Cristo El Camino
Plan Encuentro 1 Día 271
Este plan no está iniciado. Marca la lectura como leída para iniciarlo desde hoy.
Lectura bíblica
Juan 12:20-50
Juan 12:20-50
20 Había ciertos griegos entre los que habían subido a adorar en la fiesta. 21 Ellos se acercaron a Felipe, que era de Betsaida de Galilea, y le rogaban diciendo: --Señor, quisiéramos ver a Jesús. 22 Felipe fue y se lo dijo a Andrés. Andrés y Felipe se lo dijeron a Jesús. 23 Y Jesús les respondió diciendo: --Ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado. 24 De cierto, de cierto os digo que a menos que el grano de trigo caiga en la tierra y muera, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto. 25 El que ama su vida, la pierde; pero el que odia su vida en este mundo, para vida eterna la guardará. 26 Si alguno me sirve, sígame; y donde yo estoy, allí también estará mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre le honrará. 27 Ahora está turbada mi alma. ¿Qué diré: "Padre, sálvame de esta hora"? ¡Al contrario, para esto he llegado a esta hora! 28 Padre, glorifica tu nombre. Entonces vino una voz del cielo: "¡Ya lo he glorificado y lo glorificaré otra vez!" 29 La multitud que estaba presente y escuchó, decía que había sido un trueno. Otros decían: --¡Un ángel le ha hablado! 30 Jesús respondió y dijo: --No ha venido esta voz por causa mía, sino por causa vuestra. 31 Ahora es el juicio de este mundo. Ahora será echado fuera el príncipe de este mundo. 32 Y yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos a mí mismo. 33 Esto decía dando a entender de qué muerte había de morir. 34 Entonces la gente le respondió: --Nosotros hemos oído que, según la ley, el Cristo permanece para siempre. ¿Y cómo es que tú dices: "Es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado"? ¿Quién es este Hijo del Hombre? 35 Entonces Jesús les dijo: --Aún por un poco de tiempo está la luz entre vosotros. Andad mientras tenéis la luz, para que no os sorprendan las tinieblas. Porque el que anda en tinieblas no sabe a dónde va. 36 Mientras tenéis la luz, creed en la luz, para que seáis hijos de luz. Estas cosas habló Jesús, y al apartarse, se escondió de ellos. 37 Pero a pesar de haber hecho tantas señales delante de ellos, no creían en él; 38 para que se cumpliese la palabra del profeta Isaías que dijo: Señor, ¿quién ha creído a nuestro mensaje? ¿A quién se ha revelado el brazo del Señor? 39 Por eso no podían creer, porque Isaías dijo en otra ocasión: 40 El ha cegado los ojos de ellos y endureció su corazón, para que no vean con los ojos ni entiendan con el corazón, ni se conviertan, y yo los sane. 41 Estas cosas dijo Isaías porque vio su gloria y habló acerca de él. 42 No obstante, aun de entre los dirigentes, muchos creyeron en él, pero por causa de los fariseos no lo confesaban, para no ser expulsados de la sinagoga. 43 Porque amaron la gloria de los hombres más que la gloria de Dios. 44 Pero Jesús alzó la voz y dijo: "El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me envió; 45 y el que me ve a mí, ve al que me envió. 46 Yo he venido al mundo como luz, para que todo aquel que cree en mí no permanezca en las tinieblas. 47 Si alguien oye mis palabras y no las guarda, yo no le juzgo; porque yo no vine para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo. 48 El que me desecha y no recibe mis palabras tiene quien le juzgue: La palabra que he hablado le juzgará en el día final. 49 Porque yo no hablé por mí mismo; sino que el Padre que me envió, él me ha dado mandamiento de qué he de decir y de qué he de hablar. 50 Y sé que su mandamiento es vida eterna. Así que, lo que yo hablo, lo hablo tal y como el Padre me ha hablado."
Versión Reina Valera Actualizada
Lectura del libro
El Deseado de Todas las Gentes, páginas 574-575
Capítulo 68—En el atrio exterior
Este capítulo está basado en Juan 12:20-43.
“Y había ciertos griegos de los que habían subido a adorar en la fiesta: éstos pues, se llegaron a Felipe, que era de Betsaida de Galilea, y rogáronle, diciendo: Señor, querríamos ver a Jesús. Vino Felipe, y díjolo a Andrés: Andrés entonces, y Felipe, lo dicen a Jesús.”
En esos momentos, la obra de Cristo parecía haber sufrido una cruel derrota. El había salido vencedor en la controversia con los sacerdotes y fariseos, pero era evidente que nunca le recibirían como el Mesías. Había llegado el momento de la separación final. Para sus discípulos, el caso parecía sin esperanzas. Pero Cristo estaba acercándose a la consumación de su obra. El gran suceso que concernía no sólo a la nación judía, sino al mundo entero, estaba por acontecer. Cuando Cristo oyó la ferviente petición: “Querríamos ver a Jesús,” repercutió para él como un eco del clamor del mundo hambriento, su rostro se iluminó y dijo: “La hora viene en que el Hijo del hombre ha de ser glorificado.” En la petición de los griegos vió una prenda de los resultados de su gran sacrificio.
Estos hombres vinieron del Occidente para hallar al Salvador al final de su vida, como los magos habían venido del Oriente al principio. Cuando nació Cristo, los judíos estaban tan engolfados en sus propios planes ambiciosos que no conocieron su advenimiento. Los magos de una tierra pagana vinieron al pesebre con sus donativos para adorar al Salvador. Así también estos griegos, representando a las naciones, a las tribus y a los pueblos del mundo, vinieron a ver a Jesús. Así también la gente de todas las tierras y de todas las edades iba a ser atraída por la cruz del Salvador. Y así “vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham, e Isaac, y Jacob, en el reino de los cielos.”Mateo 8:11.
Los griegos habían oído hablar de la entrada triunfal de Cristo en Jerusalén. Algunos suponían que había echado a los
sacerdotes y gobernantes del templo, y que iba a tomar posesión del trono de David y reinar como rey de Israel, y habían hecho circular ese rumor. Los griegos anhelaban conocer la verdad acerca de su misión. “Querríamos ver a Jesús,” dijeron. Lo que deseaban les fué concedido. Cuando la petición fué presentada a Jesús, estaba en aquella parte del templo de la cual todos estaban excluídos menos los judíos, pero salió al atrio exterior donde estaban los griegos, y tuvo una entrevista con ellos.
Había llegado la hora de la glorificación de Cristo. Estaba en la sombra de la cruz, y la pregunta de los griegos le mostró que el sacrificio que estaba por hacer traería muchos hijos e hijas a Dios. El sabía que los griegos le verían pronto en una situación que no podían soñar. Le verían colocado al lado del ladrón y homicida Barrabás, al que se decidiría dar libertad antes que al Hijo de Dios. Oirían al pueblo, inspirado por los sacerdotes y gobernantes, hacer su elección. Y a la pregunta: “¿Qué pués haré de Jesús que se dice el Cristo?” se daría la respuesta: “Sea crucificado.”Mateo 27:22. Cristo sabía que su reino sería perfeccionado al hacer él esta propiciación por los pecados de los hombres, y que se extendería por todo el mundo. El iba a obrar como Restaurador y su espíritu prevalecería. Por un momento, miró lo futuro y oyó las voces que proclamaban en todas partes de la tierra: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.”Juan 1:29. En estos extranjeros, vió la garantía de una gran siega, para cuando el muro de separación entre judíos y gentiles fuese derribado, y todas las naciones, lenguas y pueblos oyesen el mensaje de salvación. Expresó esta expectativa de la consumación de sus esperanzas en las palabras: “La hora viene en que el Hijo del hombre ha de ser glorificado.” Pero la manera en que debía realizarse esta glorificación no se apartaba nunca del pensar de Cristo. La reunión de los gentiles había de seguir a su muerte que se acercaba. Únicamente por su muerte podía salvarse el mundo. Como el grano de trigo, el Hijo de Dios debía ser arrojado en tierra y morir y ser sepultado; pero volvería a vivir.
Cristo presentó lo que le esperaba y lo ilustró por las cosas de la naturaleza, a fin de que los discípulos pudiesen comprenderlo. El verdadero resultado de su misión iba a ser alcanzado
El Deseado de Todas las Gentes · Ellen G. White