Cristo El Camino
Plan Encuentro 1 Día 132
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Lectura del libro
El Deseado de Todas las Gentes, páginas 292-294
contra el Espíritu Santo consiste en despreciar persistentemente la invitación del Cielo a arrepentirse. Cada paso dado hacia el rechazamiento de Cristo, es un paso hacia el rechazamiento de la salvación y hacia el pecado contra el Espíritu Santo.
Al rechazar a Cristo, el pueblo judío cometió el pecado imperdonable, y desoyendo la invitación de la misericordia, podemos cometer el mismo error. Insultamos al Príncipe de la vida, y le avergonzamos delante de la sinagoga de Satanás y ante el universo celestial cuando nos negamos a escuchar a sus mensajeros, escuchando en su lugar a los agentes de Satanás que quisieran apartar de Cristo nuestra alma. Mientras uno hace esto, no puede hallar esperanza ni perdón y perderá finalmente todo deseo de reconciliarse con Dios.
Mientras Jesús estaba todavía enseñando a la gente, sus discípulos trajeron la noticia de que su madre y sus hermanos estaban afuera y deseaban verle. El sabía lo que sentían ellos en su corazón, y “respondiendo él al que le decía esto, dijo: ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. Porque todo aquel que hiciere la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano, y hermana, y madre.”
Todos los que quisieran recibir a Cristo por la fe iban a estar unidos con él por un vínculo más íntimo que el del parentesco humano. Iban a ser uno con él, como él era uno con el Padre. Al creer y hacer sus palabras, su madre se relacionaba en forma salvadora con Jesús y más estrechamente que por su vínculo natural con él. Sus hermanos no se beneficiarían de su relación con él a menos que le aceptasen como su Salvador personal.
¡Qué apoyo habría encontrado Jesús en sus parientes terrenales si hubiesen creído en él como enviado del cielo y hubiesen cooperado con él en hacer la obra de Dios! Su incredulidad echó una sombra sobre la vida terrenal de Jesús. Era parte de la amargura de la copa de desgracia que él bebió por nosotros.
El Hijo de Dios sentía agudamente la enemistad encendida en el corazón humano contra el Evangelio, y le resultaba muy dolorosa en su hogar; porque su propio corazón estaba lleno de bondad y amor, y apreciaba la tierna consideración en las relaciones familiares. Sus hermanos deseaban que él cediese a
sus ideas, cuando una actitud tal habría estado en completa contradicción con su misión divina. Consideraban que él necesitaba de sus consejos. Le juzgaban desde su punto de vista humano, y pensaban que si dijera solamente cosas aceptables para los escribas y fariseos, evitaría las controversias desagradables que sus palabras despertaban. Pensaban que estaba loco al pretender que tenía autoridad divina, y al presentarse ante los rabinos como reprensor de sus pecados. Sabían que los fariseos estaban buscando ocasiones de acusarle, y les parecía que ya les había dado bastantes.
Con su medida corta, no podían sondear la misión que había venido a cumplir, y por lo tanto no podían simpatizar con él en sus pruebas. Sus palabras groseras y carentes de aprecio demostraban que no tenían verdadera percepción de su carácter, y que no discernían cómo lo divino se fusionaba con lo humano. Le veían con frecuencia lleno de pesar; pero en vez de consolarle, el espíritu que manifestaban y las palabras que pronunciaban no hacían sino herir su corazón. Su naturaleza sensible era torturada, sus motivos mal comprendidos, su obra mal entendida.
Con frecuencia sus hermanos presentaban la filosofía de los fariseos, antiquísima y gastada, y afectaban creer que podían enseñar a Aquel que comprendía toda la verdad y todos los misterios. Condenaban libremente lo que no podían comprender. Sus reproches le herían en lo vivo y angustiaban su alma. Profesaban tener fe en Dios y creían justificarle, cuando Dios estaba con ellos en la carne y no le conocían.
Estas cosas hacían muy espinosa la senda de Jesús. Tanto se condolía Cristo de la incomprensión que había en su propio hogar, que le era un alivio ir adonde ella no reinaba. Había un hogar que le agradaba visitar: la casa de Lázaro, María y Marta; porque en la atmósfera de fe y amor, su espíritu hallaba descanso. Sin embargo, no había en la tierra nadie que pudiese comprender su misión divina ni conocer la carga que llevaba en favor de la humanidad. Con frecuencia podía hallar descanso únicamente estando a solas y en comunión con su Padre celestial.
Los que están llamados a sufrir por causa de Cristo, que tienen que soportar incomprensión y desconfianza aun en su
propia casa, pueden hallar consuelo en el pensamiento de que Jesús soportó lo mismo. Se compadece de ellos. Los invita a hallar compañerismo en él, y alivio donde él lo halló: en la comunión con el Padre.
Los que aceptan a Cristo como su Salvador personal no son dejados huérfanos, para sobrellevar solos las pruebas de la vida. El los recibe como miembros de la familia celestial, los invita a llamar a su Padre, Padre de ellos también. Son sus “pequeñitos,” caros al corazón de Dios, vinculados con él por los vínculos más tiernos y permanentes. Tiene para con ellos una ternura muy grande, que supera la que nuestros padres o mades han sentido hacia nosotros en nuestra incapacidad como lo divino supera a lo humano.
En las leyes dadas a Israel, hay una hermosa ilustración de la relación de Cristo con su pueblo. Cuando por la pobreza un hebreo había quedado obligado a separarse de su patrimonio y a venderse como esclavo, el deber de redimirle a él y su herencia recaía sobre el pariente más cercano.Véase Levítico 25:25, 47-49; Rut 2:20. Así también la obra de redimirnos a nosotros y nuestra herencia, perdida por el pecado, recayó sobre Aquel que era pariente cercano nuestro. Y a fin de redimirnos, él se hizo pariente nuestro. Más cercano que el padre, la madre, el hermano, el amigo o el amante, es el Señor nuestro Salvador. “No temas—dice él,—porque yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú. Porque en mis ojos fuiste de grande estima, fuiste honorable, y yo te amé: daré pues hombres por ti, y naciones por tu alma.”Isaías 43:1, 4.
Cristo ama a los seres celestiales que rodean su trono; pero ¿qué explicará el gran amor con que nos amó a nosotros? No lo podemos comprender, pero en nuestra propia experiencia podemos saber que existe en verdad. Y si sostenemos un vínculo de parentesco con él, ¡con qué ternura debemos considerar a los que son hermanos y hermanas de nuestro Señor! ¿No debiéramos estar listos para reconocer los derechos de nuestra relación divina? Adoptados en la familia de Dios, ¿no honraremos a nuestro Padre y a nuestra parentela?
El Deseado de Todas las Gentes · Ellen G. White