Cristo El Camino

Plan Encuentro 1 Día 326

Día 326 ▾
Aa
Tamaño Letra Tema

Lectura del libro

El Deseado de Todas las Gentes, páginas 687-689

volvió a presentar a Jesús al pueblo diciendo: “He aquí vuestro Rey.” Volvió a oírse el furioso clamor: “Quita, quita, crucifícale.” Con voz que fué oída lejos y cerca, Pilato preguntó: “¿A vuestro Rey he de crucificar?” Pero labios profanos y blasfemos pronunciaron las palabras: “No tenemos rey sino a César.”

Al escoger así a un gobernante pagano, la nación judía se retiraba de la teocracia. Rechazaba a Dios como su Rey. De ahí en adelante no tendría libertador. No tendría otro rey sino a César. A esto habían conducido al pueblo los sacerdotes y maestros. Eran responsables de esto y de los temibles resultados que siguieron. El pecado de una nación y su ruina se debieron a sus dirigentes religiosos.

“Y viendo Pilato que nada adelantaba, antes se hacía más alboroto, tomando agua se lavó las manos delante del pueblo, diciendo: Inocente soy yo de la sangre de este justo: veréislo vosotros.” Con temor y condenándose a sí mismo, Pilato miró al Salvador. En el vasto mar de rostros vueltos hacia arriba, el suyo era el único apacible. En derredor de su cabeza parecía resplandecer una suave luz. Pilato dijo en su corazón: Es un Dios. Volviéndose a la multitud, declaró: Limpio estoy de su sangre, tomadle y crucificadle. Pero notad, sacerdotes y príncipes, que yo lo declaro justo. Y Aquel a quien él llama su Padre os juzgue a vosotros y no a mí por la obra de este día. Luego dijo a Jesús: Perdóname por este acto; no puedo salvarte. Y cuando le hubo hecho azotar otra vez, le entregó para ser crucificado.

Pilato anhelaba librar a Jesús. Pero vió que no podría hacerlo y conservar su puesto y sus honores. Antes que perder su poder mundanal, prefirió sacrificar una vida inocente. ¡Cuántos, para escapar a la pérdida o al sufrimiento, sacrifican igualmente los buenos principios! La conciencia y el deber señalan un camino, y el interés propio señala otro. La corriente arrastra fuertemente en la mala dirección, y el que transige con el mal es precipitado a las densas tinieblas de la culpabilidad.

Pilato cedió a las exigencias de la turba. Antes que arriesgarse a perder su puesto entregó a Jesús para que fuese crucificado, pero a pesar de sus precauciones aquello mismo que temía le aconteció después. Fué despojado de sus honores, fué derribado de su alto cargo y, atormentado por el

remordimiento y el orgullo herido, poco después de la crucifixión se quitó la vida. Asimismo, todos los que transigen con el pecado no tendrán sino pesar y ruina. “Hay camino que al hombre parece derecho; empero su fin son caminos de muerte.”Proverbios 14:12.

Cuando Pilato se declaró inocente de la sangre de Cristo, Caifás contestó desafiante: “Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos.” Estas terribles palabras fueron repetidas por los sacerdotes y gobernantes, y luego por la muchedumbre en un inhumano rugir de voces. Toda la multitud contestó y dijo: “Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos.”

El pueblo de Israel había hecho su elección. Señalando a Jesús, habían dicho: “Quita a éste, y suéltanos a Barrabás.” Barrabás, el ladrón y homicida, era representante de Satanás. Cristo era el representante de Dios. Cristo había sido rechazado; Barrabás había sido elegido. Iban a tener a Barrabás. Al hacer su elección, aceptaban al que desde el principio es mentiroso y homicida. Satanás era su dirigente. Como nación, iban a cumplir sus dictados. Iban a hacer sus obras. Tendrían que soportar su gobierno. El pueblo que eligió a Barrabás en lugar de Cristo iba a sentir la crueldad de Barrabás mientras durase el tiempo.

Mirando al herido Cordero de Dios, los judíos habían clamado: “Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos.” Este espantoso clamor ascendió al trono de Dios. Esa sentencia, que pronunciaron sobre sí mismos, fué escrita en el cielo. Esa oración fué oída. La sangre del Hijo de Dios fué como una maldición perpetua sobre sus hijos y los hijos de sus hijos.

Esto se cumplió en forma espantosa en la destrucción de Jerusalén y durante dieciocho siglos en la condición de la nación judía que fué como un sarmiento cortado de la vid, una rama muerta y estéril, destinada a ser juntada y quemada. ¡De país a país a través del mundo, de siglo a siglo, muertos, muertos en delitos y pecados!

Terriblemente se habrá de cumplir esta oración en el gran día del juicio. Cuando Cristo vuelva a la tierra, los hombres no le verán como preso rodeado por una turba. Le verán como Rey del cielo. Cristo volverá en su gloria, en la gloria de su Padre y en la gloria de los santos ángeles. Miríadas y miríadas,

y miles de miles de ángeles, hermosos y triunfantes hijos de Dios que poseen una belleza y gloria superiores a todo lo que conocemos, le escoltarán en su regreso. Entonces se sentará sobre el trono de su gloria y delante de él se congregarán todas las naciones. Entonces todo ojo le verá y también los que le traspasaron. En lugar de una corona de espinas, llevará una corona de gloria, una corona dentro de otra corona. En lugar de aquel viejo manto de grana, llevará un vestido del blanco más puro, “tanto que ningún lavador en la tierra los puede hacer tan blancos.”Marcos 9:3. Y en su vestidura y en su muslo estará escrito un nombre: “Rey de reyes y Señor de señores.”Apocalipsis 19:16. Los que le escarnecieron e hirieron estarán allí. Los sacerdotes y príncipes contemplarán de nuevo la escena del pretorio. Cada circunstancia se les presentará como escrita en letras de fuego. Entonces los que pidieron: “Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos,” recibirán la respuesta a su oración. Entonces el mundo entero conocerá y entenderá. Los pobres, débiles y finitos seres humanos comprenderán contra quién y contra qué estuvieron guerreando. Con terrible agonía y horror, clamarán a las montañas y a las rocas: “Caed sobre nosotros, y escondednos de la cara de Aquel que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero: porque el gran día de su ira es venido; ¿y quién podrá estar firme?”Apocalipsis 6:16, 17.

El Deseado de Todas las Gentes · Ellen G. White

Pasaje bíblico

Abrir en su propia página