotes fueron barridas de sus mentes, y las enseñanzas del Salvador fueron aceptadas.
“Así que, los que recibieron su palabra, fueron bautizados; y fueron añadidas a ellos aquel día como tres mil personas.”
Los dirigentes judíos habían supuesto que la obra de Cristo terminaría con su muerte; pero en vez de eso fueron testigos de las maravillosas escenas del día de Pentecostés. Oyeron a los discípulos predicar a Cristo, dotados de un poder y energía hasta entonces desconocidos, y sus palabras confirmadas con señales y prodigios. En Jerusalén, la fortaleza del judaísmo, miles declararon abiertamente su fe en Jesús de Nazaret como el Mesías.
Los discípulos se asombraban y se regocijaban en gran manera por la amplitud de la cosecha de almas. No consideraban esta maravillosa mies como el resultado de sus propios esfuerzos; comprendían que estaban entrando en las labores de otros hombres. Desde la caída de Adán, Cristo había estado confiando a sus siervos escogidos la semilla de su palabra, para que fuese sembrada en los corazones humanos. Durante su vida en la tierra, había sembrado la semilla de la verdad, y la había regado con su sangre. Las conversiones que se produjeron en el día de Pentecostés fueron el resultado de esa siembra, la cosecha de la obra de Cristo, que revelaba el poder de su enseñanza.
Los Hechos de los Apóstoles · Ellen G. White