Cristo El Camino
Plan Encuentro 1 Día 215
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Lectura del libro
El Deseado de Todas las Gentes, páginas 462-464
“Un hombre—dijo Jesús—descendía de Jerusalem a Jericó, y cayó en manos de ladrones, los cuales le despojaron; e hiriéndole, se fueron, dejándole medio muerto. Y aconteció, que descendió un sacerdote por aquel camino, y viéndole, se pasó de un lado. Y asimismo un Levita, llegando cerca de aquel lugar, y viéndole, se pasó de un lado.” Esta no era una escena imaginaria, sino un suceso reciente, conocido exactamente como fué presentado. El sacerdote y el levita que habían pasado de un lado estaban en la multitud que escuchaba las palabras de Cristo.
Al ir de Jerusalén a Jericó, el viajero tenía que pasar por una región del desierto de Judea. El camino atravesaba una hondonada despoblada y peñascosa, que estaba infestada de ladrones, y era a menudo teatro de violencias. Era allí donde el viajero fué atacado, despojado de todo lo que tenía valor, herido y magullado, y dejado medio muerto junto al camino. Mientras yacía en esta condición vino el sacerdote por ese camino; pero dirigió tan sólo una mirada de soslayo al herido. Luego apareció el levita. Curioso por saber lo que había acontecido, se detuvo y miró al doliente. Estaba convencido de lo que debía hacer; pero no era un deber agradable. Deseaba no haber venido por ese camino, para no haber necesitado ver al herido. Se persuadió de que el caso no le concernía.
Estos dos hombres pertenecían al oficio sagrado y profesaban exponer las Escrituras. Pertenecían a la clase especialmente elegida para representar a Dios ante el pueblo. Se debían “compadecer de los ignorantes y extraviados,”Hebreos 5:2. a fin de guiar a los hombres al conocimiento del gran amor de Dios hacia la humanidad. La obra que estaban llamados a hacer era la misma que Jesús había descrito como suya cuando dijo: “El Espíritu del Señor es sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres: me ha enviado para sanar a los quebrantados de corazón; para pregonar a los cautivos libertad, y a los ciegos vista; para poner en libertad a los quebrantados.”Lucas 4:18.
Los ángeles del cielo miran la angustia de la familia de Dios en la tierra, y están dispuestos a cooperar con los hombres para aliviar la opresión y el sufrimiento. En su providencia, Dios había guiado al sacerdote y al levita a lo largo del camino en
el cual yacía el herido doliente, a fin de que pudieran ver que necesitaba misericordia y ayuda. Todo el cielo observaba para ver si el corazón de esos hombres sería movido por la piedad hacia el infortunio humano. El Salvador era el que había instruído a los hebreos en el desierto; desde la columna de nube y de fuego había enseñado una lección muy diferente de la que el pueblo estaba recibiendo ahora de sus sacerdotes y maestros. Las provisiones misericordiosas de la ley se extendían aun a los animales inferiores, que no pueden expresar con palabras sus necesidades y sufrimientos. Por medio de Moisés se habían dado instrucciones a los hijos de Israel al respecto: “Si encontrares el buey de tu enemigo o su asno extraviado, vuelve a llevárselo. Si vieres el asno del que te aborrece caído debajo de su carga, ¿le dejarás entonces desamparado? Sin falta ayudarás con él a levantarlo.”Éxodo 23:4, 5. Pero mediante el hombre herido por los ladrones, Jesús presentó el caso de un hermano que sufría. ¡Cuánto más debieran haberse conmovido de piedad hacia él que hacia una bestia de carga! Por medio de Moisés se les había advertido que el Señor su Dios, era “Dios grande, poderoso, y terrible,” “que hace justicia al huérfano y a la viuda; que ama también al extranjero.” Por lo cual él ordenó: “Amaréis pues al extranjero.” “Amalo como a ti mismo.”Deuteronomio 10:17-19; Levítico 19:34.
Job había dicho: “El extranjero no tenía fuera la noche; mis puertas abría al caminante.” Y cuando dos ángeles en forma de hombres fueron a Sodoma, Lot, inclinándose con su rostro a tierra, dijo: “Ahora, pues, mis señores, os ruego que vengáis a casa de vuestro siervo y os hospedéis.”Job 31:32; Génesis 19:2. Con todas estas lecciones el sacerdote y el levita estaban familiarizados, pero no las ponían en práctica. Educados en la escuela del fanatismo nacional, habían llegado a ser egoístas, de ideas estrechas, y exclusivistas. Cuando miraron al hombre herido, no podían afirmar si pertenecía a su nación o no. Pensaron que podía ser uno de los samaritanos, y se alejaron.
El doctor de la ley no vió en la conducta de ellos, tal como Cristo la había descrito, nada contrario a lo que se le había enseñado concerniente a los requerimientos de la ley. Pero luego se le presentó una nueva escena:
Un samaritano, de viaje, vino adonde estaba el doliente, y
al verlo se compadeció de él. No preguntó si el extraño era judío o gentil. Si fuera judío, bien sabía el samaritano que, de haber sido los casos de ambos a la inversa, el hombre le habría escupido en la cara y pasado de largo con desprecio. Pero no vaciló por esto. No consideró que él mismo se exponía a la violencia al detenerse en ese lugar. Le bastaba el hecho de que había delante de él un ser humano víctima de la necesidad y el sufrimiento. Se quitó sus propias vestiduras para cubrirlo. Usó para curar y resfrescar al hombre herido la provisión de aceite y vino que llevaba para el viaje. Lo alzó sobre su propia bestia y lo condujo lentamente a paso uniforme, de modo que el extraño no fuera sacudido y sus dolores no aumentaran. Lo llevó a un mesón y lo cuidó durante la noche, vigilándolo con ternura. Por la mañana, cuando el enfermo había mejorado, el samaritano se propuso seguir su camino. Pero antes de hacerlo, lo encomendó al huésped, pagó los gastos y dejó un depósito en su favor; y no contento aún con esto, hizo provisión para cualquier necesidad adicional, diciendo al mesonero: “Cuídamele; y todo lo que de más gastares, yo cuando vuelva te lo pagaré.”
Después de terminar la historia, Jesús fijó sus ojos en el doctor de la ley, con una mirada que parecía leer su alma, y dijo: “¿Quién, pues, de estos tres te parece que fué el prójimo de aquel que cayó en manos de los ladrones?”
El doctor de la ley no quiso tomar, ni aun ahora, el nombre del samaritano en sus labios, y contestó: “El que usó con él de misericordia.” Jesús dijo: “Ve, y haz tú lo mismo.”
Así la pregunta: “¿Quién es mi prójimo?” está para siempre contestada. Cristo demostró que nuestro prójimo no es meramente quien pertenece a la misma iglesia o fe que nosotros. No tiene que ver con distinción de raza, color o clase. Nuestro prójimo es toda persona que necesita nuestra ayuda. Nuestro prójimo es toda alma que está herida y magullada por el adversario. Nuestro prójimo es todo aquel que pertenece a Dios.
Mediante la historia del buen samaritano, Jesús pintó un cuadro de sí mismo y de su misión. El hombre había sido engañado, estropeado, robado y arruinado por Satanás, y abandonado para que pereciese; pero el Salvador se compadeció de
El Deseado de Todas las Gentes · Ellen G. White