Cristo El Camino
Plan Encuentro 1 Día 78
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Lectura del libro
El Deseado de Todas las Gentes, páginas 188-190
algunos abriéndose paso por su cuenta, otros llevados por sus amigos, se agolpaban ávidamente en la presencia de Jesús. La voz del poderoso Médico penetraba en los oídos de los sordos. Una palabra, un toque de su mano, abría los ojos ciegos para que contemplasen la luz del día, las escenas de la naturaleza, los rostros de sus amigos y la faz del Libertador. Jesús reprendía a la enfermedad y desterraba la fiebre. Su voz alcanzaba los oídos de los moribundos, quienes se levantaban llenos de salud y vigor. Los endemoniados paralíticos obedecían su palabra, su locura los abandonaba, y le adoraban. Mientras sanaba sus enfermedades, enseñaba a la gente. Los pobres campesinos y trabajadores, a quienes rehuían los rabinos como inmundos, se reunían cerca de él, y él les hablaba palabras de vida eterna.
Así iba transcurriendo el día, viéndolo y oyéndolo todo los discípulos de Juan. Por fin, Jesús los llamó a sí y los invitó a ir y contar a Juan lo que habían presenciado, añadiendo: “Bienaventurado es el que no fuere escandalizado en mí.” La evidencia de su divinidad se veía en su adaptación a las necesidades de la humanidad doliente. Su gloria se revelaba en su condescendencia con nuestro bajo estado.
Los discípulos llevaron el mensaje, y bastó. Juan recordó la profecía concerniente al Mesías: “Me ungió Jehová; hame enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos abertura de la cárcel; a promulgar año de la buena voluntad de Jehová.”Isaías 61:1, 2. Las palabras de Cristo no sólo le declaraban el Mesías, sino que demostraban de qué manera había de establecerse su reino. A Juan fué revelada la misma verdad que fuera presentada a Elías en el desierto, cuando sintió “un grande y poderoso viento que rompía los montes, y quebraba las peñas delante de Jehová: mas Jehová no estaba en el viento. Y tras el viento un terremoto: mas Jehová no estaba en el terremoto. Y tras el terremoto un fuego: mas Jehová no estaba en el fuego.”1 Reyes 19:11, 12. Y después del fuego, Dios habló al profeta mediante una queda vocecita. Así había de hacer Jesús su obra, no con el fragor de las armas y el derrocamiento de tronos y reinos, sino hablando a los corazones de los hombres por una vida de misericordia y sacrificio.
El principio que rigió la vida abnegada del Bautista era también el que regía el reino del Mesías. Juan sabía muy bien cuán ajeno era todo esto a los principios y esperanzas de los dirigentes de Israel. Lo que para él era evidencia convincente de la divinidad de Cristo, no sería evidencia para ellos, pues esperaban a un Mesías que no había sido prometido. Juan vió que la misión del Salvador no podía granjear de ellos sino odio y condenación. El, que era el precursor, estaba tan sólo bebiendo de la copa que Cristo mismo debía agotar hasta las heces.
Las palabras del Salvador: “Bienaventurado es el que no fuere escandalizado en mí,” eran una suave reprensión para Juan. Y no dejó de percibirla. Comprendiendo más claramente ahora la naturaleza de la misión de Cristo, se entregó a Dios para la vida o la muerte, según sirviese mejor a los intereses de la causa que amaba.
Después que los mensajeros se hubieron alejado, Jesús habló a la gente acerca de Juan. El corazón del Salvador sentía profunda simpatía por el testigo fiel ahora sepultado en la mazmorra de Herodes. No quería que la gente dedujese que Dios había abandonado a Juan, o que su fe había faltado en el día de la prueba. “¿Qué salisteis a ver al desierto?”—dijo.—“¿Una caña que es meneada del viento?”
Los altos juncos que crecían al lado del Jordán, inclinándose al empuje de la brisa, eran adecuados símbolos de los rabinos que se habían erigido en críticos y jueces de la misión del Bautista. Eran agitados a uno y otro lado por los vientos de la opinión popular. No querían humillarse para recibir el mensaje escrutador del Bautista, y sin embargo, por temor a la gente, no se atrevían a oponerse abiertamente a su obra. Pero el mensajero de Dios no tenía tal espíritu pusilánime. Las multitudes que se reunían alrededor de Cristo habían presenciado las obras de Juan. Le habían oído reprender intrépidamente el pecado. A los fariseos que se creían justos, a los sacerdotales saduceos, al rey Herodes y su corte, príncipes y soldados, publicanos y campesinos, Juan había hablado con igual llaneza. No era una caña temblorosa, agitada por los vientos de la alabanza o el prejuicio humanos. Era en la cárcel el mismo en su lealtad a Dios y celo por la justicia, que cuando
predicaba el mensaje de Dios en el desierto. Era tan firme como una roca en su fidelidad a los buenos principios.
Jesús continuó: “Mas ¿qué salisteis a ver? ¿un hombre cubierto de delicados vestidos? He aquí, los que traen vestidos delicados, en las casas de los reyes están.” Juan había sido llamado a reprender los pecados y excesos de su tiempo, y su sencilla vestimenta y vida abnegada estaban en armonía con el carácter de su misión. Los ricos atavíos y los lujos de esta vida no son la porción de los siervos de Dios, sino de aquellos que viven “en las casas de los reyes,” los gobernantes de este mundo, a quienes pertenecen su poder y sus riquezas. Jesús deseaba dirigir la atención al contraste que había entre la vestimenta de Juan y la que llevaban los sacerdotes y gobernantes. Estos se ataviaban con ricos mantos y costosos ornamentos. Amaban la ostentación y esperaban deslumbrar a la gente, para alcanzar mayor consideración. Ansiaban más granjearse la admiración de los hombres, que obtener la pureza del corazón que les ganaría la aprobación de Dios. Así revelaban que no reconocían a Dios, sino al reino de este mundo.
“Mas, ¿qué—dijo Jesús,—salisteis a ver? ¿un profeta? También os digo, y más que profeta. Porque éste es de quien está escrito: He aquí, yo envío mi mensajero delante de tu faz, que aparejará tu camino delante de ti.
“De cierto os digo, que no se levantó entre los que nacen de mujeres otro mayor que Juan el Bautista.” En el anunció hecho a Zacarías antes del nacimiento de Juan, el ángel había declarado: “Será grande delante de Dios.”Lucas 1:15. En la estima del cielo, ¿qué constituye la grandeza? No lo que el mundo tiene por tal; ni la riqueza, la jerarquía, el linaje noble, o las dotes intelectuales, consideradas en sí mismas. Si la grandeza intelectual, fuera de cualquier consideración superior, es digna de honor, entonces debemos rendir homenaje a Satanás, cuyo poder intelectual no ha sido nunca igualado por hombre alguno. Pero si el don está pervertido para servir al yo, cuanto mayor sea, mayor maldición resulta. Lo que Dios aprecia es el valor moral. El amor y la pureza son los atributos que más estima. Juan era grande a la vista del Señor cuando, delante de los mensajeros del Sanedrín, delante de la gente y de sus propios discípulos, no buscó honra para sí mismo sino que a todos
El Deseado de Todas las Gentes · Ellen G. White