Cristo El Camino
Plan Encuentro 1 Día 315
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Lectura del libro
El Deseado de Todas las Gentes, páginas 668-670
Judas razonó que si Jesús había de ser crucificado, el hecho acontecería de todos modos. Su propio acto de entregar al Salvador no cambiaría el resultado. Si Jesús no debía morir, lo único que haría sería obligarle a librarse. En todo caso, Judas ganaría algo por su traición. Calculaba que había hecho un buen negocio traicionando a su Señor.
Sin embargo, Judas no creía que Cristo se dejaría arrestar. Al entregarle, era su propósito enseñarle una lección. Se proponía desempeñar un papel que indujera al Salvador a tener desde entonces cuidado de tratarle con el debido respeto. Pero Judas no sabía que estaba entregando a Cristo a la muerte. ¡Cuántas veces, mientras el Salvador enseñaba en parábolas, los escribas y fariseos habían sido arrebatados por sus ilustraciones sorprendentes! ¡Cuántas veces habían pronunciado juicio contra sí mismos! Con frecuencia, cuando la verdad penetraba en su corazón, se habían llenado de ira, y habían alzado piedras para arrojárselas; pero vez tras vez había escapado. Puesto que había escapado de tantas trampas, pensaba Judas, no se dejaría ciertamente prender esta vez tampoco.
Judas decidió probar el asunto. Si Jesús era realmente el Mesías, el pueblo, por el cual había hecho tanto, se reuniría en derredor suyo, y le proclamaría rey. Esto haría decidirse para siempre a muchos espíritus que estaban ahora en la incertidumbre. Judas tendría en su favor el haber puesto al rey en el trono de David. Y este acto le aseguraría el primer puesto, el siguiente a Cristo en el nuevo reino.
El falso discípulo desempeñó su parte en la entrega de Jesús. En el huerto, cuando dijo a los caudillos de la turba: “Al que yo besare, aquél es: prendedle,”Mateo 26:48. creía plenamente que Cristo escaparía de sus manos. Entonces, si le inculpaban, diría: ¿No os había dicho que lo prendieseis?
Judas contempló a los apresadores de Cristo mientras, actuando según sus palabras, le ataban firmemente. Con asombro vió que el Salvador se dejaba llevar. Ansiosamente le siguió desde el huerto hasta el proceso delante de los gobernantes judíos. A cada movimiento, esperaba que Cristo sorprendiese a sus enemigos presentándose delante de ellos como Hijo de Dios y anulando todas sus maquinaciones y poder. Pero mientras hora tras hora transcurría, y Jesús se sometía a todos los
abusos acumulados sobre él, se apoderó del traidor un terrible temor de haber entregado a su Maestro a la muerte.
Cuando el juicio se acercaba al final, Judas no pudo ya soportar la tortura de su conciencia culpable. De repente, una voz ronca cruzó la sala, haciendo estremecer de terror todos los corazones: ¡Es inocente; perdónale, oh, Caifás!
Se vió entonces a Judas, hombre de alta estatura, abrirse paso a través de la muchedumbre asombrada. Su rostro estaba pálido y desencajado, y había en su frente gruesas gotas de sudor. Corriendo hacia el sitial del juez, arrojó delante del sumo sacerdote las piezas de plata que habían sido el precio de la entrega de su Señor. Asiéndose vivamente del manto de Caifás, le imploró que soltase a Jesús y declaró que no había hecho nada digno de muerte. Caifás se desprendió airadamente de él, pero quedó confuso y sin saber qué decir. La perfidia de los sacerdotes quedaba revelada. Era evidente que habían comprado al discípulo para que traicionase a su Maestro.
“Yo he pecado—gritó otra vez Judas—entregando la sangre inocente.” Pero el sumo sacerdote, recobrando el dominio propio, contestó con desprecio: “¿Qué se nos da a nosotros? Viéraslo tú.”Mateo 27:4. Los sacerdotes habían estado dispuestos a hacer de Judas su instrumento; pero despreciaban su bajeza. Cuando les hizo su confesión, lo rechazaron desdeñosamente.
Judas se echó entonces a los pies de Jesús, reconociéndole como Hijo de Dios, y suplicándole que se librase. El Salvador no reprochó a su traidor. Sabía que Judas no se arrepentía; su confesión fué arrancada a su alma culpable por un terrible sentimiento de condenación en espera del juicio, pero no sentía un profundo y desgarrador pesar por haber entregado al inmaculado Hijo de Dios y negado al Santo de Israel. Sin embargo, Jesús no pronunció una sola palabra de condenación. Miró compasivamente a Judas y dijo: “Para esta hora he venido al mundo.”
Un murmullo de sorpresa corrió por toda la asamblea. Con asombro, presenciaron todos la longanimidad de Cristo hacia su traidor. Otra vez sintieron la convicción de que ese hombre era más que mortal. Pero si era el Hijo de Dios, se preguntaban, ¿por qué no se libraba de sus ataduras y triunfaba sobre sus acusadores?
Judas vió que sus súplicas eran vanas, y salió corriendo de la sala exclamando: ¡Demasiado tarde! ¡Demasiado tarde! Sintió que no podía vivir para ver a Cristo crucificado y, desesperado, salió y se ahorcó.
Más tarde ese mismo día, en el trayecto del tribunal de Pilato al Calvario, se produjo una interrupción en los gritos y burlas de la perversa muchedumbre que conducía a Jesús al lugar de la crucifixión. Mientras pasaban por un lugar retirado, vieron al pie de un árbol seco, el cuerpo de Judas. Era un espectáculo repugnante. Su peso había roto la soga con la cual se había colgado del árbol. Al caer, su cuerpo había quedado horriblemente mutilado, y los perros lo estaban devorando. Sus restos fueron inmediatamente enterrados; pero hubo menos burlas entre la muchedumbre, y más de uno revelaba en su rostro pálido sus pensamientos íntimos. La retribución parecía estar cayendo ya sobre aquellos que eran culpables de la sangre de Jesús.
El Deseado de Todas las Gentes · Ellen G. White