Cristo El Camino

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Lectura del libro

El Deseado de Todas las Gentes, páginas 265-267

Capítulo 31—El sermón del monte

Este capítulo está basado en Mateo 5; 6; 7.

Rara vez reunía Cristo a sus discípulos a solas para darles sus palabras. No elegía por auditorio suyo únicamente a aquellos que conocían el camino de la vida. Era su obra alcanzar a las multitudes que estaban en ignorancia y en error. Daba sus lecciones de verdad donde podían alcanzar el entendimiento entenebrecido. El mismo era la Verdad, que de pie, con los lomos ceñidos y las manos siempre extendidas para bendecir, y mediante palabras de amonestación, ruego y estímulo, trataba de elevar a todos aquellos que venían a él.

El sermón del monte, aunque dado especialmente a los discípulos, fué pronunciado a oídos de la multitud. Después de la ordenación de los apóstoles, Jesús se fué con ellos a orillas del mar. Allí, por la mañana temprano, la gente había empezado a congregarse. Además de las acostumbradas muchedumbres de los pueblos galileos, había gente de Judea y aun de Jerusalén misma; de Perea, de Decápolis, de Idumea, una región lejana situada al sur de Judea; y de Tiro y Sidón, ciudades fenicias de la costa del Mediterráneo. “Oyendo cuán grandes cosas hacía,” ellos “habían venido a oírle, y para ser sanados de sus enfermedades; ... porque salía de él virtud y sanaba a todos.”Marcos 3:8; Lucas 6:17-19.

La estrecha playa no daba cabida al alcance de su voz, ni aun de pie, a todos los que deseaban oírle, así que Jesús los condujo a la montaña. Llegado que hubo a un espacio despejado de obstáculos, que ofrecía un agradable lugar de reunión para la vasta asamblea, se sentó en la hierba, y los discípulos y las multitudes siguieron su ejemplo.

Los discípulos se situaban siempre en el lugar más cercano a Jesús. La gente se agolpaba constantemente en derredor suyo, pero los discípulos comprendían que no debían dejarse apartar de su presencia. Se sentaban a su lado, a fin de no perder una palabra de sus instrucciones. Escuchaban atentamente, ávidos

de comprender las verdades que iban a tener que anunciar a todos los países y a todas las edades.

Presintiendo que podían esperar algo más que lo acostumbrado, rodearon ahora estrechamente a su Maestro. Creían que el reino iba a ser establecido pronto, y de los sucesos de aquella mañana sacaban la segura conclusión de que Jesús iba a hacer algún anunció concerniente a dicho reino. Un sentimiento de expectativa dominaba también a la multitud, y los rostros tensos daban evidencia del profundo interés sentido. Al sentarse la gente en la verde ladera de la montaña, aguardando las palabras del Maestro divino, tenían todos el corazón embargado por pensamientos de gloria futura. Había escribas y fariseos que esperaban el día en que dominarían a los odiados romanos y poseerían las riquezas y el esplendor del gran imperio mundial. Los pobres campesinos y pescadores esperaban oír la seguridad de que pronto trocarían sus míseros tugurios, su escasa pitanza, la vida de trabajos y el temor de la escasez, por mansiones de abundancia y comodidad. En lugar del burdo vestido que los cubría de día y era también su cobertor por la noche, esperaban que Cristo les daría los ricos y costosos mantos de sus conquistadores. Todos los corazones palpitaban con la orgullosa esperanza de que Israel sería pronto honrado ante las naciones como el pueblo elegido del Señor, y Jerusalén exaltada como cabeza de un reino universal.

Cristo frustró esas esperanzas de grandeza mundanal. En el sermón del monte, trató de deshacer la obra que había sido hecha por una falsa educación, y de dar a sus oyentes un concepto correcto de su reino y de su propio carácter. Sin embargo, no atacó directamente los errores de la gente. Vió la miseria del mundo por causa del pecado, aunque no delineó demasiado vívidamente la miseria de ellos. Les enseñó algo infinitamente mejor de lo que habían conocido antes. Sin combatir sus ideas acerca del reino de Dios, les habló de las condiciones de entrada en él, dejándoles sacar sus propias conclusiones en cuanto a su naturaleza. Las verdades que enseñó no son menos importantes para nosotros que para la multitud que le seguía. No necesitamos menos que dicha multitud conocer los principios fundamentales del reino de Dios.

Las primeras palabras que dirigió Cristo al pueblo en el

monte, fueron palabras de bienaventuranza. Bienaventurados son, dijo, los que reconocen su pobreza espiritual, y sienten su necesidad de redención. El Evangelio ha de ser predicado a los pobres. No es revelado a los que son orgullosos espiritualmente, a los que pretenden ser ricos y no necesitar nada, sino a los humildes y contritos. Una sola fuente ha sido abierta para el pecado, una fuente para los pobres de espíritu.

El corazón orgulloso lucha para ganar la salvación; pero tanto nuestro derecho al cielo como nuestra idoneidad para él, se hallan en la justicia de Cristo. El Señor no puede hacer nada para sanar al hombre hasta que, convencido éste de su propia debilidad y despojado de toda suficiencia propia, se entrega al dominio de Dios. Entonces puede recibir el don que Dios espera concederle. De nada es privada el alma que siente su necesidad. Ella tiene acceso sin reserva a Aquel en quien mora toda la plenitud. “Porque así dijo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo: Yo habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y humilde de espíritu, para hacer vivir el espíritu de los humildes, y para vivificar el corazón de los quebrantados.”Isaías 57:15.

“Bienaventurados los que lloran: porque ellos recibirán consolación.” Por estas palabras, Cristo no enseña que el llorar tiene en sí poder de quitar la culpabilidad del pecado. No sanciona la humildad voluntaria o afectada. El lloro del cual él habla, no consiste en la melancolía y los lamentos. Mientras nos apesadumbramos por causa del pecado, debemos regocijarnos en el precioso privilegio de ser hijos de Dios.

A menudo nos apenamos porque nuestras malas acciones nos producen consecuencias desagradables. Pero esto no es arrepentimiento. El verdadero pesar por el pecado es resultado de la obra del Espíritu Santo. El Espíritu revela la ingratitud del corazón que ha despreciado y agraviado al Salvador, y nos trae contritos al pie de la cruz. Cada pecado vuelve a herir a Jesús; y al mirar a Aquel a quien hemos traspasado, lloramos por los pecados que le produjeron angustia. Una tristeza tal nos inducirá a renunciar al pecado.

El mundano puede llamar debilidad a esta tristeza; pero es la fuerza que une al penitente con el Ser infinito mediante vínculos que no pueden romperse. Demuestra que los ángeles de

El Deseado de Todas las Gentes · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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