Cristo El Camino

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Lectura del libro

El Deseado de Todas las Gentes, páginas 690-692

Capítulo 78—El Calvario

Este capítulo está basado en Mateo 27:31-53; Marcos 15:20-38; Lucas 23:26-46; Juan 19:16-30.

“Y como vinieron al lugar que se llama de la Calavera, le crucificaron allí.”

“Para santificar al pueblo por su propia sangre,” Cristo “padeció fuera de la puerta.”Hebreos 13:12. Por la transgresión de la ley de Dios, Adán y Eva fueron desterrados del Edén. Cristo, nuestro substituto, iba a sufrir fuera de los límites de Jerusalén. Murió fuera de la puerta, donde eran ejecutados los criminales y homicidas. Rebosan de significado las palabras: “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición.”Gálatas 3:13.

Una vasta multitud siguió a Jesús desde el pretorio hasta el Calvario. Las nuevas de su condena se habían difundido por toda Jerusalén, y acudieron al lugar de su ejecución personas de todas clases y jerarquías. Los sacerdotes y príncipes se habían comprometido a no molestar a los seguidores de Cristo si él les era entregado, así que los discípulos y creyentes de la ciudad y región circundante pudieron unirse a la muchedumbre que seguía al Salvador.

Al cruzar Jesús la puerta del atrio del tribunal de Pilato, la cruz que había sido preparada para Barrabás fué puesta sobre sus hombros magullados y ensangrentados. Dos compañeros de Barrabás iban a sufrir la muerte al mismo tiempo que Jesús, y se pusieron también cruces sobre ellos. La carga del Salvador era demasiado pesada para él en su condición débil y doliente. Desde la cena de Pascua que tomara con sus discípulos, no había ingerido alimento ni bebida. En el huerto de Getsemaní había agonizado en conflicto con los agentes satánicos. Había soportado la angustia de la entrega, y había visto a sus discípulos abandonarle y huir. Había sido llevado a Annás, luego a Caifás y después a Pilato. De Pilato había sido enviado a Herodes, luego de nuevo a Pilato. Las injurias habían sucedido a las injurias, los escarnios a los escarnios; Jesús había sido

flagelado dos veces, y toda esa noche se había producido una escena tras otra de un carácter capaz de probar hasta lo sumo a un alma humana. Cristo no había desfallecido. No había pronunciado palabra que no tendiese a glorificar a Dios. Durante toda la deshonrosa farsa del proceso, se había portado con firmeza y dignidad. Pero cuando, después de la segunda flagelación, la cruz fué puesta sobre él, la naturaleza humana no pudo soportar más y Jesús cayó desmayado bajo la carga.

La muchedumbre que seguía al Salvador vió sus pasos débiles y tambaleantes, pero no manifestó compasión. Se burló de él y le vilipendió porque no podía llevar la pesada cruz. Volvieron a poner sobre él la carga, y otra vez cayó desfalleciente al suelo. Sus perseguidores vieron que le era imposible llevarla más lejos. No sabían dónde encontrar quien quisiese llevar la humillante carga. Los judíos mismos no podían hacerlo, porque la contaminación les habría impedido observar la Pascua. Entre la turba que le seguía no había una sola persona que quisiese rebajarse a llevar la cruz.

En ese momento, un forastero, Simón cireneo, que volvía del campo, se encontró con la muchedumbre. Oyó las burlas y palabras soeces de la turba; oyó las palabras repetidas con desprecio: Abrid paso para el Rey de los judíos. Se detuvo asombrado ante la escena; y como expresara su compasión, se apoderaron de él y colocaron la cruz sobre sus hombros.

Simón había oído hablar de Jesús. Sus hijos creían en el Salvador, pero él no era discípulo. Resultó una bendición para él llevar la cruz al Calvario y desde entonces estuvo siempre agradecido por esta providencia. Ella le indujo a tomar sobre sí la cruz de Cristo por su propia voluntad y a estar siempre alegremente bajo su carga.

Había no pocas mujeres entre la multitud que seguía al Inocente a su muerte cruel. Su atención estaba fija en Jesús. Algunas de ellas le habían visto antes. Algunas le habían llevado sus enfermos y dolientes. Otras habían sido sanadas. Al oír el relato de las escenas que acababan de acontecer, se asombraron por el odio de la muchedumbre hacia Aquel por quien su propio corazón se enternecía y estaba por quebrantarse. Y a pesar de la acción de la turba enfurecida y de las palabras airadas de sacerdotes y príncipes, esas mujeres expresaron su

simpatía. Al caer Jesús desfallecido bajo la cruz, prorrumpieron en llanto lastimero.

Esto fué lo único que atrajo la atención de Cristo. Aunque abrumado por el sufrimiento mientras llevaba los pecados del mundo, no era indiferente a la expresión de pesar. Miró a esas mujeres con tierna compasión. No eran creyentes en él; sabía que no le compadecían como enviado de Dios, sino que eran movidas por sentimientos de compasión humana. No despreció su simpatía, sino que ésta despertó en su corazón una simpatía más profunda por ellas. “Hijas de Jerusalem—dijo,—no me lloréis a mí, mas llorad por vosotras mismas, y por vuestros hijos.” De la escena que presenciaba, Cristo miró hacia adelante al tiempo de la destrucción de Jerusalén. En ese terrible acontecimiento, muchas de las que lloraban ahora por él iban a perecer con sus hijos.

De la caída de Jerusalén, los pensamientos de Jesús pasaron a un juicio más amplio. En la destrucción de la ciudad impenitente, vió un símbolo de la destrucción final que caerá sobre el mundo. Dijo: “Entonces comenzarán a decir a los montes: Caed sobre nosotros; y a los collados: Cubridnos. Porque si en el árbol verde hacen estas cosas, ¿en el seco, qué se hará?” Por el árbol verde, Jesús se representó a sí mismo, el Redentor inocente. Dios permitió que su ira contra la transgresión cayese sobre su Hijo amado. Jesús iba a ser crucificado por los pecados de los hombres. ¿Qué sufrimiento iba entonces a soportar el pecador que continuase en el pecado? Todos los impenitentes e incrédulos iban a conocer un pesar y una desgracia que el lenguaje no podría expresar.

Entre la multitud que siguió al Salvador hasta el Calvario, había muchos que le habían acompañado con gozosos hosannas y agitando palmas, mientras entraba triunfantemente en Jerusalén. Pero no pocos de aquelllos que habían gritado sus alabanzas porque era una acción popular, participaban en clamar: “Crucifícale, crucifícale.” Cuando Cristo entró en Jerusalén, las esperanzas de los discípulos habían llegado a su apogeo. Se habían agolpado en derredor de su Maestro, sintiendo que era un alto honor estar relacionados con él. Ahora, en su humillación, le seguían de lejos. Estaban llenos de pesar y agobiados por las esperanzas frustradas. Ahora se verificaban

El Deseado de Todas las Gentes · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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