Cristo El Camino
Plan Encuentro 1 Día 27
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Lectura del libro
El Deseado de Todas las Gentes, páginas 59-60
las palabras de la Escritura, dándoles una profundidad de significado que los sabios no habían concebido. De haber seguido los trazos de la verdad que él señalaba, habrían realizado una reforma en la religión de su tiempo. Se habría despertado un profundo interés en las cosas espirituales; y al iniciar Jesús su ministerio, muchos habrían estado preparados para recibirle.
Los rabinos sabían que Jesús no había recibido instrucción en sus escuelas; y, sin embargo, su comprensión de las profecías excedía en mucho a la suya. En este reflexivo niño galileo discernían grandes promesas. Desearon asegurárselo como alumno, a fin de que llegase a ser un maestro de Israel. Querían encargarse de su educación, convencidos de que una mente tan original debía ser educada bajo su dirección.
Las palabras de Jesús habían conmovido sus corazones como nunca lo habían sido por palabras de labios humanos. Dios estaba tratando de dar luz a aquellos dirigentes de Israel, y empleaba el único medio por el cual podían ser alcanzados. Su orgullo se habría negado a admitir que podían recibir instrucción de alguno. Si Jesús hubiese aparentado tratar de enseñarles, habrían desdeñado escucharle. Pero se lisonjeaban de que le estaban enseñando, o por lo menos examinando su conocimiento de las Escrituras. La modestia y gracia juvenil de Jesús desarmaba sus prejuicios. Inconscientemente se abrían sus mentes a la Palabra de Dios, y el Espíritu Santo hablaba a sus corazones.
No podían sino ver que su expectativa concerniente al Mesías no estaba sostenida por la profecía; pero no querían renunciar a las teorías que habían halagado su ambición. No querían admitir que no habían interpretado correctamente las Escrituras que pretendían enseñar. Se preguntaban unos a otros: ¿Cómo tiene este joven conocimiento no habiendo nunca aprendido? La luz estaba resplandeciendo en las tinieblas; “mas las tinieblas no la comprendieron.”Juan 1:5 (original).
Mientras tanto, José y María estaban en gran perplejidad y angustia. Al salir de Jerusalén habían perdido de vista a Jesús, y no sabían que se había quedado atrás. El país estaba entonces densamente poblado, y las caravanas de Galilea eran muy grandes. Había mucha confusión al salir de la ciudad. Mientras viajaban, el placer de andar con amigos y conocidos absorbió
su atención, y no notaron la ausencia de Jesús hasta que llegó la noche. Entonces, al detenerse para descansar, echaron de menos la mano servicial de su hijo. Suponiendo que estaría con el grupo que los acompañaba, no sintieron ansiedad. Aunque era joven, habían confiado implícitamente en él esperando que cuando le necesitasen, estaría listo para ayudarles, anticipándose a sus menesteres como siempre lo había hecho. Pero ahora sus temores se despertaron. Le buscaron por toda la compañía, pero en vano. Estremeciéndose, recordaron cómo Herodes había tratado de destruirle en su infancia. Sombríos presentimientos llenaron sus corazones; y se hizo cada uno amargos reproches.
Volviendo a Jerusalén, prosiguieron su búsqueda. Al día siguiente, mientras andaban entre los adoradores del templo, una voz familiar les llamó la atención. No podían equivocarse; no había otra voz como la suya, tan seria y ferviente, aunque tan melodiosa.
En la escuela de los rabinos, encontraron a Jesús. Aunque llenos de regocijo, no podían olvidar su pesar y ansiedad. Cuando estuvo otra vez reunido con ellos, la madre le dijo, con palabras que implicaban un reproche: “Hijo, ¿por qué nos has hecho así? He aquí, tu padre y yo te hemos buscado con dolor.”
“¿Por qué me buscabais?—contestó Jesús.—¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me conviene estar?” Y como no parecían comprender sus palabras, él señaló hacia arriba. En su rostro había una luz que los admiraba. La divinidad fulguraba a través de la humanidad. Al hallarle en el templo, habían escuchado lo que sucedía entre él y los rabinos, y se habían asombrado de sus preguntas y respuestas. Sus palabras despertaron en ellos pensamientos que nunca habrían de olvidarse.
Y la pregunta que les dirigiera encerraba una lección. “¿No sabíais—les dijo—que en los negocios de mi Padre me conviene estar?” Jesús estaba empeñado en la obra que había venido a hacer en el mundo; pero José y María habían descuidado la suya. Dios les había conferido mucha honra al confiarles a su Hijo. Los santos ángeles habían dirigido los pasos de José a fin de conservar la vida de Jesús. Pero durante
El Deseado de Todas las Gentes · Ellen G. White