Cristo El Camino
Plan Encuentro 1 Día 168
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Lectura bíblica
Mateo 15:21-28; Marcos 7:24-30
Mateo 15:21-28
21 Cuando Jesús salió de allí, se fue a las regiones de Tiro y de Sidón. 22 Entonces una mujer cananea que había salido de aquellas regiones, clamaba diciendo: --¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí! Mi hija es gravemente atormentada por un demonio. 23 Pero él no le respondía palabra. Entonces se acercaron sus discípulos y le rogaron diciendo: --Despídela, pues grita tras nosotros. 24 Y respondiendo dijo: --Yo no he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel. 25 Entonces ella vino y se postró delante de él diciéndole: --¡Señor, socórreme! 26 Él le respondió diciendo: --No es bueno tomar el pan de los hijos y echarlo a los perritos. 27 Y ella dijo: --Sí, Señor. Pero aun los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus dueños. 28 Entonces respondió Jesús y le dijo: --¡Oh mujer, grande es tu fe! Sea hecho contigo como quieres. Y su hija fue sana desde aquella hora.
Marcos 7:24-30
24 Y levantándose, partió de allí para los territorios de Tiro y de Sidón. Y entró en una casa y no quería que nadie lo supiese, pero no pudo esconderse. 25 Más bien, en seguida oyó de él una mujer cuya hija tenía un espíritu inmundo, y vino y cayó a sus pies. 26 La mujer era griega, de nacionalidad sirofenicia, y le rogaba que echase el demonio fuera de su hija. 27 Pero Jesús le dijo: --Deja primero que se sacien los hijos, porque no es bueno tomar el pan de los hijos y echarlo a los perritos. 28 Ella respondió y le dijo: --Sí, Señor; también los perritos debajo de la mesa comen de las migajas de los hijos. 29 Entonces él le dijo: --Por causa de lo que has dicho, ve; el demonio ha salido de tu hija. 30 Y cuando ella se fue a su casa, halló a su hija acostada en la cama y que el demonio había salido.
Versión Reina Valera Actualizada
Lectura del libro
El Deseado de Todas las Gentes, páginas 365-366
Capítulo 43—Barreras quebrantadas
Este capítulo está basado en Mateo 15:21-28; Marcos 7:24-36.
Después de su encuentro con los fariseos, Jesús se retiró de Capernaúm, y cruzando Galilea, se fué a la región montañosa de los confines de Fenicia. Mirando hacia el occidente, podía ver dispersas por la llanura que se extendía abajo las antiguas ciudades de Tiro y Sidón, con sus templos paganos, sus magníficos palacios y emporios de comercio, y los puertos llenos de embarcaciones cargadas. Más allá, se encontraba la expansión azul del Mediterráneo, por el cual los mensajeros del Evangelio iban a llevar las buenas nuevas hasta los centros del gran imperio mundial. Pero el tiempo no había llegado todavía. La obra que le esperaba ahora consistía en preparar a sus discípulos para su misión. Al venir a esa región, esperaba encontrar el retraimiento que no había podido conseguir en Betsaida. Sin embargo, éste no era su único propósito al hacer el viaje.
“He aquí una mujer cananea, que había salido de aquellos términos, clamaba, diciéndole: Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí; mi hija es malamente atormentada del demonio.” Los habitantes de esta región pertenecían a la antigua raza cananea. Eran idólatras, despreciados y odiados por los judíos. A esta clase pertenecía la mujer que ahora había venido a Jesús. Era pagana, y por lo tanto estaba excluída de las ventajas que los judíos disfrutaban diariamente. Había muchos judíos que vivían entre los fenicios, y las noticias de la obra de Cristo habían penetrado hasta esa región. Algunos de los habitantes habían escuchado sus palabras, y habían presenciado sus obras maravillosas. Esta mujer había oído hablar del profeta, quien, según se decía, sanaba toda clase de enfermedades. Al oír hablar de su poder, la esperanza había nacido en su corazón. Inspirada por su amor maternal, resolvió presentarle el caso de su hija. Había resuelto llevar su aflicción a Jesús. El debía sanar a su hija. Ella
había buscado ayuda en los dioses paganos, pero no la había obtenido. Y a veces se sentía tentada a pensar: ¿Qué puede hacer por mí este maestro judío? Pero había llegado esta nueva: Sana toda clase de enfermedades, sean pobres o ricos los que a él acudan por auxilio. Y decidió no perder su única esperanza.
Cristo conocía la situación de esta mujer. El sabía que ella anhelaba verle, y se colocó en su camino. Ayudándola en su aflicción, él podía dar una representación viva de la lección que quería enseñar. Para esto había traído a sus discípulos. Deseaba que ellos viesen la ignorancia existente en las ciudades y aldeas cercanas a la tierra de Israel. El pueblo al cual había sido dada toda oportunidad de comprender la verdad no conocía las necesidades de aquellos que le rodeaban. No hacía ningún esfuerzo para ayudar a las almas que estaban en tinieblas. El muro de separación que el orgullo judío había erigido impedía hasta a los discípulos sentir simpatía por el mundo pagano. Pero las barreras debían ser derribadas.
Cristo no respondió inmediatamente a la petición de la mujer. Recibió a esta representante de una raza despreciada como la habrían recibido los judíos. Con ello quería que sus discípulos notasen la manera fría y despiadada con que los judíos tratarían un caso tal evidenciándola en su recepción de la mujer, y la manera compasiva con que quería que ellos tratasen una angustia tal, según la manifestó en la subsiguiente concesión de lo pedido por ella.
Pero aunque Jesús no respondió, la mujer no perdió su fe. Mientras él obraba como si no la hubiese oído, ella le siguió y continuó suplicándole. Molestados por su importunidad, los discípulos pidieron a Jesús que la despidiera. Veían que su Maestro la trataba con indiferencia y, por lo tanto, suponían que le agradaba el prejuicio de los judíos contra los cananeos. Mas era a un Salvador compasivo a quien la mujer dirigía su súplica, y en respuesta a la petición de los discípulos, Jesús dijo: “No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel.” Aunque esta respuesta parecía estar de acuerdo con el prejuicio de los judíos, era una reprensión implícita para los discípulos, quienes la entendieron más tarde como destinada a recordarles lo que él les había dicho con frecuencia, a saber,
El Deseado de Todas las Gentes · Ellen G. White