Cristo El Camino

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Lectura del libro

El Deseado de Todas las Gentes, páginas 66-68

de separación, como si fuera demasiado sagrado para la vida diaria, y derribó esos muros de separación. En su trato con los hombres, no preguntaba: ¿Cuál es vuestro credo? ¿A qué iglesia pertenecéis? Ejercía su facultad de ayudar en favor de todos los que necesitaban ayuda. En vez de aislarse en una celda de ermitaño a fin de mostrar su carácter celestial, trabajaba fervientemente por la humanidad. Inculcaba el principio de que la religión de la Biblia no consiste en la mortificación del cuerpo. Enseñaba que la religión pura y sin mácula no está destinada solamente a horas fijas y ocasiones especiales. En todo momento y lugar, manifestaba amante interés por los hombres, y difundía en derredor suyo la luz de una piedad alegre. Todo esto reprendía a los fariseos. Demostraba que la religión no consiste en egoísmo, y que su mórbida devoción al interés personal distaba mucho de ser verdadera piedad. Esto había despertado su enemistad contra Jesús, de manera que procuraban obtener por la fuerza su conformidad a los reglamentos de ellos.

Jesús obraba para aliviar todo caso de sufrimiento que viese. Tenía poco dinero que dar, pero con frecuencia se privaba de alimento a fin de aliviar a aquellos que parecían más necesitados que él. Sus hermanos sentían que la influencia de él contrarrestaba fuertemente la suya. Poseía un tacto que ninguno de ellos tenía ni deseaba tener. Cuando ellos hablaban duramente a los pobres seres degradados, Jesús buscaba a estas mismas personas y les dirigía palabras de aliento. Daba un vaso de agua fría a los menesterosos y ponía quedamente su propia comida en sus manos. Y mientras aliviaba sus sufrimientos, asociaba con sus actos de misericordia las verdades que enseñaba, y así quedaban grabadas en la memoria.

Todo esto desagradaba a sus hermanos. Siendo mayores que Jesús, les parecía que él debía estar sometido a sus dictados. Le acusaban de creerse superior a ellos, y le reprendían por situarse más arriba que los maestros, sacerdotes y gobernantes del pueblo. Con frecuencia le amenazaban y trataban de intimidarle; pero él seguía adelante, haciendo de las Escrituras su guía.

Jesús amaba a sus hermanos y los trataba con bondad inagotable; pero ellos sentían celos de él y manifestaban la

incredulidad y el desprecio más decididos. No podían comprender su conducta. Se les presentaban grandes contradicciones en Jesús. Era el divino Hijo de Dios, y sin embargo, un niño impotente. Siendo el Creador de los mundos, la tierra era su posesión; y, sin embargo, la pobreza le acompañaba a cada paso en esta vida. Poseía una dignidad e individualidad completamente distintas del orgullo y arrogancia terrenales; no contendía por la grandeza mundanal; y estaba contento aun en la posición más humilde. Esto airaba a sus hermanos. No podían explicar su constante serenidad bajo las pruebas y las privaciones. No sabían que por nuestra causa se había hecho pobre, a fin de que “con su pobreza” fuésemos “enriquecidos.”2 Corintios 8:9. No podían comprender el misterio de su misión mejor de lo que los amigos de Job podían comprender su humillación y sufrimiento.

Jesús no era comprendido por sus hermanos, porque no era como ellos. Sus normas no eran las de ellos. Al mirar a los hombres, se habían apartado de Dios, y no tenían su poder en su vida. Las formas religiosas que ellos observaban, no podían transformar el carácter. Pagaban el diezmo de “la menta y el eneldo y el comino,” pero omitían “lo más grave de la ley, es a saber, el juicio y la misericordia y la fe.”Mateo 23:23. El ejemplo de Jesús era para ellos una continua irritación. El no odiaba sino una cosa en el mundo, a saber, el pecado. No podía presenciar un acto malo sin sentir un dolor que le era imposible ocultar. Entre los formalistas, cuya apariencia santurrona ocultaba el amor al pecado, y un carácter en el cual el celo por la gloria de Dios ejercía la supremacía, el contraste era inequívoco. Por cuanto la vida de Jesús condenaba lo malo, encontraba oposición tanto en su casa como fuera de ella. Su abnegación e integridad eran comentadas con escarnio. Su tolerancia y bondad eran llamadas cobardía.

Entre las amarguras que caen en suerte a la humanidad, no hubo ninguna que no le tocó a Cristo. Había quienes trataban de vilipendiarle a causa de su nacimiento, y aun en su niñez tuvo que hacer frente a sus miradas escarnecedoras e impías murmuraciones. Si hubiese respondido con una palabra o mirada impaciente, si hubiese complacido a sus hermanos con un solo acto malo, no habría sido un ejemplo perfecto. Así

habría dejado de llevar a cabo el plan de nuestra redención. Si hubiese admitido siquiera que podía haber una excusa para el pecado, Satanás habría triunfado, y el mundo se habría perdido. Esta es la razón por la cual el tentador obró para hacer su vida tan penosa como fuera posible, a fin de inducirle a pecar.

Pero para cada tentación tenía una respuesta: “Escrito está.” Rara vez reprendía algún mal proceder de sus hermanos, pero tenía alguna palabra de Dios que dirigirles. Con frecuencia le acusaban de cobardía por negarse a participar con ellos en algún acto prohibido; pero su respuesta era: Escrito está: “El temor del Señor es la sabiduría, y el apartarse del mal la inteligencia.”Job 28:28.

Había algunos que buscaban su sociedad, sintiéndose en paz en su presencia; pero muchos le evitaban, porque su vida inmaculada los reprendía. Sus jóvenes compañeros le instaban a hacer como ellos. Era de carácter alegre; les gustaba su presencia, y daban la bienvenida a sus prontas sugestiones; pero sus escrúpulos los impacientaban, y le declaraban estrecho de miras. Jesús contestaba: Escrito está: “¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra.” “En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti.”Salmos 119:9, 11, 1-3, 14-16.

Con frecuencia se le preguntaba: ¿Por qué insistes en ser tan singular, tan diferente de nosotros todos? Escrito está, decía: “Bienaventurados los perfectos de camino; los que andan en la ley de Jehová. Bienaventurados los que guardan sus testimonios, y con todo el corazón le buscan: pues no hacen iniquidad los que andan en sus caminos.”Salmos 119:9, 11, 1-3, 14-16.

Cuando le preguntaban por qué no participaba en las diversiones de la juventud de Nazaret, decía: Escrito está: “Heme gozado en el camino de tus testimonios, como sobre toda riqueza. En tus mandamientos meditaré, consideraré tus caminos. Recrearéme en tus estatutos: no me olvidaré de tus palabras.”Salmos 119:9, 11, 1-3, 14-16.

Jesús no contendía por sus derechos. Con frecuencia su trabajo resultaba innecesariamente penoso porque era voluntario y no se quejaba. Sin embargo, no desmayaba ni se desanimaba. Vivía por encima de estas dificultades, como en la luz del rostro de Dios. No ejercía represalias cuando le

El Deseado de Todas las Gentes · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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