Cristo El Camino

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Lectura bíblica

Mateo 20:20-28; Marcos 10:32-45; Lucas 18:31-34

Mateo 20:20-28

20 Entonces se acercó a él la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, postrándose ante él y pidiéndole algo. 21 Él le dijo: --¿Qué deseas? Ella le dijo: --Ordena que en tu reino estos dos hijos míos se sienten el uno a tu derecha y el otro a tu izquierda. 22 Entonces respondiendo Jesús dijo: --No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo he de beber? Ellos le dijeron: --Podemos. 23 Les dijo: --A la verdad, beberéis de mi copa; pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no es mío concederlo, sino que es para quienes lo ha preparado mi Padre. 24 Cuando los diez oyeron esto, se enojaron contra los dos hermanos. 25 Entonces Jesús los llamó y les dijo: --Sabéis que los gobernantes de los gentiles se enseñorean sobre ellos, y los que son grandes ejercen autoridad sobre ellos. 26 Entre vosotros no será así. Más bien, cualquiera que anhele ser grande entre vosotros será vuestro servidor; 27 y el que anhele ser el primero entre vosotros, será vuestro siervo. 28 De la misma manera, el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos.

Marcos 10:32-45

32 Iban por el camino subiendo a Jerusalén, y Jesús iba delante de ellos. Estaban asombrados, y los que le seguían tenían miedo. Entonces, volviendo a tomar a los doce aparte, les comenzó a declarar las cosas que le estaban por acontecer: 33 --He aquí subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y a los escribas. Le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles. 34 Se burlarán de él, le escupirán, le azotarán y le matarán; y después de tres días resucitará. 35 Entonces Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, se acercaron a él y le dijeron: --Maestro, queremos que nos concedas lo que pidamos. 36 Él les dijo: --¿Qué queréis que haga por vosotros? 37 Ellos dijeron: --Concédenos que en tu gloria nos sentemos el uno a tu derecha y el otro a tu izquierda. 38 Entonces Jesús les dijo: --No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo bebo, o ser bautizados con el bautismo con que yo soy bautizado? 39 Ellos dijeron: --Podemos. Y Jesús les dijo: --Beberéis la copa que yo bebo, y seréis bautizados con el bautismo con que yo soy bautizado. 40 Pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no es mío concederlo, sino que es para quienes está preparado. 41 Cuando lo oyeron los diez, comenzaron a enojarse con Jacobo y Juan. 42 Pero Jesús los llamó y les dijo: --Sabéis que los que son tenidos por príncipes de los gentiles se enseñorean de ellos, y sus grandes ejercen autoridad sobre ellos. 43 Pero no es así entre vosotros. Más bien, cualquiera que anhele hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, 44 y cualquiera que anhele ser el primero entre vosotros será siervo de todos. 45 Porque el Hijo del Hombre tampoco vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos.

Lucas 18:31-34

31 Jesús, tomando a los doce, les dijo: --He aquí subimos a Jerusalén, y se cumplirán todas las cosas que fueron escritas por los profetas acerca del Hijo del Hombre. 32 Porque será entregado a los gentiles, y será escarnecido, injuriado y escupido. 33 Después que le hayan azotado, le matarán; pero al tercer día resucitará. 34 Sin embargo, ellos no entendían nada de esto. Esta palabra les estaba encubierta, y no entendían lo que se les decía.

Versión Reina Valera Actualizada

Lectura del libro

El Deseado de Todas las Gentes, páginas 501-502

Capítulo 60—La ley del nuevo reino

Este capítulo está basado en Mateo 20:20-28; Marcos 10:32-45; Lucas 18:31-34.

El tiempo de la Pascua se estaba acercando, y de nuevo Jesús se dirigió hacia Jerusalén. Su corazón tenía la paz de la perfecta unidad con la voluntad del Padre, y con paso ansioso avanzaba hacia el lugar del sacrificio. Pero un sentimiento de misterio, de duda y temor, sobrecogía a los discípulos. El Salvador “iba delante de ellos, y se espantaban, y le seguían con miedo.”

Otra vez Jesús llamó a sí a los doce, y con mayor claridad que nunca les explicó su entrega y sufrimientos. “He aquí—dijo él—subimos a Jerusalén, y serán cumplidas todas las cosas que fueron escritas por los profetas, del Hijo del hombre. Porque será entregado a las gentes, y será escarnecido, e injuriado y escupido. Y después que le hubieren azotado, le matarán: mas al tercer día resucitará. Pero ellos nada de estas cosas entendían, y esta palabra les era encubierta, y no entendían lo que se decía.”

¿No habían proclamado poco antes por doquiera: “El reino de los cielos se ha acercado”? ¿No había prometido Cristo mismo que muchos se sentarían con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de Dios? ¿No había prometido a cuantos lo habían dejado todo por su causa cien veces tanto en esta vida y una parte en su reino? ¿Y no había hecho a los doce la promesa especial de que ocuparían puestos de alto honor en su reino, a saber que se sentarían en tronos para juzgar a las doce tribus de Israel? Acababa de decir que debían cumplirse todas las cosas escritas en los profetas concernientes a él. ¿Y no habían predicho los profetas la gloria del reino del Mesías? Frente a estos pensamientos, sus palabras tocante a su entrega, persecución y muerte parecían vagas y confusas. Ellos creían que a pesar de cualesquiera dificultades que pudieran sobrevenir, el reino se establecería pronto.

Juan, hijo de Zebedeo, había sido uno de los dos primeros

discípulos que siguieran a Jesús. El y su hermano Santiago habían estado entre el primer grupo que había dejado todo por servirle. Alegremente habían abandonado su familia y sus amigos para poder estar con él; habían caminado y conversado con él; habían estado con él en el retiro del hogar y en las asambleas públicas. El había aquietado sus temores, aliviado sus sufrimientos y confortado sus pesares, los había librado de peligros y con paciencia y ternura les había enseñado, hasta que sus corazones parecían unidos al suyo, y en su ardor y amor anhelaban estar más cerca de él que nadie en su reino. En toda oportunidad posible, Juan se situaba junto al Salvador, y Santiago anhelaba ser honrado con una estrecha relación con él.

La madre de ellos era discípula de Cristo y le había servido generosamente con sus recursos. Con el amor y la ambición de una madre por sus hijos, codiciaba para ellos el lugar más honrado en el nuevo reino. Por esto, los animó a hacer una petición.

La madre y sus hijos vinieron a Jesús para pedirle que les otorgara algo que anhelaban en su corazón.

“¿Qué queréis que os haga?” preguntó él.

La madre pidió: “Di que se sienten estos dos hijos míos, el uno a tu mano derecha, y el otro a tu izquierda, en tu reino.”

Jesús los trató con ternura y no censuró su egoísmo por buscar preferencia sobre sus hermanos. Leía sus corazones y conocía la profundidad de su cariño hacia él. El amor de ellos no era un afecto meramente humano; aunque fluía a través de la terrenidad de sus conductos humanos, era una emanación de la fuente de su propio amor redentor. El no lo criticó, sino que lo ahondó y purificó. Dijo: “¿Podéis beber el vaso que yo he de beber, y ser bautizados del bautismo de que yo soy bautizado?” Ellos recordaron sus misteriosas palabras, que señalaban la prueba y el sufrimiento, pero contestaron confiadamente: “Podemos.” Consideraban que sería el más alto honor demostrar su lealtad compartiendo todo lo que aconteciera a su Señor.

“A la verdad mi vaso beberéis, y del bautismo de que yo soy bautizado, seréis bautizados,” dijo él. Delante de él, había una cruz en vez de un trono, y por compañeros suyos, a su derecha

El Deseado de Todas las Gentes · Ellen G. White

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