Cristo El Camino
Plan Encuentro 1 Día 86
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Lectura del libro
El Deseado de Todas las Gentes, páginas 208-210
país. Nadie podía negar ahora que poseía un poder más que humano. Los habitantes de Nazaret sabían que iba haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos del diablo. Alrededor de ellos había pueblos enteros donde no se oía un gemido de enfermedad en ninguna casa; porque él había pasado por allí, sanando a todos sus enfermos. La misericordia revelada en todo acto de su vida atestiguaba su ungimiento divino.
Otra vez, mientras escuchaban sus palabras, los nazarenos fueron movidos por el Espíritu divino. Pero tampoco entonces quisieron admitir que ese hombre, que se había criado entre ellos, era mayor que ellos o diferente. Todavía sentían el amargo recuerdo de que, mientras aseveraba ser el Prometido, les había negado un lugar con Israel; porque les había demostrado que eran menos dignos del favor de Dios que una mujer y un hombre paganos. Por ello, aunque se preguntaban: “¿De dónde tiene éste esta sabiduría, y estas maravillas?” no le quisieron recibir como el Cristo divino. Por causa de su incredulidad, el Salvador no pudo hacer muchos milagros entre ellos. Tan sólo algunos corazones fueron abiertos a su bendición, y con pesar se apartó, para no volver nunca.
La incredulidad, una vez albergada, continuó dominando a los hombres de Nazaret. Así dominó al Sanedrín y la nación. Para los sacerdotes y la gente, el primer rechazamiento de la demostración del Espíritu Santo fué el principio del fin. A fin de demostrar que su primera resistencia era correcta, continuaron desde entonces cavilando en las palabras de Cristo. Su rechazamiento del Espíritu culminó en la cruz del Calvario, en la destrucción de su ciudad, en la dispersión de la nación a los vientos del cielo.
¡Oh, cuánto anhelaba Cristo revelar a Israel los preciosos tesoros de la verdad! Pero tal era su ceguera espiritual que fué imposible revelarle las verdades relativas a su reino. Se aferraron a su credo y a sus ceremonias inútiles, cuando la verdad del cielo aguardaba su aceptación. Gastaban su dinero en tamo y hojarasca, cuando el pan de vida estaba a su alcance. ¿Por qué no fueron a la Palabra de Dios, para buscar diligentemente y ver si estaban en error? Las escrituras del Antiguo Testamento presentaban claramente todo detalle del ministerio de Cristo, y repetidas veces citaba él de los profetas y decía: “Hoy
se ha cumplido esta escritura en vuestros oídos.” Si ellos hubiesen escudriñado honradamente las Escrituras, sometiendo sus teorías a la prueba de la Palabra de Dios, Jesús no habría necesitado llorar por su impenitencia. No habría necesitado declarar: “He aquí vuestra casa os es dejada desierta.”Lucas 13:35 (VM). Podrían haber conocido las evidencias de su carácter de Mesías, y la calamidad que arruinó su orgullosa ciudad podría haber sido evitada. Pero las miras de los judíos se habían estrechado por su fanatismo irracional. Las lecciones de Cristo revelaban sus deficiencias de carácter y exigían arrepentimiento. Si ellos aceptaban estas enseñanzas, debían cambiar sus prácticas y abandonar las esperanzas que habían acariciado. A fin de ser honrados por el Cielo, debían sacrificar la honra de los hombres. Si obedecían a las palabras de este nuevo rabino, debían ir contra las opiniones de los grandes pensadores y maestros de aquel tiempo.
La verdad era impopular en el tiempo de Cristo. Es impopular en el nuestro. Lo fué desde que por primera vez Satanás la hizo desagradable al hombre, presentándole fábulas que conducen a la exaltación propia. ¿No encontramos hoy teorías y doctrinas que no tienen fundamento en la Palabra de Dios? Los hombres se aferran hoy tan tenazmente a ellas como los judíos a sus tradiciones.
Los dirigentes judíos estaban llenos de orgullo espiritual. Su deseo de glorificar al yo se manifestaba aun en el ritual del santuario. Amaban los lugares destacados en la sinagoga, y los saludos en las plazas; les halagaba el sonido de los títulos en labios de los hombres. A medida que la verdadera piedad declinaba entre ellos, se volvían más celosos de sus tradiciones y ceremonias.
Por cuanto el prejuicio egoísta había obscurecido su entendimiento, no podían armonizar el poder de las convincentes palabras de Cristo con la humildad de su vida. No apreciaban el hecho de que la verdadera grandeza no necesita ostentación externa. La pobreza de ese hombre parecía completamente opuesta a su aserto de ser el Mesías. Se preguntaban: Si es lo que dice ser, ¿por qué es tan modesto? Si prescindía de la fuerza de las armas, ¿qué llegaría a ser de su nación? ¿Cómo se lograría que el poder y la gloria tanto tiempo esperados
convirtiesen a las naciones en súbditas de la ciudad de los judíos? ¿No habían enseñado los sacerdotes que Israel debía gobernar sobre toda la tierra? ¿Era posible que los grandes maestros religiosos estuviesen en error?
Pero no fué simplemente la ausencia de gloria externa en la vida de Jesús lo que indujo a los judíos a rechazarle. Era él la personificación de la pureza, y ellos eran impuros. Moraba entre los hombres como ejemplo de integridad inmaculada. Su vida sin culpa hacía fulgurar la luz sobre sus corazones. Su sinceridad revelaba la falta de sinceridad de ellos. Ponía de manifiesto el carácter huero de su piedad presuntuosa, y les revelaba la iniquidad en toda su odiosidad. Esa luz no era bienvenida para ellos.
Si Cristo hubiese encauzado la atención general hacia los fariseos y ensalzado su saber y piedad, le habrían recibido con gozo. Pero cuando hablaba del reino de Dios como dispensación de misericordia para toda la humanidad, presentaba una fase de la religión que ellos no querían tolerar. Su propio ejemplo y enseñanza no habían tendido nunca a hacer deseable el servicio de Dios. Cuando veían a Jesús prestar atención a aquellos a quienes ellos odiaban y repelían, se excitaban las peores pasiones de sus orgullosos corazones. Con toda su jactancia de que bajo el “León de la tribu de Judá”Apocalipsis 5:5. Israel sería exaltado a la preeminencia sobre todas las naciones, podrían haber soportado la defraudación de sus ambiciosas esperanzas mejor que la reprensión de sus pecados de parte de Cristo y el oprobio que sentían en presencia de su pureza.
El Deseado de Todas las Gentes · Ellen G. White