Cristo El Camino
Plan Encuentro 1 Día 292
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Lectura del libro
El Deseado de Todas las Gentes, páginas 617-619
Capítulo 73—“No se turbe vuestro corazón”
Este capítulo está basado en Juan 13:31-38; 14-17.
Mirando a sus discípulos con amor divino y con la más tierna simpatía, Cristo dijo: “Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él.” Judas había abandonado el aposento alto, y Cristo estaba solo con los once. Estaba por hablar de su inminente separación de ellos; pero antes de hacerlo señaló el gran objeto de su misión, que recordaba siempre. Se gozaba en que toda su humillación y sufrimiento iban a glorificar el nombre del Padre. A esto dirigió primero los pensamientos de sus discípulos.
Luego dirigiéndose a ellos con el término cariñoso de “hijitos,” dijo: “Aun un poco estoy con vosotros. Me buscaréis; mas, como dije a los Judíos: Donde yo voy, vosotros no podéis venir; así digo a vosotros ahora.”
Los discípulos no podían regocijarse cuando oyeron esto. El temor se apoderó de ellos. Se acercaron aun más al Salvador. Su Maestro y Señor, su amado Instructor y Amigo, les era más caro que la vida. A él pedían ayuda en todas sus dificultades, consuelo en sus tristezas y desencantos. Ahora estaba por abandonarlos, a ellos que formaban un grupo solitario y dependiente. Obscuros eran los presentimientos que les llenaban el corazón.
Pero las palabras que les dirigía el Salvador estaban llenas de esperanza. El sabía que iban a ser asaltados por el enemigo, y que la astucia de Satanás tiene más éxito contra los que están deprimidos por las dificultades. Por lo tanto, quiso desviar su atención de “las cosas que se ven” a “las que no se ven.”2 Corintios 4:18. Apartó sus pensamientos del destierro terrenal al hogar celestial.
“No se turbe vuestro corazón—dijo:—creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay: de otra manera os lo hubiera dicho: voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere, y os aparejare lugar, vendré otra
vez, y os tomaré a mí mismo: para que donde yo estoy, vosotros también estéis. Y sabéis a dónde yo voy; y sabéis el camino.” Por causa vuestra vine al mundo. Estoy trabajando en vuestro favor. Cuando me vaya, seguiré trabajando anhelosamente por vosotros. Vine al mundo a revelarme a vosotros, para que creyeseis. Voy al Padre para cooperar con él en vuestro favor. El objeto de la partida de Cristo era lo opuesto de lo que temían los discípulos. No significaba una separación final. Iba a prepararles lugar, a fin de volver aquí mismo a buscarlos. Mientras les estuviese edificando mansiones, ellos habían de edificar un carácter conforme a la semejanza divina.
Los discípulos estaban perplejos aún. Tomás, siempre acosado por las dudas, dijo: “Señor, no sabemos a dónde vas: ¿cómo, pues, podemos saber el camino? Jesús le dice: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida: nadie viene al Padre, sino por mí. Si me conocieseis, también a mi Padre conocierais: y desde ahora le conocéis, y le habéis visto.”
No hay muchos caminos que llevan al cielo. No puede cada uno escoger el suyo. Cristo dice: “Yo soy el camino.... Nadie viene al Padre, sino por mí.” Desde que fué predicado el primer sermón evangélico, cuando en el Edén se declaró que la simiente de la mujer aplastaría la cabeza de la serpiente, Cristo ha sido enaltecido como el camino, la verdad y la vida. El era el camino cuando Adán vivía, cuando Abel ofreció a Dios la sangre del cordero muerto, que representaba la sangre del Redentor. Cristo fué el camino por el cual los patriarcas y los profetas fueron salvos. El es el único camino por el cual podemos tener acceso a Dios.
“Si me conocieseis—dijo Cristo,—también a mi Padre conocierais: y desde ahora le conocéis, y le habéis visto.” Pero los discípulos no le comprendieron todavía. “Señor, muéstranos el Padre—exclamó Felipe,—y nos basta.”
Asombrado por esta dureza de entendimiento, Cristo preguntó con dolorosa sorpresa: “¿Tanto tiempo ha que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe?” ¿Es posible que no veáis al Padre en las obras que hace por medio de mí? ¿No creéis que he venido para testificar acerca del Padre? “¿Cómo, pues, dices tú: Muéstranos al Padre?” “El que me ha visto, ha visto al Padre.” Cristo no había dejado de ser Dios cuando se
hizo hombre. Aunque se había humillado hasta asumir la humanidad, seguía siendo divino. Cristo solo podía representar al Padre ante la humanidad, y los discípulos habían tenido el privilegio de contemplar esta representación por más de tres años.
“Creedme que yo soy en el Padre, y el Padre en mí: de otra manera, creedme por las mismas obras.” Su fe podría haber descansado segura en la evidencia dada por las obras de Cristo, obras que ningún hombre habría podido hacer de por sí. Las obras de Cristo atestiguaban su divinidad. El Padre había sido revelado por él.
Si los discípulos creyesen en esta relación vital entre el Padre y el Hijo, su fe no los abandonaría cuando vieran los sufrimientos y la muerte de Cristo para salvar a un mundo que perecía. Cristo estaba tratando de conducirlos de su poca fe a la experiencia que podían recibir si realmente comprendían lo que era: Dios en carne humana. Deseaba que viesen que su fe debía llevarlos hacia arriba, hacia Dios, y anclarse allí. ¡Con cuánto fervor y perseverancia procuró nuestro compasivo Salvador preparar a sus discípulos para la tormenta de tentación que pronto iba a azotarlos! El quería que estuviesen ocultos con él en Dios.
Mientras Cristo pronunciaba estas palabras, la gloria de Dios resplandecía en su semblante, y todos los presentes sintieron un sagrado temor al escuchar sus palabras con arrobada atención. Sus corazones fueron más decididamente atraídos hacia él; y mientras eran atraídos a Cristo con mayor amor, eran también atraídos los unos hacia los otros. Sentían que el cielo estaba muy cerca, y que las palabras que escuchaban eran un mensaje enviado a ellos por su Padre celestial.
“De cierto, de cierto os digo—continuó Cristo:—El que en mí cree, las obras que yo hago también él las hará.” El Salvador anhelaba profundamente que sus discípulos comprendiesen con qué propósito su divinidad se había unido a la humanidad. Vino al mundo para revelar la gloria de Dios, a fin de que el hombre pudiese ser elevado por su poder restaurador. Dios se manifestó en él a fin de que pudiese manifestarse en ellos. Jesús no reveló cualidades ni ejerció facultades que los hombres no pudieran tener por la fe en él. Su perfecta
El Deseado de Todas las Gentes · Ellen G. White