Cristo El Camino

Plan Encuentro 1 Día 161

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Lectura bíblica

Juan 6:22-65

Juan 6:22-65

22 Al día siguiente, la multitud que había estado al otro lado del mar se dio cuenta de que no había habido allí sino una sola barca, y que Jesús no había entrado en la barca con sus discípulos, sino que éstos se habían ido solos. 23 (Sin embargo, de Tiberias habían llegado otras barcas cerca del lugar donde habían comido el pan después que el Señor había dado gracias.) 24 Entonces, cuando la multitud vio que Jesús no estaba allí ni tampoco sus discípulos, ellos entraron en las barcas y fueron a Capernaúm buscando a Jesús. 25 Cuando le hallaron al otro lado del mar, le preguntaron: --Rabí, ¿cuándo llegaste acá? 26 Jesús les respondió diciendo: --De cierto, de cierto os digo que me buscáis, no porque habéis visto las señales, sino porque comisteis de los panes y os saciasteis. 27 Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que permanece para vida eterna, que el Hijo del Hombre os dará; porque en éste, Dios el Padre ha puesto su sello. 28 Entonces le dijeron: --¿Qué haremos para realizar las obras de Dios? 29 Respondió Jesús y les dijo: --Ésta es la obra de Dios: que creáis en aquel que él ha enviado. 30 Entonces le dijeron: --¿Qué señal, pues, haces tú, para que veamos y creamos en ti? ¿Qué obra haces? 31 Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Pan del cielo les dio a comer. 32 Por tanto Jesús les dijo: --De cierto, de cierto os digo que no os ha dado Moisés el pan del cielo, sino mi Padre os da el verdadero pan del cielo. 33 Porque el pan de Dios es aquel que desciende del cielo y da vida al mundo. 34 Le dijeron: --Señor, danos siempre este pan. 35 Jesús les dijo: --Yo soy el pan de vida. El que a mí viene nunca tendrá hambre, y el que en mí cree no tendrá sed jamás. 36 Pero os he dicho que me habéis visto, y no creéis. 37 Todo lo que el Padre me da vendrá a mí; y al que a mí viene, jamás lo echaré fuera. 38 Porque yo he descendido del cielo, no para hacer la voluntad mía, sino la voluntad del que me envió. 39 Y ésta es la voluntad del que me envió: que yo no pierda nada de todo lo que me ha dado, sino que lo resucite en el día final. 40 Ésta es la voluntad de mi Padre: que todo aquel que mira al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y que yo lo resucite en el día final. 41 Entonces los judíos murmuraban de él porque había dicho: "Yo soy el pan que descendió del cielo." 42 Y decían: --¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo es que ahora dice: "He descendido del cielo"? 43 Jesús respondió y les dijo: --No murmuréis más entre vosotros. 44 Nadie puede venir a mí, a menos que el Padre que me envió lo traiga; y yo lo resucitaré en el día final. 45 Está escrito en los Profetas: Y serán todos enseñados por Dios. Así que, todo aquel que oye y aprende del Padre viene a mí. 46 No es que alguien haya visto al Padre, sino que aquel que proviene de Dios, éste ha visto al Padre. 47 De cierto, de cierto os digo: El que cree tiene vida eterna. 48 Yo soy el pan de vida. 49 Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron. 50 Éste es el pan que desciende del cielo, para que el que coma de él no muera. 51 Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno come de este pan, vivirá para siempre. El pan que yo daré por la vida del mundo es mi carne. 52 Entonces los judíos contendían entre sí, diciendo: --¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? 53 Y Jesús les dijo: --De cierto, de cierto os digo que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. 54 El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el día final. 55 Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. 56 El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí, y yo en él. 57 Así como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, de la misma manera el que me come también vivirá por mí. 58 Éste es el pan que descendió del cielo. No como los padres que comieron y murieron, el que come de este pan vivirá para siempre. 59 Estas cosas dijo en la sinagoga, cuando enseñaba en Capernaúm. 60 Entonces, al oírlo, muchos de sus discípulos dijeron: --Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír? 61 Sabiendo Jesús en sí mismo que sus discípulos murmuraban de esto, les dijo: --¿Esto os escandaliza? 62 ¿Y si vierais al Hijo del Hombre subir a donde estaba primero? 63 El Espíritu es el que da vida; la carne no aprovecha para nada. Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida. 64 Pero hay entre vosotros algunos que no creen. Pues desde el principio Jesús sabía quiénes eran los que no creían y quién le había de entregar, 65 y decía: --Por esta razón os he dicho que nadie puede venir a mí, a menos que le haya sido concedido por el Padre.

Versión Reina Valera Actualizada

Lectura del libro

El Deseado de Todas las Gentes, páginas 347-348

Capítulo 41—La crisis en Galilea

Este capítulo está basado en Juan 6:22-71.

Cuando Cristo prohibió a la gente que le declarara rey, sabía que había llegado a un momento decisivo de su historia. Mañana se apartarían de él las multitudes que hoy deseaban exaltarle al trono. El chasco que sufriera su ambición egoísta iba a transformar su amor en odio, su alabanza en maldiciones. Aunque sabía esto, no tomó medidas para evitar la crisis. Desde el principio, no había presentado a sus seguidores ninguna esperanza de recompensas terrenales. A uno que vino deseando ser su discípulo, le había dicho: “Las zorras tienen cavernas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del hombre no tiene donde recueste su cabeza.”Mateo 8:20. Si los hombres pudiesen haber tenido el mundo con Cristo, multitudes le habrían tributado fidelidad; pero no podía aceptar un servicio tal. Entre los que estaban relacionados con él, muchos habían sido atraídos por la esperanza de un reino mundanal. Estos debían ser desengañados. La profunda enseñanza espiritual que hay en el milagro de los panes no había sido comprendida. Tenía que ser aclarada. Y esa nueva revelación iba a traer consigo una prueba más detenida.

La noticia del milagro de los panes se difundió lejos y cerca, y muy temprano a la mañana siguiente, la gente acudió a Betsaida para ver a Jesús. Venía en grandes multitudes, por mar y tierra. Los que le habían dejado a la noche anterior, volvieron esperando encontrarle todavía allí; porque no había barco en el cual pudiese pasar al otro lado. Pero su búsqueda fué infructuosa, y muchos se dirigieron a Capernaúm, siempre buscándole.

Mientras tanto, él había llegado a Genesaret, después de sólo un día de ausencia. Apenas se supo que había desembarcado, la gente, “recorriendo toda la tierra de alrededor, comenzaron a traer de todas partes enfermos en lechos, a donde oían que estaba.”Marcos 6:55. Después de un tiempo, fué a la sinagoga, y allí le

encontraron los que habían venido de Betsaida. Supieron por sus discípulos cómo había cruzado el mar. La furia de la tempestad y las muchas horas de inútil remar contra los vientos adversos, la aparición de Cristo andando sobre el agua, los temores así despertados, sus palabras consoladoras, la aventura de Pedro y su resultado, con el repentino aplacamiento de la tempestad y la llegada del barco, todo esto fué relatado fielmente a la muchedumbre asombrada. No contentos con esto, muchos se reunían alrededor de Jesús preguntando: “Rabbí, ¿cuándo llegaste acá?” Esperaban oír de sus labios otro relato del milagro.

Jesús no satisfizo su curiosidad. Dijo tristemente: “Me buscáis, no porque habéis visto las señales, sino porque comisteis el pan y os hartasteis.” No le buscaban por algún motivo digno; sino que como habían sido alimentados con los panes, esperaban recibir todavía otros beneficios temporales vinculándose con él. El Salvador les instó: “Trabajad no por la comida que perece, mas por la comida que a vida eterna permanece.” No busquéis solamente el beneficio material. No tenga por objeto vuestro principal esfuerzo proveer para la vida actual, pero buscad el alimento espiritual, a saber, esa sabiduría que durará para vida eterna. Sólo el Hijo de Dios puede darla; “porque a éste señaló el Padre, que es Dios.”

Por el momento se despertó el interés de los oyentes. Exclamaron: “¿Qué haremos para que obremos las obras de Dios?” Habían estado realizando muchas obras penosas para recomendarse a Dios; y estaban listos para enterarse de cualquier nueva observancia por la cual pudiesen obtener mayor mérito. Su pregunta significaba: ¿Qué debemos hacer para merecer el cielo? ¿Cuál es el precio requerido para obtener la vida venidera?

“Respondió Jesús y díjoles: Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado.” El precio del cielo es Jesús. El camino al cielo es por la fe en “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.”Juan 1:29.

Pero la gente no quería recibir esta declaración de la verdad divina. Jesús había hecho la obra que la profecía había predicho que haría el Mesías; pero no habían presenciado lo que sus esperanzas egoístas habían representado como obra suya.

El Deseado de Todas las Gentes · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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