Cristo El Camino

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Lectura del libro

El Deseado de Todas las Gentes, páginas 708-709

suelo. Tres veces fué arrancada de sus labios la oración por liberación. El Cielo no podía ya soportar la escena, y un mensajero de consuelo fué enviado al Hijo de Dios.

El Cielo contempló a la Víctima entregada en las manos de la turba homicida y llevada apresuradamente entre burlas y violencias de un tribunal a otro. Oyó los escarnios de sus perseguidores con referencia a su humilde nacimiento. Oyó a uno de sus más amados discípulos negarle con maldiciones y juramentos. Vió la obra frenética de Satanás y su poder sobre los corazones humanos. ¡Oh terrible escena! El Salvador apresado a medianoche en Getsemaní, arrastrado de aquí para allá desde el palacio al tribunal, emplazado dos veces delante de los sacerdotes, dos veces delante del Sanedrín, dos veces delante de Pilato y una vez delante de Herodes. Burlado, azotado, condenado y llevado a ser crucificado, cargado con la pesada cruz, entre el llanto de las hijas de Jerusalén y los escarnios del populacho.

El Cielo contempló con pesar y asombro a Cristo colgado de la cruz, mientras la sangre fluía de sus sienes heridas y el sudor teñido de sangre brotaba en su frente. De sus manos y sus pies caía la sangre, gota a gota, sobre la roca horadada para recibir el pie de la cruz. Las heridas hechas por los clavos se desgarraban bajo el peso de su cuerpo. Su jadeante aliento se fué haciendo más rápido y más profundo, mientras su alma agonizaba bajo la carga de los pecados del mundo. Todo el cielo se llenó de asombro cuando Cristo ofreció su oración en medio de sus terribles sufrimientos: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”Lucas 23:34. Sin embargo, allí estaban los hombres formados a la imagen de Dios uniéndose para destruir la vida de su Hijo unigénito. ¡Qué espectáculo para el universo celestial!

Los principados y las potestades de las tinieblas estaban congregados en derredor de la cruz, arrojando la sombra infernal de la incredulidad en los corazones humanos. Cuando el Señor creó estos seres para que estuviesen delante de su trono eran hermosos y gloriosos. Su belleza y santidad estaban de acuerdo con su exaltada posición. Estaban enriquecidos por la sabiduría de Dios y ceñidos por la panoplia del cielo. Eran ministros de Jehová. Pero, ¿quién podía reconocer en los

ángeles caídos a los gloriosos serafines que una vez ministraron en los atrios celestiales?

Los agentes satánicos se confederaron con los hombres impíos para inducir al pueblo a creer que Cristo era el príncipe de los pecadores, y para hacer de él un objeto de abominación. Los que se burlaron de Cristo mientras pendía de la cruz estaban dominados por el espíritu del primer gran rebelde. Llenó sus bocas de palabras viles y abominables. Inspiró sus burlas. Pero nada ganó con todo esto.

Si se hubiese podido encontrar un pecado en Cristo, si en un detalle hubiese cedido a Satanás para escapar a la terrible tortura, el enemigo de Dios y del hombre habría triunfado. Cristo inclinó la cabeza y murió, pero mantuvo firme su fe y su sumisión a Dios. “Y oí una grande voz en el cielo que decía: Ahora ha venido la salvación, y la virtud, y el reino de nuestro Dios, y el poder de su Cristo; porque el acusador de nuestros hermanos ha sido arrojado, el cual los acusaba delante de nuestro Dios día y noche.”Apocalipsis 12:10.

Satanás vió que su disfraz le había sido arrancado. Su administración quedaba desenmascarada delante de los ángeles que no habían caído y delante del universo celestial. Se había revelado como homicida. Al derramar la sangre del Hijo de Dios, había perdido la simpatía de los seres celestiales. Desde entonces su obra sería restringida. Cualquiera que fuese la actitud que asumiese, no podría ya acechar a los ángeles mientras salían de los atrios celestiales, ni acusar ante ellos a los hermanos de Cristo de estar revestidos de ropas de negrura y contaminación de pecado. Estaba roto el último vínculo de simpatía entre Satanás y el mundo celestial.

Sin embargo, Satanás no fué destruído entonces. Los ángeles no comprendieron ni aun entonces todo lo que entrañaba la gran controversia. Los principios que estaban en juego habían de ser revelados en mayor plenitud. Y por causa del hombre, la existencia de Satanás debía continuar. Tanto el hombre como los ángeles debían ver el contraste entre el Príncipe de la luz y el príncipe de las tinieblas. El hombre debía elegir a quién quería servir.

Al principio de la gran controversia, Satanás había declarado que la ley de Dios no podía ser obedecida, que la justicia

El Deseado de Todas las Gentes · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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