Cristo El Camino

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Lectura del libro

El Deseado de Todas las Gentes, páginas 716-718

voz y acatado su orden. La enfermedad y la muerte habían reconocido su autoridad y le habían cedido su presa. El sol le había conocido, y a la vista de su angustia de moribundo había ocultado su rostro de luz. Las rocas le habían conocido y se habían desmenuzado en fragmentos a su clamor. La naturaleza inanimada había conocido a Cristo y había atestiguado su divinidad. Pero los sacerdotes y príncipes de Israel no conocieron al Hijo de Dios.

Sin embargo, no descansaban. Habían llevado a cabo su propósito de dar muerte a Cristo; pero no tenían el sentimiento de victoria que habían esperado. Aun en la hora de su triunfo aparente, estaban acosados por dudas en cuanto a lo que iba a suceder luego. Habían oído el clamor: “Consumado es.” “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.”Juan 19:30; Lucas 23:46. Habían visto partirse las rocas, habían sentido el poderoso terremoto, y estaban agitados e intranquilos.

Habían tenido celos de la influencia de Cristo sobre el pueblo cuando vivía; tenían celos de él aun en la muerte. Temían más, mucho más, al Cristo muerto de lo que habían temido jamás al Cristo vivo. Temían que la atención del pueblo fuese dirigida aun más a los acontecimientos que acompañaron su crucifixión. Temían los resultados de la obra de ese día. Por ningún pretexto querían que su cuerpo permaneciese en la cruz durante el sábado. El sábado se estaba acercando y su santidad quedaría violada si los cuerpos permanecían en la cruz. Así que, usando esto como pretexto, los dirigentes judíos pidieron a Pilato que hiciese apresurar la muerte de las víctimas y quitar sus cuerpos antes de la puesta del sol.

Pilato tenía tan poco deseo como ellos de que el cuerpo de Jesús permaneciese en la cruz. Habiendo obtenido su consentimiento, hicieron romper las piernas de los dos ladrones para apresurar su muerte; pero se descubrió que Jesús ya había muerto. Los rudos soldados habían sido enternecidos por lo que habían oído y visto de Cristo, y esto les impidió quebrarle los miembros. Así en la ofrenda del Cordero de Dios se cumplió la ley de la Pascua: “No dejarán de él para la mañana, ni quebrarán hueso en él: conforme a todos los ritos de la pascua la harán.”Números 9:12.

Los sacerdotes y príncipes se asombraron al hallar que

Cristo había muerto. La muerte de cruz era un proceso lento; era difícil determinar cuándo cesaba la vida. Era algo inaudito que un hombre muriese seis horas después de la crucifixión. Los sacerdotes querían estar seguros de la muerte de Jesús, y a sugestión suya un soldado dió un lanzazo al costado del Salvador. De la herida así hecha, fluyeron dos copiosos y distintos raudales: uno de sangre, el otro de agua. Esto fué notado por todos los espectadores, y Juan anota el suceso muy definidamente. Dice: “Uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y luego salió sangre y agua. Y el que lo vió, da testimonio, y su testimonio es verdadero: y él sabe que dice verdad, para que vosotros también creáis. Porque estas cosas fueron hechas para que se cumpliese la Escritura: Hueso no quebrantaréis de él. Y también otra Escritura dice: Mirarán al que traspasaron.”Juan 19:34-37.

Después de la resurrección, los sacerdotes y príncipes hicieron circular el rumor de que Cristo no murió en la cruz, que simplemente se había desmayado, y que más tarde revivió. Otro rumor afirmaba que no era un cuerpo real de carne y hueso, sino la semejanza de un cuerpo, lo que había sido puesto en la tumba. La acción de los soldados romanos desmiente estas falsedades. No le rompieron las piernas, porque ya estaba muerto. Para satisfacer a los sacerdotes, le atravesaron el costado. Si la vida no hubiese estado ya extinta, esta herida le habría causado una muerte instantánea.

Pero no fué el lanzazo, no fué el padecimiento de la cruz, lo que causó la muerte de Jesús. Ese clamor, pronunciado “con grande voz,”Mateo 27:50; Lucas 23:46. en el momento de la muerte, el raudal de sangre y agua que fluyó de su costado, declaran que murió por quebrantamiento del corazón. Su corazón fué quebrantado por la angustia mental. Fué muerto por el pecado del mundo.

Con la muerte de Cristo, perecieron las esperanzas de sus discípulos. Miraban sus párpados cerrados y su cabeza caída, su cabello apelmazado con sangre, sus manos y pies horadados, y su angustia era indescriptible. Hasta el final no habían creído que muriese; apenas si podían creer que estaba realmente muerto. Abrumados por el pesar, no recordaban sus palabras que habían predicho esa misma escena. Nada de lo que él había dicho los consolaba ahora. Veían solamente la cruz y su

víctima ensangrentada. El futuro parecía sombrío y desesperado. Su fe en Jesús se había desvanecido; pero nunca habían amado tanto a su Salvador como ahora. Nunca antes habían sentido tanto su valor y la necesidad de su presencia.

Aun en la muerte, el cuerpo de Cristo era precioso para sus discípulos. Anhelaban darle una sepultura honrosa, pero no sabían cómo lograrlo. La traición contra el gobierno romano era el crimen por el cual Jesús había sido condenado, y las personas ajusticiadas por esta ofensa eran remitidas a un lugar de sepultura especialmente provisto para tales criminales. El discípulo Juan y las mujeres de Galilea habían permanecido al pie de la cruz. No podían abandonar el cuerpo de su Señor en manos de los soldados insensibles para que lo sepultasen en una tumba deshonrosa. Sin embargo, eran impotentes para impedirlo. No podían obtener favores de las autoridades judías, y no tenían influencia ante Pilato.

En esta emergencia, José de Arimatea y Nicodemo vinieron en auxilio de los discípulos. Ambos hombres eran miembros del Sanedrín y conocían a Pilato. Ambos eran hombres de recursos e influencia. Estaban resueltos a que el cuerpo de Jesús recibiese sepultura honrosa.

José fué osadamente a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Por primera vez, supo Pilato que Jesús estaba realmente muerto. Informes contradictorios le habían llegado acerca de los acontecimientos que habían acompañado la crucifixión, pero el conocimiento de la muerte de Cristo le había sido ocultado a propósito. Pilato había sido advertido por los sacerdotes y príncipes contra el engaño de los discípulos de Cristo respecto de su cuerpo. Al oír la petición de José, mandó llamar al centurión que había estado encargado de la cruz, y supo con certeza la muerte de Jesús. También oyó de él un relato de las escenas del Calvario que confirmaba el testimonio de José.

Fué concedido a José lo que pedía. Mientras Juan se preocupaba por la sepultura de su Maestro, José volvió con la orden de Pilato de que le entregasen el cuerpo de Cristo; y Nicodemo vino trayendo una costosa mezcla de mirra y áloes, que pesaría alrededor de unos cuarenta kilos, para embalsamarle. Imposible habría sido tributar mayor respeto en la muerte a los hombres más honrados de toda Jerusalén. Los

El Deseado de Todas las Gentes · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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