Cristo El Camino
Plan Encuentro 1 Día 192
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Lectura del libro
El Deseado de Todas las Gentes, páginas 413-415
resonaban las trompetas, subía las altas gradas del templo, al compás de la música, con paso lento y mesurado, cantando mientras tanto: “Nuestros pies estuvieron en tus puertas, oh Jerusalem.”Salmos 122:2.
Llevaba el cántaro al altar, que ocupaba una posición central en el atrio de los sacerdotes. Allí había dos palanganas de plata, con un sacerdote de pie al lado de cada una. El cántaro de agua era derramado en una, y un cántaro de vino en la otra; y el contenido de ambas, fluyendo por un caño que comunicaba con el Cedrón, era conducido al Mar Muerto. La presentación del agua consagrada representaba la fuente que a la orden de Dios había brotado de la roca para aplacar la sed de los hijos de Israel. Entonces repercutían los acordes jubilosos: “Porque mi fortaleza y mi canción es ... Jehová; sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salud.”Isaías 12:2, 3.
Mientras los hijos de José se preparaban para asistir a la fiesta de las cabañas, vieron que Jesús no hacía nada que significase intención de asistir a ella. Le consideraban con ansiedad. Desde la curación realizada en Betesda, no había asistido a las fiestas nacionales. A fin de evitar un conflicto inútil con los dirigentes de Jerusalén, había limitado sus labores a Galilea. Su aparente indiferencia hacia las grandes asambleas religiosas, y la enemistad manifestada hacia él por los sacerdotes y rabinos, eran una causa de perplejidad para los que le rodeaban, y aun para sus discípulos y su familia. En sus enseñanzas, se había espaciado en las bendiciones de la obediencia a la ley de Dios, y, sin embargo, él mismo parecía indiferente al servicio que había sido establecido divinamente. Su trato con los publicanos y otros de mala fama, su desprecio por las observancias rabínicas y la libertad con que dejaba de lado las exigencias tradicionales acerca del sábado, todo parecía ponerle en antagonismo con las autoridades religiosas y suscitaba muchas preguntas. Sus hermanos pensaban que era un error de su parte enajenarse a los grandes y sabios de la nación. Pensaban que estos hombres debían tener razón y que Jesús estaba haciendo mal al ponerse en antagonismo con ellos. Pero habían presenciado su vida sin tacha y aunque no se contaban entre sus discípulos, habían quedado profundamente impresionados por sus obras. Su popularidad en Galilea halagaba su
ambición; todavía esperaban que daría una prueba de su poder que indujera a los fariseos a ver que él era lo que pretendía ser. ¡Y si fuese el Mesías, el Príncipe de Israel! Ellos acariciaban este pensamiento con orgullosa satisfacción.
Tanta ansiedad sentían acerca de esto, que rogaron a Jesús que fuese a Jerusalén. “Y dijéronle sus hermanos: Pásate de aquí, y vete a Judea, para que también tus discípulos vean las obras que haces. Que ninguno que procura ser claro hace algo en oculto. Si estas cosas haces, manifiéstate al mundo.” El “si” expresaba duda e incredulidad. Le atribuían cobardía y debilidad. Si él sabía que era el Mesías, ¿por qué guardaba esta extraña reserva e inacción? Si poseía realmente tal poder, ¿por qué no iba audazmente a Jerusalén y aseveraba sus derechos? ¿Por qué no cumplía en Jerusalén las obras maravillosas que de él se relataban en Galilea? No te ocultes en provincias aisladas, decían, a realizar tus obras poderosas para beneficio de campesinos y pescadores ignorantes. Preséntate en la capital, conquista el apoyo de sacerdotes y gobernantes, y une la nación, para establecer el nuevo reino.
Estos hermanos de Jesús razonaban por el mismo motivo egoísta que con tanta frecuencia se encuentra en el corazón de los que aman la ostentación. Ese espíritu era el que gobernaba el mundo. Ellos se ofendían porque, en vez de buscar un trono temporal, Cristo se había declarado el pan de vida. Quedaron muy desilusionados cuando tantos de sus discípulos le abandonaron. Ellos mismos se apartaron de él para escapar a la cruz que representaba el reconocer lo que sus obras revelaban: que era el Enviado de Dios.
“Díceles entonces Jesús: Mi tiempo aún no ha venido; mas vuestro tiempo siempre está presto. No puede el mundo aborreceros a vosotros; mas a mí me aborrece, porque yo doy testimonio de él, que sus obras son malas. Vosotros subid a esta fiesta; yo no subo aún a esta fiesta, porque mi tiempo aún no es cumplido. Y habiéndoles dicho esto, quedóse en Galilea.” Sus hermanos le habían hablado en tono de autoridad, prescribiéndole la conducta que debía seguir. Les devolvió su reprensión, clasificándolos no con sus discípulos abnegados, sino con el mundo. “No puede el mundo aborreceros a vosotros—dijo;—mas a mí me aborrece, porque yo doy testimonio
de él, que sus obras son malas.” El mundo no odia a los que le son semejantes en espíritu. Los ama como suyos.
Para Cristo, el mundo no era un lugar de comodidad y engrandecimiento propio. No buscaba una oportunidad para recibir su poder y su gloria. No le ofrecía ningún premio tal. Era el lugar al cual su Padre le había enviado. Había sido dado para la vida del mundo, para realizar el gran plan de redención. Estaba haciendo su obra en favor de la especie caída. Pero no había de ser presuntuoso, ni precipitarse al peligro, ni tampoco apresurar una crisis. Cada acontecimiento de su obra tenía su hora señalada. Debía esperar con paciencia. Sabía que iba a ser blanco del odio del mundo; sabía que su obra le conduciría a la muerte; pero exponerse prematuramente no habría sido obrar según la voluntad de su Padre.
Desde Jerusalén las noticias de los milagros de Cristo se habían difundido dondequiera que estaban dispersos los judíos; y aunque durante muchos meses él había permanecido ausente de las fiestas, el interés en él no había disminuído. Muchos, de todas partes del mundo, habían venido a la fiesta de las cabañas con la esperanza de verle. Al principio de la fiesta, muchos preguntaron por él. Los fariseos y gobernantes esperaban que viniese, deseosos de tener oportunidad para condenarle. Preguntaban ansiosamente: “¿Dónde está?” Pero nadie lo sabía. En todas las mentes predominaban pensamientos relativos a él. Por temor a los sacerdotes y príncipes, nadie se atrevía a reconocerle como el Mesías, mas por doquiera había discusiones serenas pero fervorosas acerca de él. Muchos le defendían como enviado de Dios, mientras que otros le denunciaban como engañador del pueblo. Mientras tanto, Jesús había llegado silenciosamente a Jerusalén. Había elegido una ruta poco frecuentada, a fin de evitar a los viajeros que se dirigían a la ciudad desde todas partes. Si se hubiese unido a cualquiera de las caravanas que subían a la fiesta, la atención pública hubiera sido atraída hacia él al entrar en la ciudad, y una demostración popular en su favor habría predispuesto a las autoridades contra él. Para evitar esto, prefirió hacer el viaje solo.
En medio de la fiesta, cuando la expectación acerca de él estaba en su apogeo, entró en el atrio del templo en presencia
El Deseado de Todas las Gentes · Ellen G. White