Cristo El Camino

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Lectura del libro

El Deseado de Todas las Gentes, páginas 651-653

Pero ante todo, había que hallar una acusación. Hasta aquí, nada habían ganado. Annás ordenó que Jesús fuese llevado a Caifás. Este pertenecía a los saduceos, algunos de los cuales eran ahora los más encarnizados enemigos de Jesús. El mismo, aunque carecía de fuerza de carácter, era tan severo, despiadado e inescrupuloso como Annás. No dejaría sin probar medio alguno de destruir a Jesús. Era ahora de madrugada y muy obscuro; así que a la luz de antorchas y linternas, el grupo armado se dirigió con su preso al palacio del sumo sacerdote. Allí, mientras los miembros del Sanedrín se reunían, Annás y Caifás volvieron a interrogar a Jesús, pero sin éxito.

Cuando el concilio se hubo congregado en la sala del tribunal, Caifás tomó asiento como presidente. A cada lado estaban los jueces y los que estaban especialmente interesados en el juicio. Los soldados romanos se hallaban en la plataforma situada más abajo que el solio a cuyo pie estaba Jesús. En él se fijaban las miradas de toda la multitud. La excitación era intensa. En toda la muchedumbre, él era el único que sentía calma y serenidad. La misma atmósfera que le rodeaba parecía impregnada de influencia santa.

Caifás había considerado a Jesús como su rival. La avidez con que el pueblo oía al Salvador y la aparente disposición de muchos a aceptar sus enseñanzas, habían despertado los acerbos celos del sumo sacerdote. Pero al mirar Caifás al preso, le embargó la admiración por su porte noble y digno. Sintió la convicción de que este hombre era de filiación divina. Al instante siguiente desterró despectivamente este pensamiento. Inmediatamente dejó oír su voz en tonos burlones y altaneros, exigiendo que Jesús realizase uno de sus grandes milagros delante de ellos. Pero sus palabras cayeron en los oídos del Salvador como si no las hubiese percibido. La gente comparaba el comportamiento excitado y maligno de Annás y Caifás con el porte sereno y majestuoso de Jesús. Aun en la mente de aquella multitud endurecida, se levantó la pregunta: ¿Será condenado como criminal este hombre de presencia y aspecto divinos?

Al percibir Caifás la influencia que reinaba, apresuró el examen. Los enemigos de Jesús se hallaban muy perplejos. Estaban resueltos a obtener su condenación, pero no sabían

cómo lograrla. Los miembros del concilio estaban divididos entre fariseos y saduceos. Había acerba animosidad y controversia entre ellos; y no se atrevían a tratar ciertos puntos en disputa por temor a una rencilla. Con unas pocas palabras, Jesús podría haber excitado sus prejuicios unos contra otros, y así habría apartado de sí la ira de ellos. Caifás lo sabía, y deseaba evitar que se levantase una contienda. Había bastantes testigos para probar que Cristo había denunciado a los sacerdotes y escribas, que los había llamado hipócritas y homicidas; pero este testimonio no convenía. Los saduceos habían empleado un lenguaje similar en sus agudas disputas con los fariseos. Y un testimonio tal no habría tenido peso para los romanos, a quienes disgustaban las pretensiones de los fariseos. Había abundantes pruebas de que Jesús había despreciado las tradiciones de los judíos y había hablado con irreverencia de muchos de sus ritos; pero acerca de la tradición, los fariseos y los saduceos estaban en conflicto; y estas pruebas no habrían tenido tampoco peso para los romanos. Los enemigos de Cristo no se atrevían a acusarle de violar el sábado, no fuese que un examen revelase el carácter de su obra. Si se sacaban a relucir sus milagros de curación, se frustraría el objeto mismo que tenían en vista los sacerdotes.

Habían sido sobornados falsos testigos para que acusasen a Jesús de incitar a la rebelión y de procurar establecer un gobierno separado. Pero su testimonio resultaba vago y contradictorio. Bajo el examen, desmentían sus propias declaraciones.

En los comienzos de su ministerio, Cristo había dicho: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.” En el lenguaje figurado de la profecía, había predicho así su propia muerte y resurrección. “Mas él hablaba del templo de su cuerpo.”Juan 2:19, 21. Los judíos habían comprendido estas palabras en un sentido literal, como si se refiriesen al templo de Jerusalén. A excepción de esto, en todo lo que Jesús había dicho, nada podían hallar los sacerdotes que fuese posible emplear contra él. Repitiendo estas palabras, pero falseándolas, esperaban obtener una ventaja. Los romanos se habían dedicado a reconstruir y embellecer el templo, y se enorgullecían mucho de ello; cualquier desprecio manifestado hacia él habría de excitar

seguramente su indignación. En este terreno, podían concordar los romanos y los judíos, los fariseos y los saduceos; porque todos tenían gran veneración por el templo. Acerca de este punto, se encontraron dos testigos cuyo testimonio no era tan contradictorio como el de los demás. Uno de ellos, que había sido comprado para acusar a Jesús, declaró: “Este dijo: Puedo derribar el templo de Dios, y en tres días reedificarlo.” Así fueron torcidas las palabras de Cristo. Si hubiesen sido repetidas exactamente como él las dijo, no habrían servido para obtener su condena ni siquiera de parte del Sanedrín. Si Jesús hubiese sido un hombre como los demás, según aseveraban los judíos, su declaración habría indicado tan sólo un espíritu irracional y jactancioso, pero no podría haberse declarado blasfemia. Aun en la forma en que las repetían los falsos testigos, nada contenían sus palabras que los romanos pudiesen considerar como crimen digno de muerte.

Pacientemente Jesús escuchaba los testimonios contradictorios. Ni una sola palabra pronunció en su defensa. Al fin, sus acusadores quedaron enredados, confundidos y enfurecidos. El proceso no adelantaba; parecía que las maquinaciones iban a fracasar. Caifás se desesperaba. Quedaba un último recurso; había que obligar a Cristo a condenarse a sí mismo. El sumo sacerdote se levantó del sitial del juez, con el rostro descompuesto por la pasión, e indicando claramente por su voz y su porte que, si estuviese en su poder, heriría al preso que estaba delante de él. “¿No respondes nada?—exclamó,—¿qué testifican éstos contra ti?”

Jesús guardó silencio. “Angustiado él, y afligido, no abrió su boca: como cordero fué llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca.”Isaías 53:7.

Por fin, Caifás, alzando la diestra hacia el cielo, se dirigió a Jesús con un juramento solemne: “Te conjuro por el Dios viviente, que nos digas si eres tú el Cristo, Hijo de Dios.”

Cristo no podía callar ante esta demanda. Había tiempo en que debía callar, y tiempo en que debía hablar. No habló hasta que se le interrogó directamente. Sabía que el contestar ahora aseguraría su muerte. Pero la demanda provenía de la más alta autoridad reconocida en la nación, y en el nombre del Altísimo. Cristo no podía menos que demostrar el debido

El Deseado de Todas las Gentes · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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