Cristo El Camino
Plan Encuentro 1 Día 43
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Lectura del libro
El Deseado de Todas las Gentes, páginas 94-96
consuelo? Le insinúa que Dios nunca quiso que su Hijo estuviese en tal estado. “Si eres el Hijo de Dios,” muéstrame tu poder aliviándote a ti mismo de esta hambre apremiante. Ordena que estas piedras sean transformadas en pan.
Las palabras del Cielo: “Este es mi Hijo amado, en el cual tengo contentamiento,”Mateo 3:17. resonaban todavía en los oídos de Satanás. Pero estaba resuelto a hacer dudar a Cristo de este testimonio. La palabra de Dios era para Cristo la garantía de su misión divina. El había venido para vivir como hombre entre los hombres, y esta palabra declaraba su relación con el cielo. Era el propósito de Satanás hacerle dudar de esa palabra. Si la confianza de Cristo en Dios podía ser quebrantada, Satanás sabía que obtendría la victoria en todo el conflicto. Vencería a Jesús. Esperaba que bajo el imperio de la desesperación y el hambre extrema, Cristo perdería la fe en su Padre, y obraría un milagro en su propio favor. Si lo hubiera hecho, habría malogrado el plan de salvación.
Cuando Satanás y el Hijo de Dios se encontraron por primera vez en conflicto, Cristo era el generalísimo de las huestes celestiales; y Satanás, el caudillo de la rebelión del cielo, fué echado fuera. Ahora su condición está aparentemente invertida, y Satanás se aprovecha de su supuesta ventaja. Uno de los ángeles más poderosos, dijo, ha sido desterrado del cielo. El aspecto de Jesús indica que él es aquel ángel caído, abandonado de Dios y de los hombres. Un ser divino podría sostener su pretensión realizando un milagro: “Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se hagan pan.” Un acto tal de poder creador, insistía el tentador, sería evidencia concluyente de su divinidad. Pondría término a la controversia.
No sin lucha pudo Jesús escuchar en silencio al supremo engañador. Pero el Hijo de Dios no había de probar su divinidad a Satanás, ni explicar la razón de su humillación. Accediendo a las exigencias del rebelde, no podía ganar nada para beneficio del hombre ni la gloria de Dios. Si Cristo hubiese obrado de acuerdo con la sugestión del enemigo, Satanás habría dicho aún: “Muéstrame una señal para que crea que eres el Hijo de Dios.” La evidencia habría sido inútil para quebrantar el poder de la rebelión en su corazón. Y Cristo no había de ejercer el poder divino para su propio beneficio. Había
venido para soportar la prueba como debemos soportarla nosotros, dejándonos un ejemplo de fe y sumisión. Ni en esta ocasión, ni en ninguna otra ulterior en su vida terrenal, realizó él un milagro en favor suyo. Sus obras admirables fueron todas hechas para beneficio de otros. Aunque Jesús reconoció a Satanás desde el principio, no se sintió provocado a entrar en controversia con él. Fortalecido por el recuerdo de la voz del cielo, se apoyó en el amor de su Padre. No quiso parlamentar con la tentación.
Jesús hizo frente a Satanás con las palabras de la Escritura. “Escrito está,” dijo. En toda tentación, el arma de su lucha era la Palabra de Dios. Satanás exigía de Cristo un milagro como señal de su divinidad. Pero aquello que es mayor que todos los milagros, una firme confianza en un “así dice Jehová,” era una señal que no podía ser controvertida. Mientras Cristo se mantuviese en esa posición, el tentador no podría obtener ventaja alguna.
Fué en el tiempo de la mayor debilidad cuando Cristo fué asaltado por las tentaciones más fieras. Así Satanás pensaba prevalecer. Por este método había obtenido la victoria sobre los hombres. Cuando faltaba la fuerza y la voluntad se debilitaba, y la fe dejaba de reposar en Dios, entonces los que habían luchado valientemente por lo recto durante mucho tiempo, eran vencidos. Moisés se hallaba cansado por los cuarenta años de peregrinaciones de Israel cuando su fe dejó de asirse momentáneamente del poder infinito. Fracasó en los mismos límites de la tierra prometida. Así también sucedió con Elías, que había permanecido indómito delante del rey Acab y había hecho frente a toda la nación de Israel, encabezada por los cuatrocientos cincuenta profetas de Baal. Después de aquel terrible día pasado sobre el Carmelo, cuando se había muerto a los falsos profetas y el pueblo había declarado su fidelidad a Dios, Elías huyó para salvar su vida, ante las amenazas de la idólatra Jezabel. Así se había aprovechado Satanás de la debilidad de la humanidad. Y aun hoy sigue obrando de la misma manera. Siempre que una persona esté rodeada de nubes, se halle perpleja por las circunstancias, o afligida por la pobreza y angustia, Satanás está listo para tentarla y molestarla. Ataca los puntos débiles de nuestro carácter. Trata de destruir nuestra
confianza en Dios porque él permite que exista tal estado de cosas. Nos vemos tentados a desconfiar de Dios y a poner en duda su amor. Muchas veces el tentador viene a nosotros como se presentó a Cristo, desplegando delante de nosotros nuestras debilidades y flaquezas. Espera desalentar el alma y quebrantar nuestra confianza en Dios. Entonces está seguro de su presa. Si nosotros le hiciéramos frente como lo hizo Jesús, evitaríamos muchas derrotas. Parlamentando con el enemigo, le damos ventajas.
Cuando Cristo dijo al tentador: “No con sólo el pan vivirá el hombre, mas con toda palabra que sale de la boca de Dios,” repitió las palabras que más de catorce siglos antes había dicho a Israel: “Acordarte has de todo el camino por donde te ha traído Jehová tu Dios estos cuarenta años en el desierto, ... y te afligió, e hízote tener hambre, y te sustentó con maná, comida que no conocías tú, ni tus padres la habían conocido; para hacerte saber que el hombre no vivirá de sólo pan, mas de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre.”Deuteronomio 8:2, 3. En el desierto, cuando todos los medios de sustento se habían agotado, Dios envió a su pueblo maná del cielo, y esto en una provisión suficiente y constante. Dicha provisión había de enseñarles que mientras confiasen en Dios y anduviesen en sus caminos, él no los abandonaría. El Salvador puso ahora en práctica la lección que había enseñado a Israel. La palabra de Dios había dado socorro a la hueste hebrea, y la misma palabra se lo daría también a Jesús. Esperó el tiempo en que Dios había de traerle alivio. Se hallaba en el desierto en obediencia a Dios, y no iba a obtener alimentos siguiendo las sugestiones de Satanás. En presencia del universo, atestiguó que es menor calamidad sufrir lo que venga, que apartarse en un ápice de la voluntad de Dios.
“No con sólo el pan vivirá el hombre, mas con toda palabra que sale de la boca de Dios.” Muchas veces el que sigue a Cristo se ve colocado en donde no puede servir a Dios y llevar adelante sus empresas mundanales. Tal vez le parezca que la obediencia a algún claro requerimiento de Dios le privará de sus medios de sostén. Satanás quisiera hacerle creer que debe sacrificar las convicciones de su conciencia. Pero lo único en que podemos confiar en este mundo es la Palabra de Dios.
El Deseado de Todas las Gentes · Ellen G. White