Cristo El Camino

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Lectura del libro

El Deseado de Todas las Gentes, páginas 727-729

prestamente como los podían llevar sus temblorosos miembros se encaminaron hacia la puerta del jardín. Tambaleándose como borrachos, se dirigieron apresuradamente a la ciudad contando las nuevas maravillosas a cuantos encontraban. Iban adonde estaba Pilato, pero su informe fué llevado a las autoridades judías, y los sumos sacerdotes y príncipes ordenaron que fuesen traídos primero a su presencia. Estos soldados ofrecían una extraña apariencia. Temblorosos de miedo, con los rostros pálidos, daban testimonio de la resurrección de Cristo. Contaron todo como lo habían visto; no habían tenido tiempo para pensar ni para decir otra cosa que la verdad, Con dolorosa entonación dijeron: Fué el Hijo de Dios quien fué crucificado; hemos oído a un ángel proclamarle Majestad del cielo, Rey de gloria.

Los rostros de los sacerdotes parecían como de muertos. Caifás procuró hablar. Sus labios se movieron, pero no expresaron sonido alguno. Los soldados estaban por abandonar la sala del concilio, cuando una voz los detuvo. Caifás había recobrado por fin el habla.—Esperad, esperad,—exclamó.—No digáis a nadie lo que habéis visto.

Un informe mentiroso fué puesto entonces en boca de los soldados. “Decid—ordenaron los sacerdotes:—Sus discípulos vinieron de noche, y le hurtaron, durmiendo nosotros.” En esto los sacerdotes se excedieron. ¿Cómo podían los soldados decir que mientras dormían los discípulos habían robado el cuerpo? Si estaban dormidos, ¿cómo podían saberlo? Y si los discípulos hubiesen sido culpables de haber robado el cuerpo de Cristo, ¿no habrían tratado primero los sacerdotes de condenarlos? O si los centinelas se hubiesen dormido al lado de la tumba, ¿no habrían sido los sacerdotes los primeros en acusarlos ante Pilato?

Los soldados se quedaron horrorizados al pensar en atraer sobre sí mismos la acusación de dormir en su puesto. Era un delito punible de muerte. ¿Debían dar falso testimonio, engañar al pueblo y hacer peligrar su propia vida? ¿Acaso no habían cumplido su penosa vela con alerta vigilancia? ¿Cómo podrían soportar el juicio, aun por el dinero, si se perjuraban?

A fin de acallar el testimonio que temían, los sacerdotes prometieron asegurar la vida de la guardia diciendo que Pilato

no deseaba más que ellos que circulase un informe tal. Los soldados romanos vendieron su integridad a los judíos por dinero. Comparecieron delante de los sacerdotes cargados con muy sorprendente mensaje de verdad; salieron con una carga de dinero, y en sus lenguas un informe mentiroso fraguado para ellos por los sacerdotes.

Mientras tanto la noticia de la resurrección de Cristo había sido llevada a Pilato. Aunque Pilato era responsable por haber entregado a Cristo a la muerte, se había quedado comparativamente despreocupado. Aunque había condenado de muy mala gana al Salvador y con un sentimiento de compasión, no había sentido hasta ahora ninguna verdadera contrición. Con terror se encerró entonces en su casa, resuelto a no ver a nadie. Pero los sacerdotes penetraron hasta su presencia, contaron la historia que habían inventado y le instaron a pasar por alto la negligencia que habían tenido los centinelas con su deber. Pero antes de consentir en esto, él interrogó en privado a los guardias. Estos, temiendo por su seguridad, no se atrevieron a ocultar nada, y Pilato obtuvo de ellos un relato de todo lo que había sucedido. No llevó el asunto más adelante, pero desde entonces no hubo más paz para él.

Cuando Jesús estuvo en el sepulcro, Satanás triunfó. Se atrevió a esperar que el Salvador no resucitase. Exigió el cuerpo del Señor, y puso su guardia en derredor de la tumba procurando retener a Cristo preso. Se airó acerbamente cuando sus ángeles huyeron al acercarse el mensajero celestial. Cuando vió a Cristo salir triunfante, supo que su reino acabaría y que él habría de morir finalmente.

Al dar muerte a Cristo, los sacerdotes se habían hecho instrumentos de Satanás. Ahora estaban enteramente en su poder. Estaban enredados en una trampa de la cual no veían otra salida que la continuación de su guerra contra Cristo. Cuando oyeron la nueva de su resurrección, temieron la ira del pueblo. Sintieron que su propia vida estaba en peligro. Su única esperanza consistía en probar que Cristo había sido un impostor y negar que hubiese resucitado. Sobornaron a los soldados y obtuvieron el silencio de Pilato. Difundieron sus informes mentirosos lejos y cerca. Pero había testigos a quienes no podían acallar. Muchos habían oído el testimonio de los

soldados en cuanto a la resurrección de Cristo. Y ciertos muertos que salieron con Cristo aparecieron a muchos y declararon que había resucitado. Fueron comunicados a los sacerdotes informes de personas que habían visto a esos resucitados y oído su testimonio. Los sacerdotes y príncipes estaban en continuo temor, no fuese que mientras andaban por las calles, o en la intimidad de sus hogares, se encontrasen frente a frente con Cristo. Sentían que no había seguridad para ellos. Los cerrojos y las trancas ofrecerían muy poca protección contra el Hijo de Dios. De día y de noche, esta terrible escena del tribunal en que habían clamado: “Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos,”Mateo 27:25. estaba delante de ellos. Nunca más se habría de desvanecer de su espíritu el recuerdo de esa escena. Nunca más volvería a sus almohadas el sueño apacible.

Cuando la voz del poderoso ángel fué oída junto a la tumba de Cristo, diciendo: “Tu Padre te llama,” el Salvador salió de la tumba por la vida que había en él. Quedó probada la verdad de sus palabras: “Yo pongo mi vida, para volverla a tomar.... Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar.” Entonces se cumplió la profecía que había hecho a los sacerdotes y príncipes: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.”Juan 10:17, 18; 2:19.

Sobre la tumba abierta de José, Cristo había proclamado triunfante: “Yo soy la resurrección y la vida.” Únicamente la Divinidad podía pronunciar estas palabras. Todos los seres creados viven por la voluntad y el poder de Dios. Son receptores dependientes de la vida de Dios. Desde el más sublime serafín hasta el ser animado más humilde, todos son renovados por la Fuente de la vida. Únicamente el que es uno con Dios podía decir: Tengo poder para poner mi vida, y tengo poder para tomarla de nuevo. En su divinidad, Cristo poseía el poder de quebrar las ligaduras de la muerte.

Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de aquellos que dormían. Estaba representado por la gavilla agitada, y su resurrección se realizó en el mismo día en que esa gavilla era presentada delante del Señor. Durante más de mil años, se había realizado esa ceremonia simbólica. Se juntaban las primeras espigas de grano maduro de los campos de la mies, y cuando la gente subía a Jerusalén para la Pascua, se agitaba la

El Deseado de Todas las Gentes · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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