Cristo El Camino

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Lectura del libro

El Deseado de Todas las Gentes, páginas 25-26

su espera del Mesías era compartida hasta cierto punto por los gentiles. Entre aquellos a quienes los judíos llamaban gentiles, había hombres que entendían mejor que los maestros de Israel las profecías bíblicas concernientes a la venida del Mesías. Algunos le esperaban como libertador del pecado. Los filósofos se esforzaban por estudiar el misterio de la economía hebraica. Pero el fanatismo de los judíos estorbaba la difusión de la luz. Resueltos a mantenerse separados de las otras naciones, no estaban dispuestos a impartirles el conocimiento que aún poseían acerca de los servicios simbólicos. Debía venir el verdadero Intérprete. Aquel que fuera prefigurado por todos los símbolos debía explicar su significado.

Dios había hablado al mundo por medio de la naturaleza, las figuras, los símbolos, los patriarcas y los profetas. Las lecciones debían ser dadas a la humanidad en su propio lenguaje. El Mensajero del pacto debía hablar. Su voz debía oírse en su propio templo. Cristo debía venir para pronunciar palabras que pudiesen comprenderse clara y distintamente. El, el Autor de la verdad, debía separar la verdad del tamo de las declaraciones humanas que habían anulado su efecto. Los principios del gobierno de Dios y el plan de redención debían ser definidos claramente. Las lecciones del Antiguo Testamento debían ser presentadas plenamente a los hombres.

Quedaban, sin embargo, entre los judíos, almas firmes, descendientes de aquel santo linaje por cuyo medio se había conservado el conocimiento de Dios. Confiaban aún en la esperanza de la promesa hecha a los padres. Fortalecían su fe espaciándose en la seguridad dada por Moisés: “El Señor vuestro Dios os levantará profeta de vuestros hermanos, como yo; a él oiréis en todas las cosas que os hablare.”Hechos 3:22. Además, leían que el Señor iba a ungir a Uno para “predicar buenas nuevas a los abatidos,” “vendar a los quebrantados de corazón,” “publicar libertad a los cautivos” y “promulgar año de la buena voluntad de Jehová.”Isaías 61:1, 2. Leían que pondría “en la tierra juicio; y las islas esperarán su ley,” como asimismo andarían “las gentes a su luz, y los reyes al resplandor de su nacimiento.”Isaías 42:4; 60:3.

Las palabras que Jacob pronunciara en su lecho de muerte los llenaban de esperanza: “No será quitado el cetro de Judá, y el legislador de entre sus pies, hasta que venga Shiloh.”Génesis 49:10. El

desfalleciente poder de Israel atestiguaba que se acercaba la llegada del Mesías. La profecía de Daniel describía la gloria de su reinado sobre un imperio que sucedería a todos los reinos terrenales; y, decía el profeta: “Permanecerá para siempre.”Daniel 2:44. Aunque pocos comprendían la naturaleza de la misión de Cristo, era muy difundida la espera de un príncipe poderoso que establecería su reino en Israel, y se presentaría a las naciones como libertador.

El cumplimiento del tiempo había llegado. La humanidad, cada vez más degradada por los siglos de transgresión, demandaba la venida del Redentor. Satanás había estado obrando para ahondar y hacer insalvable el abismo entre el cielo y la tierra. Por sus mentiras, había envalentonado a los hombres en el pecado. Se proponía agotar la tolerancia de Dios, y extinguir su amor por el hombre, a fin de que abandonase al mundo a la jurisdicción satánica.

Satanás estaba tratando de privar a los hombres del conocimiento de Dios, de desviar su atención del templo de Dios, y establecer su propio reino. Su contienda por la supremacía había parecido tener casi completo éxito. Es cierto que en toda generación Dios había tenido sus agentes. Aun entre los paganos, había hombres por medio de quienes Cristo estaba obrando para elevar el pueblo de su pecado y degradación. Pero eran despreciados y odiados. A muchos se les había dado muerte. La obscura sombra que Satanás había echado sobre el mundo se volvía cada vez más densa.

Mediante el paganismo, Satanás había apartado de Dios a los hombres durante muchos siglos; pero al pervertir la fe de Israel había obtenido su mayor triunfo. Al contemplar y adorar sus propias concepciones, los paganos habían perdido el conocimiento de Dios, y se habían ido corrompiendo cada vez más. Así había sucedido también con Israel. El principio de que el hombre puede salvarse por sus obras, que es fundamento de toda religión pagana, era ya principio de la religión judaica. Satanás lo había implantado; y doquiera se lo adopte, los hombres no tienen defensa contra el pecado.

El mensaje de la salvación es comunicado a los hombres por medio de agentes humanos. Pero los judíos habían tratado de monopolizar la verdad que es vida eterna. Habían atesorado

El Deseado de Todas las Gentes · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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