Cristo El Camino

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Lectura bíblica

Mateo 17:22-27; Lucas 9:46-50

Mateo 17:22-27

22 Estando ellos reunidos en Galilea, Jesús les dijo: "El Hijo del Hombre ha de ser entregado en manos de hombres, 23 y le matarán. Pero al tercer día resucitará." Y ellos se entristecieron en gran manera. 24 Cuando ellos llegaron a Capernaúm, fueron a Pedro los que cobraban el impuesto del templo y dijeron: --¿Vuestro maestro no paga el impuesto del templo? 25 Él dijo: --Sí. Al entrar en casa, Jesús le habló primero diciendo: --¿Qué te parece, Simón? Los reyes de la tierra, ¿de quiénes cobran los tributos o los impuestos? ¿De sus hijos o de otros? 26 Pedro le dijo: --De otros. Jesús le dijo: --Luego, los hijos están libres de obligación. 27 Pero, para que no los ofendamos, ve al mar, echa el anzuelo, y el primer pez que suba, tómalo. Cuando abras su boca, hallarás un estatero. Tómalo y dalo por mí y por ti.

Lucas 9:46-50

46 Entonces hubo una discusión entre los discípulos: cuál de ellos sería el más importante. 47 Pero Jesús, percibiendo los razonamientos de sus corazones, tomó a un niño y lo puso a su lado, 48 y les dijo: --Cualquiera que reciba a este niño en mi nombre me recibe a mí; y cualquiera que me reciba a mí recibe al que me envió. Porque el que es más pequeño entre todos vosotros, éste es el más importante. 49 Entonces respondiendo Juan dijo: --Maestro, vimos a cierto hombre echando fuera demonios en tu nombre, y se lo prohibimos, porque no sigue con nosotros. 50 Jesús le dijo: --No se lo prohibáis. Porque el que no es contra vosotros, por vosotros es.

Versión Reina Valera Actualizada

Lectura del libro

El Deseado de Todas las Gentes, páginas 399-400

Capítulo 48—¿Quién es el mayor?

Este capítulo está basado en Mateo 17:22-27; 18:1-20; Marcos 9:30-50; Lucas 9:46-48.

Al volver a Capernaúm, Jesús no se dirigió a los lugares bien conocidos donde había enseñado a la gente, sino que con sus discípulos buscó silenciosamente la casa que había de ser su hogar provisorio. Durante el resto de su estada en Galilea, se proponía instruir a los discípulos más bien que trabajar por las multitudes.

Durante el viaje por Galilea, Cristo había procurado otra vez preparar el ánimo de sus discípulos para las escenas que les esperaban. Les había dicho que debía subir a Jerusalén para morir y resucitar. Y les había anunciado el hecho extraño y terrible de que iba a ser entregado en manos de sus enemigos. Los discípulos no comprendían todavía sus palabras. Aunque la sombra de un gran pesar había caído sobre ellos, el espíritu de rivalidad subsistía en su corazón. Disputaban entre sí acerca de quién sería el mayor en el reino. Pensaban ocultar la disensión a Jesús, y no se mantenían como de costumbre cerca de él, sino que permanecían rezagados, de manera que él iba adelante de ellos cuando entraron en Capernaúm. Jesús leía sus pensamientos y anhelaba aconsejarlos e instruirlos. Pero esperó para ello una hora de tranquilidad, cuando estuviesen con el corazón dispuesto a recibir sus palabras.

Poco después de llegar a la ciudad, el cobrador del impuesto para el templo vino a Pedro preguntando: “¿Vuestro Maestro no paga las dos dracmas?” Este tributo no era un impuesto civil, sino una contribución religiosa exigida anualmente a cada judío para el sostén del templo. El negarse a pagar el tributo sería considerado como deslealtad al templo, lo que era en la estima de los rabinos un pecado muy grave. La actitud del Salvador hacia las leyes rabínicas, y sus claras reprensiones a los defensores de la tradición, ofrecían un pretexto para acusarle de estar tratando de destruir el servicio del templo.

Ahora sus enemigos vieron una oportunidad para desacreditarle. En el cobrador del tributo encontraron un aliado dispuesto.

Pedro vió en la pregunta del cobrador una insinuación de sospecha acerca de la lealtad de Cristo hacia el templo. Celoso del honor de su Maestro, contestó apresuradamente, sin consultarle, que Jesús pagaría el tributo.

Pero Pedro había comprendido tan sólo parcialmente el propósito del indagador. Ciertas clases de personas estaban exentas de pagar el tributo. En el tiempo de Moisés, cuando los levitas fueron puestos aparte para el servicio del santuario, no les fué dada herencia entre el pueblo. El Señor dijo: “Por lo cual Leví no tuvo parte ni heredad con sus hermanos: Jehová es su heredad.”Deuteronomio 10:9. En el tiempo de Cristo, los sacerdotes y levitas eran todavía considerados como dedicados especialmente al templo, y no se requería de ellos que diesen la contribución anual para su sostén. También los profetas estaban exentos de ese pago. Al requerir el tributo de Jesús, los rabinos negaban su derecho como profeta o maestro, y trataban con él como con una persona común. Si se negaba a pagar el tributo, ello sería presentado como deslealtad al templo; mientras que por otro lado, el pago justificaría la actitud que asumían al no reconocerle como profeta.

Tan sólo poco tiempo antes, Pedro había reconocido a Jesús como el Hijo de Dios; pero ahora perdió la oportunidad de hacer resaltar el carácter de su Maestro. Por su respuesta al cobrador, de que Jesús pagaría el tributo, sancionó virtualmente el falso concepto de él que estaban tratando de difundir los sacerdotes y gobernantes.

Cuando Pedro entró en la casa, el Salvador no se refirió a lo que había sucedido, sino que preguntó: “¿Qué te parece, Simón? Los reyes de la tierra, ¿de quién cobran los tributos o el censo? ¿de sus hijos o de los extraños? Pedro le dice: De los extraños.” Jesús dijo: “Luego los hijos son francos.” Mientras que los habitantes de un país tienen que pagar impuesto para sostener a su rey, los hijos del monarca son eximidos. Así también Israel, el profeso pueblo de Dios, debía sostener su culto; pero Jesús, el Hijo de Dios, no se hallaba bajo esta obligación. Si los sacerdotes y levitas estaban exentos por su

El Deseado de Todas las Gentes · Ellen G. White

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