Cristo El Camino
Plan Encuentro 1 Día 52
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Lectura bíblica
Juan 2:1-12
Juan 2:1-12
1 Al tercer día se celebró una boda en Caná de Galilea, y estaba allí la madre de Jesús. 2 Fue invitado también Jesús con sus discípulos a la boda. 3 Y como faltó el vino, la madre de Jesús le dijo: --No tienen vino. 4 Jesús le dijo: --¿Qué tiene que ver eso conmigo y contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora. 5 Su madre dijo a los que servían: --Haced todo lo que él os diga. 6 Había allí seis tinajas de piedra para agua, de acuerdo con los ritos de los judíos para la purificación. En cada una de ellas cabían dos o tres medidas. 7 Jesús les dijo: --Llenad de agua las tinajas. Y las llenaron hasta el borde. 8 Luego les dijo: --Sacad ahora y llevadlo al encargado del banquete. Se lo llevaron; 9 y cuando el encargado del banquete probó el agua ya hecha vino, y no sabía de dónde venía (aunque los sirvientes que habían sacado el agua sí lo sabían), llamó al novio 10 y le dijo: --Todo hombre sirve primero el buen vino; y cuando ya han tomado bastante, entonces saca el inferior. Pero tú has guardado el buen vino hasta ahora. 11 Este principio de señales hizo Jesús en Caná de Galilea, y manifestó su gloria; y sus discípulos creyeron en él. 12 Después de esto, él descendió a Capernaúm con su madre, sus hermanos y sus discípulos; y se quedaron allí no muchos días.
Versión Reina Valera Actualizada
Lectura del libro
El Deseado de Todas las Gentes, páginas 118-120
Capítulo 15—En las bodas de Caná
Este capítulo está basado en Juan 2:1-11.
Jesús no empezó su ministerio haciendo alguna gran obra delante del Sanedrín de Jerusalén. Su poder se manifestó en una reunión familiar, celebrada en una pequeña aldea de Galilea, para aumentar el placer de una fiesta de bodas. Así demostró su simpatía por los hombres y su deseo de contribuir a su felicidad. En el desierto de la tentación, él mismo había bebido la copa de la desgracia; y de allí salió para dar a los hombres la copa de la bendición, de su bendición que había de santificar las relaciones de la vida humana.
Desde el Jordán, Jesús había regresado a Galilea. Debía celebrarse un casamiento en Caná, pequeño pueblo no lejano de Nazaret; las partes contrayentes eran parientes de José y María, y Jesús, teniendo conocimiento de esa reunión familiar, fué a Caná, y con sus discípulos fué invitado a la fiesta.
Allí volvió a encontrarse con su madre, de la cual había estado separado desde hacía cierto tiempo. María había oído hablar de la manifestación hecha a orillas del Jordán, en ocasión de su bautismo. Las noticias habían sido llevadas a Nazaret, y le habían hecho recordar las escenas que durante tantos años había guardado en su corazón. En común con todo Israel, María quedó profundamente conmovida por la misión de Juan el Bautista. Bien recordaba ella la profecía hecha en ocasión de su nacimiento. Ahora la relación que había tenido con Jesús volvía a encender sus esperanzas. Pero también le habían llegado noticias de la partida misteriosa de Jesús al desierto, y le habían oprimido presentimientos angustiosos.
Desde el día en que oyera el anunció del ángel en su hogar de Nazaret, María había atesorado toda evidencia de que Jesús era el Mesías. Su vida de mansedumbre y abnegación le aseguraba que él no podía ser otro que el enviado de Dios. Sin embargo, también a ella la asaltaban dudas y desilusiones, y anhelaba el momento de la revelación de su gloria. La muerte
la había separado de José, quien había compartido con ella el conocimiento del misterio del nacimiento de Jesús. Ahora no había nadie a quien pudiese confiar sus esperanzas y temores. Los últimos dos meses habían sido de mucha tristeza. Ella había estado separada de Jesús, en cuya simpatía hallaba consuelo; reflexionaba en las palabras de Simeón: “Una espada traspasará tu alma;”Lucas 2:35. recordaba los tres días de agonía durante los cuales’ pensaba que había perdido para siempre a Jesús, y con ansioso corazón anhelaba su regreso.
En el festín de bodas le encontró; era el mismo hijo tierno y servicial. Sin embargo, no era el mismo. Su rostro había cambiado. Llevaba los rastros de su conflicto en el desierto, y una nueva expresión de dignidad y poder daba evidencia de su misión celestial. Le acompañaba un grupo de jóvenes, cuyos ojos le seguían con reverencia, y quienes le llamaban Maestro. Estos compañeros relataron a María lo que habían visto y oído en ocasión del bautismo y en otras partes, y concluyeron declarando: “Hemos hallado a Aquel de quien escribió Moisés en la ley, y los profetas.”Juan 1:45.
Al reunirse los convidados, muchos parecían preocupados por un asunto de interés absorbente. Una agitación reprimida parecía dominar a la compañía. Pequeños grupos conversaban en voz baja, pero con animación, y miradas de admiración se dirigían hacia el Hijo de María. Al oír María el testimonio de los discípulos acerca de Jesús, la alegró la seguridad de que las esperanzas que alimentara durante tanto tiempo no eran vanas. Sin embargo, ella habría sido más que humana si no se hubiese mezclado con su santo gozo un vestigio del orgullo natural de una madre amante. Al ver cómo las miradas se dirigían a Jesús, ella anheló verle probar a todos que era realmente el honrado de Dios. Esperaba que hubiese oportunidad de realizar un milagro delante de todos.
En aquellos tiempos, era costumbre que las festividades matrimoniales durasen varios días. En esta ocasión, antes que terminara la fiesta, se descubrió que se había agotado la provisión de vino. Este descubrimiento ocasionó mucha perplejidad y pesar. Era algo inusitado que faltase el vino en las fiestas, pues esta carencia se habría interpretado como falta de hospitalidad. Como pariente de las partes interesadas, María
había ayudado en los arreglos hechos para la fiesta, y ahora se dirigió a Jesús diciendo: “Vino no tienen.” Estas palabras eran una sugestión de que él podría suplir la necesidad. Pero Jesús contestó: “¿Qué tengo yo contigo, mujer? aun no ha venido mi hora.”
Esta respuesta, por brusca que nos parezca, no expresaba frialdad ni falta de cortesía. La forma en que se dirigió el Salvador a su madre estaba de acuerdo con la costumbre oriental. Se empleaba con las personas a quienes se deseaba demostrar respeto. Todo acto de la vida terrenal de Cristo estuvo en armonía con el precepto que él mismo había dado: “Honra a tu padre y a tu madre.”Éxodo 20:12. En la cruz, en su último acto de ternura hacia su madre, Jesús volvió a dirigirse a ella de la misma manera al confiarla al cuidado de su discípulo más amado. Tanto en la fiesta de bodas como sobre la cruz, el amor expresado en su tono, mirada y modales, interpretó sus palabras.
En ocasión de su visita al templo en su niñez, al revelársele el misterio de la obra que había de llenar su vida, Cristo había dicho a María: “¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me conviene estar?”Lucas 2:49. Estas palabras fueron la nota dominante de toda su vida y ministerio. Todo lo supeditaba a su trabajo: la gran obra de redención que había venido a realizar en el mundo. Ahora repitió la lección. Había peligro de que María considerase que su relación con Jesús le daba derechos especiales sobre él, y facultad para dirigirle hasta cierto punto en su misión. Durante treinta años, había sido para ella un hijo amante y obediente, y su amor no había cambiado; pero debía atender ahora la obra de su Padre. Como Hijo del Altísimo, y Salvador del mundo, ningún vínculo terrenal debía impedirle cumplir su misión, ni influir en su conducta. Debía estar libre para hacer la voluntad de Dios. Esta lección es también para nosotros. Los derechos de Dios superan aun al parentesco humano. Ninguna atracción terrenal debe apartar nuestros pies de la senda en que él nos ordena andar.
La única esperanza de redención para nuestra especie caída está en Cristo; María podía hallar salvación únicamente por medio del Cordero de Dios. En sí misma, no poseía méritos. Su relación con Jesús no la colocaba en una relación espiritual
El Deseado de Todas las Gentes · Ellen G. White