Cristo El Camino

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Lectura bíblica

Mateo 26:14-16; Marcos 14:12-16

Mateo 26:14-16

14 Entonces, uno de los doce, que se llamaba Judas Iscariote, fue a los principales sacerdotes 15 y les dijo: --¿Qué me queréis dar? Y yo os lo entregaré. Ellos le asignaron treinta piezas de plata; 16 y desde entonces él buscaba la oportunidad para entregarle.

Marcos 14:12-16

12 El primer día de la fiesta de los panes sin levadura, cuando sacrificaban el cordero de la Pascua, sus discípulos le dijeron: --¿Dónde quieres que vayamos y hagamos los preparativos para que comas la Pascua? 13 Él envió a dos de sus discípulos y les dijo: --Id a la ciudad, y os saldrá al encuentro un hombre llevando un cántaro de agua. Seguidle; 14 y donde entre, decid al dueño de casa: "El Maestro dice: '¿Dónde está mi habitación donde he de comer la Pascua con mis discípulos?'" 15 Y él os mostrará un gran aposento alto ya dispuesto y preparado. Preparad allí para nosotros. 16 Salieron sus discípulos, entraron en la ciudad, hallaron como les había dicho y prepararon la Pascua.

Versión Reina Valera Actualizada

Lectura del libro

El Deseado de Todas las Gentes, páginas 600-603

de Juan y Santiago de sentarse a la derecha y a la izquierda del trono de Cristo, había excitado la indignación de los demás. El que los dos hermanos se atreviesen a pedir el puesto más alto, airaba tanto a los diez que el enajenamiento amenazaba penetrar entre ellos. Consideraban que se los había juzgado mal, y que su fidelidad y talentos no eran apreciados. Judas era el más severo con Santiago y Juan.

Cuando los discípulos entraron en el aposento alto, sus corazones estaban llenos de resentimiento. Judas se mantenía al lado de Cristo, a la izquierda; Juan estaba a la derecha. Si había un puesto más alto que los otros, Judas estaba resuelto a obtenerlo, y se pensaba que este puesto era al lado de Cristo. Y Judas era traidor.

Se había levantado otra causa de disensión. Era costumbre, en ocasión de una fiesta, que un criado lavase los pies de los huéspedes, y en esa ocasión se habían hecho preparativos para este servicio. La jarra, el lebrillo y la toalla estaban allí, listos para el lavamiento de los pies; pero no había siervo presente, y les tocaba a los discípulos cumplirlo. Pero cada uno de los discípulos, cediendo al orgullo herido, resolvió no desempeñar el papel de siervo. Todos manifestaban una despreocupación estoica, al parecer inconscientes de que les tocaba hacer algo. Por su silencio, se negaban a humillarse.

¿Cómo iba Cristo a llevar a estas pobres almas adonde Satanás no pudiese ganar sobre ellas una victoria decisiva? ¿Cómo podría mostrarles que el mero profesar ser discípulos no los hacía discípulos, ni les aseguraba un lugar en su reino? ¿Cómo podría mostrarles que es el servicio amante y la verdadera humildad lo que constituye la verdadera grandeza? ¿Cómo habría de encender el amor en su corazón y habilitarlos para entender lo que anhelaba explicarles?

Los discípulos no hacían ningún ademán de servirse unos a otros. Jesús aguardó un rato para ver lo que iban a hacer. Luego él, el Maestro divino, se levantó de la mesa. Poniendo a un lado el manto exterior que habría impedido sus movimientos, tomó una toalla y se ciñó. Con sorprendido interés, los discípulos miraban, y en silencio esperaban para ver lo que iba a seguir. “Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a limpiarlos con la toalla con que

estaba ceñido.” Esta acción abrió los ojos de los discípulos. Amarga vergüenza y humillación llenaron su corazón. Comprendieron el mudo reproche, y se vieron desde un punto de vista completamente nuevo.

Así expresó Cristo su amor por sus discípulos. El espíritu egoísta de ellos le llenó de tristeza, pero no entró en controversia con ellos acerca de la dificultad. En vez de eso, les dió un ejemplo que nunca olvidarían. Su amor hacia ellos no se perturbaba ni se apagaba fácilmente. Sabía que el Padre había puesto todas las cosas en sus manos, y que él provenía de Dios e iba a Dios. Tenía plena conciencia de su divinidad; pero había puesto a un lado su corona y vestiduras reales, y había tomado forma de siervo. Uno de los últimos actos de su vida en la tierra consistió en ceñirse como siervo y cumplir la tarea de un siervo.

Antes de la Pascua, Judas se había encontrado por segunda vez con los sacerdotes y escribas, y había cerrado el contrato de entregar a Jesús en sus manos. Sin embargo, más tarde se mezcló con los discípulos como si fuese inocente de todo mal, y se interesó en la ejecución de los preparativos para la fiesta. Los discípulos no sabían nada del propósito de Judas. Sólo Jesús podía leer su secreto. Sin embargo, no le desenmascaró. Jesús sentía anhelo por su alma. Sentía por él tanta preocupación como por Jerusalén cuando lloró sobre la ciudad condenada. Su corazón clamaba: “¿Cómo tengo de dejarte?” El poder constrictivo de aquel amor fué sentido por Judas. Mientras las manos del Salvador estaban bañando aquellos pies contaminados y secándolos con la toalla, el impulso de confesar entonces y allí mismo su pecado conmovió intensamente el corazón de Judas. Pero no quiso humillarse. Endureció su corazón contra el arrepentimiento; y los antiguos impulsos, puestos a un lado por el momento, volvieron a dominarle. Judas se ofendió entonces por el acto de Cristo de lavar los pies de sus discípulos. Si Jesús podía humillarse de tal manera, pensaba, no podía ser el rey de Israel. Eso destruía toda esperanza de honores mundanales en un reino temporal. Judas quedó convencido de que no había nada que ganar siguiendo a Cristo. Después de verle degradarse a sí mismo, como pensaba, se confirmó en su propósito de negarle y de confesarse

engañado. Fué poseído por un demonio, y resolvió completar la obra que había convenido hacer: entregar a su Señor.

Judas, al elegir su puesto en la mesa, había tratado de colocarse en primer lugar, y Cristo, como siervo, le sirvió a él primero. Juan, hacia quien Judas había tenido tan amargos sentimientos, fué dejado hasta lo último. Pero Juan no lo consideró como una reprensión o desprecio. Mientras los discípulos observaban la acción de Cristo, se sentían muy conmovidos. Cuando llegó el turno de Pedro, éste exclamó con asombro: “¿Señor, tú me lavas los pies?” La condescendencia de Cristo quebrantó su corazón. Se sintió lleno de vergüenza al pensar que ninguno de los discípulos cumplía este servicio. “Lo que yo hago—dijo Cristo,—tú no entiendes ahora; mas lo entenderás después.” Pedro no podía soportar el ver a su Señor, a quien creía ser Hijo de Dios, desempeñar un papel de siervo. Toda su alma se rebelaba contra esta humillación. No comprendía que para esto había venido Cristo al mundo. Con gran énfasis, exclamó: “¡No me lavarás los pies jamás!”

Solemnemente, Cristo dijo a Pedro: “Si no te lavare, no tendrás parte conmigo.” El servicio que Pedro rechazaba era figura de una purificación superior. Cristo había venido para lavar el corazón de la mancha del pecado. Al negarse a permitir a Cristo que le lavase los pies, Pedro rehusaba la purificación superior incluída en la inferior. Estaba realmente rechazando a su Señor. No es humillante para el Maestro que le dejemos obrar nuestra purificación. La verdadera humildad consiste en recibir con corazón agradecido cualquier provisión hecha en nuestro favor, y en prestar servicio para Cristo con fervor.

Al oír las palabras, “si no te lavare, no tendrás parte conmigo,” Pedro renunció a su orgullo y voluntad propia. No podía soportar el pensamiento de estar separado de Cristo; habría significado la muerte para él. “No sólo mis pies—dijo,—mas aun las manos y la cabeza. Dícele Jesús: El que está lavado, no necesita sino que lave los pies, mas está todo limpio.”

Estas palabras significaban más que la limpieza corporal. Cristo estaba hablando todavía de la purificación superior ilustrada por la inferior. El que salía del baño, estaba limpio, pero los pies calzados de sandalias se cubrían pronto de polvo,

y volvían a necesitar que se los lavase. Así también Pedro y sus hermanos habían sido lavados en la gran fuente abierta para el pecado y la impureza. Cristo los reconocía como suyos. Pero la tentación los había inducido al mal, y necesitaban todavía su gracia purificadora. Cuando Jesús se ciñó con una toalla para lavar el polvo de sus pies, deseó por este mismo acto lavar el enajenamiento, los celos y el orgullo de sus corazones. Esto era mucho más importante que lavar sus polvorientos pies. Con el espíritu que entonces manifestaban, ninguno de ellos estaba preparado para tener comunión con Cristo. Hasta que fuesen puestos en un estado de humildad y amor, no estaban preparados para participar en la cena pascual, o del servicio recordativo que Cristo estaba por instituir. Sus corazones debían ser limpiados. El orgullo y el egoísmo crean disensión y odio, pero Jesús se los quitó al lavarles los pies. Se realizó un cambio en sus sentimientos. Mirándolos, Jesús pudo decir: “Vosotros limpios estáis.” Ahora sus corazones estaban unidos por el amor mutuo. Habían llegado a ser humildes y a estar dispuestos a ser enseñados. Excepto Judas, cada uno estaba listo para conceder a otro el lugar más elevado. Ahora, con corazones subyugados y agradecidos, podían recibir las palabras de Cristo.

Como Pedro y sus hermanos, nosotros también hemos sido lavados en la sangre de Cristo, y sin embargo la pureza del corazón queda con frecuencia contaminada por el contacto con el mal. Debemos ir a Cristo para obtener su gracia purificadora. Pedro rehuía el poner sus pies contaminados en contacto con las manos de su Señor y Maestro; pero ¡con cuánta frecuencia ponemos en contacto con el corazón de Cristo nuestros corazones pecaminosos y contaminados! ¡Cuán penosos le resultan nuestro mal genio, nuestra vanidad y nuestro orgullo! Sin embargo, debemos llevarle todas nuestras flaquezas y contaminación. El es el único que puede lavarnos. No estamos preparados para la comunión con él a menos que seamos limpiados por su eficacia.

Jesús dijo a los discípulos: “Vosotros limpios estáis, aunque no todos.” El había lavado los pies de Judas, pero éste no le había entregado su corazón. Este no fué purificado. Judas no se había sometido a Cristo.

El Deseado de Todas las Gentes · Ellen G. White

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